Los expertos en conspiraciones suelen citar cierta ocasión en que el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan dijo ante la ONU: “De vez en cuando pienso cómo nuestras diferencias se desvanecerían si nos viéramos enfrentados a una amenaza extraterrestre…” Me acuerdo de esta frase cada vez que veo cómo esas diferencias están originadas en lo profundo de la parte oscura del alma humana, aquella zona desconocida desde donde “algo” maneja nuestras vidas y está en constante enfrentamiento entre lo ideal, lo que entendemos por bien, y el más ordinario y prehistórico egoísmo que nos mueve a sacar el máximo provecho individual, en desmedro del beneficio colectivo.

Cuesta entender que esas “diferencias” subsistan aún sabiendo cuán miserables son las condiciones de vida de muchos y que unos pocos tienen en sus manos el poder para terminar con eso. La propia Iglesia, por ejemplo, con su patrimonio podría acabar con el hambre. Pero al parecer no hay una motivación suficiente. ¿Acaso el colapso inminente de nuestra civilización, la injusticia y el horror que se advierten en nuestro mundo por doquier no son una amenaza mayor –y real- comparada con la eventual invasión extraterrestre? Y si miramos acá, en casa, cuesta entender que en un país como el nuestro, con todo lo que hemos pasado, no seamos capaces de vivir como hermanos y fundar una sociedad basada en la colaboración generosa para garantizar que todos tengan condiciones de vida adecuadas para su desarrollo (no solo lo básico para apenas subsistir).

Mucha gente incuba resentimiento y envidia hacia los más acomodados, creyendo que acaparan una porción de la torta que les corresponde a ellos. Sobre esa base se sustentan ideologías que tampoco solucionan nada, porque en el fondo solo buscan que el oro pase a sus manos. Pero resulta comprensible que muchos piensen así cuando se ve que para poder juntar cuatro chauchas para financiar algún proyecto social los “dueños” del dinero reaccionan como si se les obligara a dejarse extirpar un órgano vital para dárselo a otro.

Cuando leo que un hombre sensato, íntegro y buena persona como Andrónico Luksic manifiesta su “preocupación respecto del proyecto de reforma tributaria presentado al análisis del Congreso Nacional, el cual considera un fuerte incremento a los tributos de las bebidas alcohólicas y azucaradas”, me pregunto ¿con qué parte de sí mismo está pensando? ¿Con el bolsillo? ¿Con el título de economista? Me consta que tiene corazón… pero dudo que lo use en este tipo de análisis. Ni siquiera creo que su cerebro con educación privilegiada y entrenado para la alta exigencia esté enfocado el asunto más allá de sus planillas de cálculo. Si fuera así, no vendería la bebida “de fantasía” que está defendiendo, una mugre que realmente no sirven para nada y antes peor, es un veneno. En un mundo “normal”, ese negocio debería estar prohibido, como tantos otros que en lugar de favorecer el desarrollo humano, atentan contra él (El alcohol es un tema aparte).

¿Por qué es tan difícil, sobre todo para un poderoso, aceptar que sus intereses deben subordinarse a las necesidades verdaderas de los demás? Es curiosa esa reticencia a colaborar (no ayudar, no hablo de la Teletón, de las fundaciones y la caridad, sino de ser un agente activo y permanente) de muchos a quienes les sobra, que tienen más de lo que podrán gastar jamás nunca y que -no olviden-, se irán de este mundo sin nada igual que el más patipelado de sus empleados.

Para muchos empresarios los argumentos para rechazar un sueldo mínimo digno o un reajuste de los tributos que tocan sus intereses resultan sumamente válidos técnicamente, aunque simplemente sean la reacción de quien no sabe o no puede compartir y se siente seguro en una legislación diseñada bajo el nefasto paradigma mecanicista que, por antinatural, más temprano que tarde tocará a su fin. Lo mismo pasa con las razones que esgrimen quienes quieren recaudar “ayudar a los pobres”, quitándole al que tiene. En ambos casos el origen de sus convicciones es el mismo: una programación mental determinada, adquirida sin voluntad, que condiciona su forma de pensar y que –salvo raras excepciones– no tiene nada que ver con la realidad, con las leyes naturales, con la vida. Sencillamente, ambos extremos responden al mecanismo más básico que controla la conducta humana: el cerebro reptil, ese depredador que no ha evolucionado en millones de años y al que le da lo mismo todo con tal de comer lo que pueda cuando pueda y librarse de ser comido.

No sacamos nada con esperar a hacer contacto con civilizaciones extraterrestres para superar nuestras diferencias. Eso ya ocurrió, de hecho fue el origen de todo, y acá estamos, haciendo el ridículo cósmico con nuestra sociedad patética que se basa en la esclavitud. Porque, piénselo, quien no puede ver las cosas fuera del paradigma que rige su existencia, no es libre. No importa cuánto dinero o poder tenga, cuántos cargos y honores detente, cuantos impuestos pague. Quién no contribuye a mejorar las condiciones de vida en este planeta es un parásito: chupa todo lo que pueden hasta ocasionar la muerte de su anfitrión.

Recuerdo que una vez Claudio Naranjo me dijo “si se iluminaran 10 mega empresarios, cambia el mundo”. Podríamos partir por algo modesto, como asegurar educación digna y de calidad, acceso a la salud para todos, pensiones honorables… ¿No es acaso, don Andrónico, una causa más justa, noble y digna de su talento e inteligencia que defender el cuestionable derecho a acumular dinero fabricando niños obesos y diabéticos? Además, ese sí que es un negocio rentable en “Moneda Cósmica”, la única que realmente sirve.

Comentarios

comentarios