Si Dionisio fuese hombre, sin duda alguna habría sido un invitado permanente a este antro neoyorquino. En él, hombres y mujeres desnudos bailaban al ritmo del DJ de turno. Otros se sumergían en una buena dosis de cocaína para continuar la juerga o disfrutaban de una relación sexual exprés en alguno de los baños. Todo mientras Bianca Jagger —sí, la entonces esposa del mundialmente conocido cantante de los Rolling Stones— montaba un caballo blanco dentro del club con motivo de su cumpleaños. Sin duda alguna, una noche más en el Studio 54. Una de tantas que se apagaron, definitivamente, hace ya 30 años.

La era disco marcó un hito en la música, en los estilos de vida y en la estética. No en vano producciones de la época han sabido sobrevivir al paso del tiempo. Ejemplos claro de esto son Fiebre de sábado por la noche o los Bee Gees. Pero, ¿por qué tanta nostalgia por Studio 54? La respuesta es simple, en 1976 nacía el lugar indicado para cumplir todos los sueños y excesos sin miradas inquisidoras.

Dos amigos, Steve Rubell y Ian Schrager, fueron los responsables de esta creación donde era posible bailar con Farrah Fawcett y Michael Jackson o explorar tu sexualidad como nunca lo habías hecho. Todo en un solo lugar y en una sola noche. Pero, claro, para eso debías entrar. Al menos un centenar de personas esperaba noche tras noche para atravesar ese umbral, siempre y cuando Rubell, arriba de una silla, seleccionara al afortunado.
La excusa que una vez dio durante una entrevista al canal estadounidense WSMV, fue que el sitio no era tan grande para albergar a todos los que pretendían ingresar, lo que era cierto. Ni siquiera la fama te garantizaba un espacio. Ilustres rostros del star system se quedaron con las ganas. Frank Sinatra y Woody Allen fueron dos de una larga lista.

studio54-2

The Guardian, el tabloide inglés, explicaba así el método de selección: “Debía haber específicamente 20% de hombres gay. Un 10% estaba reservado para lesbianas y travestis. Y a las celebridades, aquellas conocidas por su mal comportamiento, se les regalaba tragos de cortesía”.
Si eras lo suficientemente afortunado para abrirte paso dentro del local, tu capacidad de gozo dependía de los límites que tu propia moral o la resistencia de tu cuerpo podía ofrecer. En la pista todo era iluminado por grandes luces de neón, mientras que la música disco y el boogie tomaban el protagonismo. Ya no importaba si eras hombre o mujer, si eras travesti o un joven pulcro de Harvard, todos eran iguales frente al enorme letrero de una luna que simulaba inhalar cocaína.

La promesa era la reserva total. Si había algo que estaba prohibido era la presencia de reporteros gráficos. Lo que sucedía en ese edificio de Manhattan quedaba dentro de sus paredes. Claro, más de un fotógrafo logró salirse con la suya y sus registros explicitaron aquello que sólo era rumores, relatos bajo cuerda de bacanales inimaginables. Algunos como Rose Hartman, aún exhiben esas fotografías en exposiciones o como parte de un documental. Con todo, había rincones a los que ni los más avezados reporteros podían acceder.

studio54-7

La pista de baile no lo era todo. Los invitados sabían cómo aprovechar la estructura de teatro que tenía el Studio —a veces era llamado así, a secas— y entonces hasta los balcones eran testigos de la fiesta; donde muchas veces se vio a un joven y nada de introvertido Michael Jackson. Cuando la acción calificaba para candente, los invitados subían a la Rubber Room, una habitación situada en la planta superior a la pista de baile. Lo que allí ocurría queda a la imaginación de los que nunca entraron. Pero para hacerse una idea, vaya un dato no menor: la pieza estaba hecha de caucho, con el objetivo de facilitar su limpieza.

En cambio, si lo tuyo iba más por el baile que por el sexo desenfrenado, y sólo querías que la noche no tuviera fin, ahí estaba Superman para ofrecerte una solución. Bueno, en realidad era Christopher Reeve, quien junto a Robin Williams y Dodi Al Fayed, comandaba la que sería llamada patrulla del amanecer. El trío era conocido por tomar una limusina en busca de after-hours con la idea de bailar hasta el mediodía.
La diseñadora de moda Diane von Fürstenberg, cercana al célebre Andy Warhol, recuerda: “Si no alcanzabas a ir una vez, Andy te diría: ‘Te acabas de perder la mejor noche’. Y si él llegaba a faltar a alguna, te llamaría a primera hora en la mañana para saber qué sucedió”.

studio54-1

Con ella concuerda Kevin Haley, decorador de Hollywood. “A diario se sentía como si estuviese en un lugar nuevo, y de alguna forma lo estabas, porque lo transformaban completamente para las fiestas. Hubo una celebración de Dolly Parton donde todo era como una pequeña granja con trozos de heno y animales vivos. Durante la fiesta de Halloween podías mirar a través de pequeñas ventanas y había enanos haciendo cosas. No logro quitarme de la cabeza uno que aparecía vestido formal y comiendo en una cena familiar. Era como una fiesta sin parar”, cuenta para Vanity Fair.

Pero los excesos no podían durar eternamente. De alguna manera, Studio 54 fue víctima de su estilo de vida. Si bien, el libertinaje no fue la causa del cierre de la discotheque, hubo efectos colaterales como la evasión de impuestos que se convirtieron en la bala de plata que derribó a estas verdaderas bestias nocturnas. En todo caso, Rubell y Schrager fueron consecuentes hasta el final. Cuando los oficiales de la policía fueron a investigar el club registraron los documentos contables y la sorpresa fue enorme cuando descubrieron que, en lugar de hojas con números e información, sobresalían bolsas de cocaína.

La administración cambió de manos, con ello las drogas y el sexo disminuyeron en razón de dar un mayor espacio a la música disco. Pero ya en 1986 las puertas de la discoteca ubicada en la calle 54 Oeste cerraron. El eco en la pista de baile se apagaba.

Definitivamente, el local de Manhattan fue hijo de su tiempo y supo aprovechar el momento que se vivía en el mundo. Es difícil pensar que en los días que corren una versión actualizada de Studio 54 pudiese existir. Así lo relata Myra Scheer, asistente de Rubell, para la BBC: “Nosotros llegamos después de la píldora anticonceptiva y antes de que el SIDA siquiera tuviese nombre. Las mujeres se atrevían en su sexualidad y también era un buen tiempo para ser gay. No existían estigmas dentro del Studio 54”.