Corea del Norte es uno de los países más pobres del mundo. Sus ingresos anuales son apenas la mitad de lo que gastan los norteamericanos en alimentar a sus mascotas. A pesar de que es el país más sancionado por las potencias mundiales, nada pone freno a sus ensayos con misiles de largo alcance. Hasta Rusia y China, sus viejos aliados, se sumaron a nuevos castigos por miedo a que las provocaciones de Kim Jong Un y la inexperiencia de Donald Trump desaten una guerra nuclear en sus fronteras.

Una guerra que dejaría a chinos y rusos con millones de refugiados en su territorio y una Corea reunificada, aliada de EE.UU., en sus narices. Tengo mucha curiosidad por ver este país tan rechazado al que se le ha prohibido hasta la exportación que lo mantenía vivo, el carbón. Y que, sin embargo, construye misiles y su industria es capaz de exportar a América Latina productos elaborados como ropa, hojas de afeitar y hasta piezas de computadoras. Chile, por ejemplo, le compra productos de acero y le vende vino, cobre, y arándanos frescos. El tren que me lleva a Pyongyang, la capital de la llamada República Popular Democrática de Corea, abandona la estación de la ciudad fronteriza china de Dandong.

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Me despide una enorme estatua del omnipresente Mao Zedong. El viejo tren renguea hacia la frontera que está en medio del río Yalu. Las casetas militares norcoreanas se acercan. “No lleven celulares ni computadores, ni tabletas; apenas una cámara fotográfica con un lente que no sobrepase las 120 milímetros y una cámara de video turística”, me había advertido Su Tan, el chino que nos permitió acoplarnos, a mi y a mi compañera de viaje, en este tour de setentones. Mientras chirrian las ruedas del tren sobre el Puente de la Amistad, me machacan la cabeza las advertencias de los norcoreanos para los turistas: “Si eres, has sido, tienes ganas, o has soñado con ser periodista o fotógrafo, no vengas sin pedir un permiso especial”. Una vez cruzada la inmigración china ya no hay vuelta atrás. El sueño perverso largamente acariciado por una curiosidad obsesiva está a punto de hacerse realidad. El vértigo aprieta la garganta.

Visitar la inefable Corea del Norte. ¡Qué estupidez! ¡Qué felicidad! El encuentro con los militares en la frontera es, como lo suponen las películas norteamericanas, hostil. La revisión es maleta por maleta, bolso por bolso, estuche por estuche. Preguntan por celulares, computadores y GPS. Un solo grupo de soldados revisa los diez carros del tren cargado de norcoreanos que vuelven de trabajar en China para conseguir divisas. No tienen escáneres ni perros. Tardan tres horas. La recepción ha sido peor a la esperada. Partimos.

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El paisaje que comienza a pasar por las ventanas me remite al Chile de mi infancia: campos verdes plantados en cada metro posible, decenas de hombres y mujeres y niños desmalezando a mano la tierra, van pobremente vestidos, a pie pelado o con ojotas. Estos campesinos siembran con arados manuales, construyen acequias y pequeños diques con pala. No se ve tecnología. Los pueblos al pasar sorprenden. Tienen buena pinta, arquitectura tradicional, buena construcción, paneles solares; la gente transita en bicicleta, los niños caminan con sus bolsones al colegio con uniformes azules, camisas blancas y un pañuelo rojo en el cuello. En la estación al llegar, después de viajar 200 kilómetros en tres horas, nos espera nuestra guía, una bella joven que habla inglés perfectamente, su actitud es dulce pero enérgica. No nos dejará ni a sol ni a sombra y será la guardiana de nuestro pasaporte durante todo el viaje.

De inmediato nos lleva a saludar, con reverencia incluida, las estatuas de los dos lideres muertos, el legendario Kim Il Sung y su hijo mas prosaico Kim Jong Il. Le cuento que en la universidad, en el Chile de los 60, leíamos a Kim Il Sung. ¿En Chile, leían al camarada Kim Il Sung?, pregunta asombrada. Estrujo de aquellos vilipendiados recuerdos alguna idea del líder: “Su postulado principal es que el hombre es dueño de su destino”, le digo. Se relaja y sonríe. Pyongyang, contra todo pronóstico, es una ciudad, limpia y ordenada. La cruza el río Taedong, que le da una gran prestancia. Está llena de parques y edificios multicolores. Sorprende la escasez de tráfico: solo taxis, buses, autos oficiales, vehículos de emergencia y militares. La bicicleta es el principal medio de transporte. No se ven muchos celulares. Existen pero se usan solo como teléfono. No hay internet. El hotel donde nos llevan, el Yanggkaddo, está en medio de una isla en el río. No se puede salir sin la guía. Tiene mil habitaciones y un restorán giratorio en el último piso desde donde se ve toda la ciudad. El único lugar en que nos podemos acercar a la gente común es en el metro.

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Entramos en la estación de Yongwang. En cada carro están los retratos de los líderes históricos. Lo primero que llama la atención es que todo el mundo lleva una insignia con las mismas imágenes. Son varios minutos de descenso hasta bajar los 110 metros de profundidad. El metro fue construido hace casi 50 años como refugio antiaéreo. Las lámparas de cristal recuerdan el metro soviético. Es la hora de regreso a casa. La mayoría viaja en silencio, pocos conversan, tampoco leen. A los extranjeros nos miran de reojo. En el andén se pueden leer los periódicos oficiales, no se venden en la calle. Se cuelgan cada día en paneles y se genera el rito de lectura colectiva. Vamos a una escuela primaria donde nos esperan niños y niñas para saludarnos. Los papeles están repartidos; los niños hacen una extraordinaria demostración de pimpón, las niñas bailan y cantan bellas canciones tradicionales coreanas. Terminamos en Panjumneon, la frontera con Corea del Sur, donde un oficial nos da su versión de la guerra que, por lo demás, sigue vigente. Estamos a 55 kilómetros de Seúl, la capital de Corea del Sur, que está al alcance de la implacable artillería norcoreana. La tensión es total, como si de un minuto a otro fuera a caer allí un misil. Rápidamente nos despachan de vuelta. El viaje termina cuando nuestra guía nos deja de nuevo en el tren que vuelve a China. No nos podremos bajar hasta llegar. Nos devuelve el pasaporte.