Logrado. Este año viajé por separado con mis dos hijas: a Roma con la mayor y a Nueva York con la menor, y aunque al comienzo tuve algunas aprensiones, todo resultó de maravillas.

Las mini-vikingas se confirmaron juntas en mayo pasado. Aquí la confirmación es algo así como nuestra “fiesta de 15”, con rasgos de matrimonio agregados. Los daneses literalmente casi tiran la casa por la ventana y para los que no son religiosos, han inventado las fiestas de “no-confirmación”, pero ese es otro tema.

Dignas hijas de vikingo y de una madre a quien siempre le ha gustado ir por el mundo, su regalo fue un viaje. Ellas eligieron el destino: la mayor optó por Roma (fuimos en septiembre) y la más chica escogió y Nueva York (y partimos en noviembre).

Recién llegadas de nuestro viaje a la Gran Manzana, lo disfrutamos a morir. Nueva York en “modo Navidad” es un sueño y si a ello le agregan un clima agradable y con un sol impensado al bordear el invierno, la experiencia es divina. Fuimos afortunadas.

Usando la experiencia del primer viaje madre-adolescente de septiembre, recordé que el tema de los horarios es crítico. Por eso acordamos que ya que estábamos de vacaciones, si bien teníamos un itinerario con nosotras, lo revisaríamos cada tarde y saldríamos a la hora que estuviéramos listas, sin prisas ni histerias (tema complicado para mí, que me encanta salir temprano, oler el pan fresco de las panaderías y ver como despiertan las ciudades). No hubo alarmas en la mañana y, considerando que era su viaje, ella eligió las actividades.

Así lo hicimos y funcionó. No presioné por museos ni galerías de arte, pero las visitamos igualmente según el horario-Liz. Nos encontramos con dos de mis amigas de mis tiempos en Seúl y la mini-vikinga era una más en nuestras conversaciones.

Creo que para ella fue un asomarse al mundo adulto y para mí enterarme de un montón de cosas –desde música a lugares que ella había escogido- del mundo adolescente, que no siempre notas en el día a día. Aficionada al cine y a diversas series de televisión estadounidenses, la mini-vikinga recorría las calles recordando y citando películas desde Night at the Museum hasta National Treasure con Nicolas Cage y desde Law and Order a mi aporte con Sex and the City y la clásica An affair to remember —lágrimas incluidas—, con lo que la ciudad tenía claramente una cara distinta y tan embrujadora como siempre.

Tuvimos nuestros momentos de “maña”, de andar atravesadas, de ojos mirando hacia arriba, de voces “con tonito” y diferencias de opiniones absolutas, pero respirando profundamente, escuchando y con espacio suficiente —ya había olvidado lo fundamental que es el tema del espacio para los adolescentes—, terminamos por tener unas vacaciones memorables.

Chocolate caliente en un montón de cafés de la ciudad, el Rockefeller Center y su pino gigante, Times Square, el Empire State, la Estatua de la Libertad, el Memorial del 11/9 y el Metropolitan entre otros lugares típicos, estuvieron en el itinerario. También Century 21 y tiendas en Tribeca, el SoHo y la 5ª. Avenida. Comimos hot-dogs y donuts, como en las películas policiales, mientras la mini-vikinga me mostraba sorprendida: “Mamá, en ese carrito venden empanadas!”. Nos cansamos y nos sentamos en un nuevo café y así hasta que diez días pasaron y regresamos felices y con deseos de descansar en nuestra amada Dinamarca.

En fin, viajar con adolescentes es un desafío pero no una misión imposible, sino MUY posible ¡y se pasa fantástico!

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