Al otro lado de la reja, tras una fila de álamos, estaba el patio de los grandes. Tenían ocho o nueve años y se movían con seguridad. A ese lado estaban la verdad y la vida real. El nuestro, el patio de los chicos, tenía su interés, es cierto, pero empalidecía frente a los mitos que llegaban del otro, generalmente en boca de alguno de los nuestros que tuviera allá un hermano mayor o –más raramente– de algún aventurero que se atrevía a ingresar por un hueco de la reja. El riesgo mayor no era ser descubierto por algún cura –que eran unos gringos alegres, sanos y buenas personas– sino por los legítimos usuarios del recinto, que no toleraban la intromisión en sus dominios y nos expulsaban a golpes. Esta defensa violenta de su territorio no hacía más que acrecentar la leyenda.

De manera que cuando llegó el momento de ingresar allí legítimamente, en 1968, lo hice temeroso pero lleno de expectación. Y no me defraudó. Rincones nuevos, escaleras secretas, ventanas que dejaban asomarse a laboratorios con tubos de ensayo. Y como para coronarlo todo, como una ceremonia de recepción, un día se escuchó un avión volando bajo. Era una pequeña avioneta que giraba sobre el patio y que generó una excitación sin precedentes, una locura total. Cientos de niños mirábamos hacia arriba, boquiabiertos, para ver que de pronto se abría el cielo y dejaba caer una nube de papelitos. Cartas enviadas por el piloto desde las alturas. Para nosotros.

Era una nube de panfletos que no se decidía a tocar suelo. Cuando todo indicaba que caerían cerca de los talleres, una ráfaga de viento los dirigía hacia la cancha… por un momento pareció que todo se perdía, los papelitos se dirigían irremediablemente hacia la calle. Pero cuando los más audaces ya se encaramaban al muro, un nuevo giro en el aire los hizo aterrizar en pleno patio y dar inicio a una batalla campal. En lugar de pelear a puñetes, que no era lo mío, me alejé un poquito y clavé la vista en uno que aún no caía, y lo seguí, lo seguí hasta verlo tocar las baldosas, aislado y solitario. Solo para mí. ¡Y lo atrapé! Valió la pena. Entonces todo valía la pena. Era un mamut. Y un niño que anunciaba una nueva revista con artículos sobre el cercano viaje a la Luna, comics, anatomía y platillos voladores, es decir, todo. Anunciaba que aparecería los miércoles, y por los siguientes 300 miércoles la compré sagradamente.

En octubre se cumplen 46 años de ese vuelo inaugural de la revista Mampato. En estos tiempos de debate, un homenaje a esta educación de primera que se dejó caer un día desde el cielo, sin ley ni invitación, y que nos recuerda que la educación –sea lo que sea– es también un asunto de gozo y entusiasmo.