Trabajo, al igual que mucha gente, en lo que llaman en forma rimbombante: “un edificio inteligente”. Sí, de esos que casi piensan por uno, te indican el ascensor que debes usar, que te llevan a la velocidad de cohete de la Nasa hasta la cumbre de cemento, pero que no tienen ventanas para abrir ni por casualidad. Algo así como una moderna torre de cuento sin princesa, pero con aire acondicionado y calefacción.

Afortunada dirán algunos, qué lástima otros. El caso es que a mí no me gustan. Porque a pesar de la modernidad, estas construcciones tienen una falencia que a mi juicio es la culpable de que sigamos refocilándonos involuntariamente y por semanas en medio de resfríos y otros malestares. Y es que a algún genio creativo de la construcción se le ocurrió prácticamente sellar estos espacios. De aire libre y limpio nada, bueno, es verdad que en una capital como Santiago o ciudades donde la contaminación avanza como Temuco o Puerto Montt el aire limpio no es mucho, pero es peor en ciertos espacios cerrados donde nos mantenemos respirando un caldo de cultivo del que no quiero entrar en detalles. Lo malo está en que por estética, seguridad o por evitar que entre el aire contaminado impedimos que salga el aire viciado. No es exageración y todo el fenómeno tiene nombre: El síndrome del edificio enfermo (SEE) -también conocido como Sick Building Syndrome (SBS)-  y está tan identificado, que incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo calificó como el “conjunto de enfermedades originadas o estimuladas por la contaminación del aire en estos espacios cerrados”.

Evitar esto es fundamental, ya que la necesidad tan simple de ventilar los espacios ayuda a mantener a raya síntomas como los que he sentido en un hábitat más adverso que la selva del Amazonas: una oficina sin aire fresco, full calefacción, mucha luz artificial y compañeros en diferentes etapas de gripe. Los resultados pueden ser dolores de cabeza, nauseas, mareos o esos largas gripes que se mantienen por semanas, todos producto de este encierro que nos tiene respirando una y otra vez un aire lleno de partículas en suspensión y más de alguna bacteria.

En honor a la verdad y para ser justa, no todo edificio inteligente es sinónimo de edificio enfermo, estos último cumplen otros requisitos como que haya poca ventilación, que la mayor parte de las superficies estén cubiertas de telas como alfombras, la temperatura se mantenga en forma pareja o que las ventanas no se abran y exista poca renovación de aire, entre otras cosas.

Los efectos para la salud se dejan sentir y a la larga en espacios de trabajo repercuten (ojo micropymes y grandes empresas) en la productividad, debido al reiterado ausentismo o incluso desmotivación por el trabajo. Yo ya falte dos días y no seguí porque me dio vergüenza, el trabajo se acumula y la Isapre no responde. Pero de sentirme operativa nada. Todo mal. Por eso me autorreceté diariamente al menos un par de vueltas a la superficie de la tierra, o de la cuadra, para renovar mi aire y mis energías.

Claramente mi templo del trabajo, como decía el inolvidable Ricardo Canitrot, no es el ideal. No tengo ventana ni aire fresco en mi piso de trabajo en las alturas, pero sí la conciencia de que mientras sea una homo urbanus necesito darme regularmente espacios para mantener la higiene ambiental para así cuidar mi mente y mi cuerpo.

>En Twitter: @ClauContreras2

 

 

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