“Somos un caso de comunidad regional fallida”, dice el historiador Jorge Pinto. Lo escucho junto a los cientos de asistentes a Enela, el Encuentro Empresarial de la Araucanía, y siento que no deja de tener razón. A diferencia de otras regiones compuestas por migrantes nacionales o extranjeros -a la mente se me viene Magallanes- en la Araucanía es muy difícil encontrar un relato regional común, una identidad que convoque a todos, el necesario “animus societatis” que distingue el concepto de comunidad del de población. Se trata, agrega Pinto, de una falla de origen. Y claro. La Araucanía, en tanto región, fue tardíamente incorporada a la soberanía del Estado. Muchos datan esto en 1881, fecha en que se fundó Temuco a los pies del Ñielol. Otros en 1883, fecha en que el Ejército chileno refundó la histórica ciudad española de Villarrica, destruida por los mapuches y cubierta por la selva sureña durante tres siglos. Razón tiene Pinto y he allí parte del problema a la hora de abordar, como región, el mal llamado “conflicto mapuche”; la inexistencia de un relato común o, cuando menos, del ánimo de resolver juntos y no separados el entuerto.

La Araucanía es una familia disfuncional. Y donde al menos tres historias, tres memorias y tres proyectos culturales, se disputan el monopolio de la verdad. Por un lado, los mapuche, mi gente, quienes por la fuerza fueron despojados de un territorio y de una libertad que hoy, legítimamente, reclaman de regreso. Por otro, los colonos extranjeros, hablo de suizos, italianos, franceses, alemanes, traídos por el Estado al concluir la “Pacificación de la Araucanía” y quienes, a poco de llegar, se encerraron en sus guettos y de allí nunca más los vieron salir. Y por último, los colonos chilenos, arribados como peones, jornaleros y campesinos, la mano de obra barata de una región llamada a ser, en ese entonces, el “Granero de Chile” y que terminó tristemente convertida en vivero de plantaciones forestales. Tres historias, tres memorias, tres proyectos. De los tres, tal vez el más débil sea el de los descendientes de colonos chilenos, mestizos que reniegan de su pariente indígena (no falta la tía o la prima que se casó con un “mapuchito”), maldicen la bendita hora en que sus abuelos arribaron al sur y que, a la primera de cambio, huyen de regreso a Santiago. Y Temuquito, lo siento, pero si te he visto no me acuerdo.

No sucede lo mismo con mapuches y descendientes de colonos extranjeros. Los primeros, por historia, y los segundos, por contar con poder e influencia social, reclaman como suya la región. Y enarbolan, en la medida que se agrava el conflicto, proyectos cada día más excluyentes y sectarios. Winka, llaman los activistas mapuche a los dueños de fundo y sus descendientes, la mayoría de apellido europeo.

Winka significa ladrón, usurpador, el que viene por el trozo más grande. Si, se trata de una ofensa y de las feas. “Indios tal por cual”, responden los aludidos de vuelta, amenazando con limpiar –una vez más de ser necesario- la Araucanía a escopetazo limpio. He allí el principal escollo para dar con soluciones; la ausencia de dialogo, de empatía, de resiliencia, como diría Francisco Llancaqueo. ¿Será posible aún avanzar hacia una verdadera comunidad regional? ¿Será posible que indígenas y descendientes de colonos se pongan, por un minuto, cada uno en el bendito lugar del otro?

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Pienso en ello mientras escucho al profesor Jorge Pinto. Y de inmediato mi mente vuela lejos, muy lejos, a Nueva Zelanda, bella isla donde la misma pregunta encontró un par de novedosas respuestas.
Lo cuento rapidito. ¿Seremos británicos en la polinesia o polinésicos con ancestros británicos? Fue la pregunta que se hizo la sociedad neozelandesa hace ya varias décadas, cuando el conflicto interno con los maoríes –no muy distinto al de Chile con los mapuches- amenazaba con graves fracturas. Y la opción que tomaron, sabiamente, fue la segunda.

A partir de entonces se sucedieron diversos procesos de reparación, reconciliación, justicia y respetuoso diálogo interétnico, que los salvaron en definitiva del abismo. Hoy, a treinta años de aquella pregunta, resulta difícil a ojos del visitante distinguir qué es británico y qué es maorí en la isla. “Una vez preguntaron a mi hija si era neozelandés o maorí”, contó en un foro al que asistí el Embajador de Nueva Zelanda en Santiago, John Capper. “Y su respuesta fue; ¿cuál es la diferencia?”.

Aquella es mi esperanza para la Araucanía. Que el diálogo y la necesaria reparación histórica den paso a una comunidad regional integrada, donde lo mapuche no sea un lastre ni lo foráneo una amenaza para la cultura local. Que los colonos salgan de sus guettos. Que los mapuches aprendamos a otorgar al otro aquel respeto que tanto demandamos para los nuestros. Llamados estamos a convivir. Y a construir comunidad juntos. “¿Eres mapuche o chileno?”, preguntará en el futuro alguien a nuestros nietos. “¿Cuál es la diferencia?”, sueño sea la respuesta.

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