La próxima semana estaré en Chile. No de vacaciones o en visita familiar, sino por trabajo y para quedarme al menos un año. Lo último que celebraré aquí en Dinamarca es el Día de la Madre y eso me hace pensar en el cambio de horario, en los kilómetros de distancia geográfica, en las exigencias de tiempo en un proyecto que recién comienza y cómo influirá eso en mí como madre.

Mientras reflexiono se acerca la vikinga más chica —que se va conmigo para mejorar su castellano y hacer un año de colegio en Chile a partir de julio— y me muestra un mapa de Chile con los lugares marcados que quiere visitar: desde Tierra del Fuego a San Pedro de Atacama. Mientras la mayor, que se queda en el reino con su padre vikingo, me pregunta “¿Mamá, y quién me va a despertar ahora? A ver… tú siempre te acuestas tarde y a las 6:30 de la mañana aquí es la 1:30 en Chile… ¡tal vez alcanzas a llamarme por WhatsApp en esas últimas vueltas que te das antes de acostarte!”. No puedo sino reírme y el alma me vuelve al cuerpo sintiendo lo sólida que es la relación que existe entre nosotras, en particular, y con nosotros 4 como familia en general.

Nadie se siente “abandonado” porque yo cruzo el charco. Tampoco lo pensamos las dos veces que el vikingo se fue a Afganistán. Siento que sus viajes han sido una buena preparación ahora que me voy por una temporada y él se queda a cargo del barco danés. Ha sido cuesta arriba, pero hemos aprendido y el vínculo de comunicación y confianza que hemos construido ha dado sus frutos y nos ha permitido compartir memorias familiares distintas, especiales e inolvidables. Nos hemos entrenado para enfrentar los cambios, sin que afecte negativamente ni nuestras relaciones, ni nuestra autoestima, ni el diálogo. Conversando con el vikingo hace unos días camino al trabajo, concluimos que además de ser una familia nos hemos convertido en un buen equipo.

Agradezco profundamente la cercanía digital. Skype, Messenger, WhatsApp, Telegram, entre una larga lista, nos han ayudado a mantener ese sentido de “cercanía” y estoy segura de que así continuará. Por eso es también que siempre hemos sentido que “nos tenemos” los unos a los otros, aunque no estemos a una mano de distancia sino a tan solo un click.

He pasado dos décadas ya celebrando desde lejos lo días importantes de mi familia y amigos en Chile. Hoy, a pesar de los escepticismos que aparecen y desaparecen o mis agobios momentáneos, me alegro de llegar a abrazar a mi madre una semana después del Día de la Madre, pero “casi” y más cerca que en los últimos 20 años.

Voy a poder abrazar a mi papá también en el Día del Padre y no solo mandarle besos por el teléfono. Me entusiasma el reencuentro y también ver la ilusión de mis hijas pensando en las habitaciones temporales que ellas tendrán en el nuevo departamento y ver al vikingo planeando los viajes que podríamos hacer en Chile. También me ilusionan las sorpresas cuando la vikinga mayor me cuente alguna novedad del cole, sobre la siguiente fiesta que se prepara o a quienes ha invitado a una u otra maratón cinéfila en casa ¿Cómo se irá a sentir el vikingo ahora que estará solo en casa?

Qué daría porque la teletransportación fuera una realidad y no solo un sueño de ficción. ¡Invéntenlo ya, por favor!… Quiero poder estar en dos lugares en un abrir y cerrar de ojos ¿Es mucho pedir para ser una mamá 3.0?

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