Llega febrero y las vacaciones para una gran mayoría. Definido el nuevo gabinete, cortado el queso en La Haya, ahora solo queda arreglárselas para descansar lo posible, estirar las piernas, respirar profundo y esperar a marzo, para comenzar otra vez. Algunos leerán su novela de rigor, otros buscarán algún panorama. La idea es aprovechar un tiempo que parece poco, pero que a casi todos, casi siempre, nos termina sobrando.

Acostumbrados como estamos, en nuestro sonambulismo, a desenvolvernos en el espacio alto, ancho y profundo, el tiempo nos supera. No somos nada con nuestra ciencia y tecnología frente al devenir constante de la entropía máxima. En cualquier época del año vamos de cabezadas contra las paredes misteriosas que forman nuestro destino, apurando el trago amargo con una dosis de placer enajenante cada vez que podemos. Nos procuramos pequeños éxtasis de sueño a cada instante, para no pensar en el tic-tac, en los granos de arena cayendo, mientras padecemos las cuitas que nos tocan sin ya siquiera buscar respuestas a las clásicas cuestiones fundamentales de quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos acá.
(Perdónenme la divagación egoísta. Esta es una de esas columnas confesionales, dedicadas, a medio camino de la literatura, llenas de metáforas, que los cronistas a veces nos regalamos, advierto).

Recientemente mi vida ha sido sacudida por sorpresas. ¿Bueno o malo? No me interesa opinar sobre eso, porque en su irrupción imprevista dejaron convicciones fundamentales, de esas que le dan no solo sentido a la vida, sino además trascendencia. La bauticé “la semana de las revelaciones”, en medio de un enero que ha sido llamado con total justicia “un verano inolvidable”… y eso que recién va en la mitad. Todo lo demás será recuerdos. Las sonrisas luminosas como de estrella, la mirada vil del traidor, los infinitos instantes que escribieron cada historia, los personajes, los banquetes y celebraciones serán memoria, pero estas verdades trascendentales son un poder vivo en el eterno presente, una fuerza para enfrentarlo todo. Es la forma en que la gran mente universal compensa lo que hacemos por ella viviendo esta vida humana en su nombre.

Otra vez, la cuestión del tiempo. Ese demonio que no podemos controlar y nos tiene a su merced. Ese que se lleva todo, que se escurre, que nos roba el aliento y se va muerto de la risa. Así pasa también que la gente va entrando y saliendo de nuestro alcance. Irse de un lugar querido, dejar un proyecto apasionante descubriendo que era todo falso, perder amigos entrañables, la culpa del tiempo que viene y va. Que cuando se queda grita y arranca, como las olas del mar, así como un año se funde en otro en medio de los fuegos artificiales y no se detiene más.

Así llevamos nuestras existencias de la cuna a la caja, persiguiendo destellos, guardando provisiones, preservando la especie, peleando o defendiéndonos, buscando fundirnos en otro sin poder encarar jamás el yo esencial. Siempre a la espera de un gran suceso, de un hito, algo que ahora sí nos hará felices. La oportunidad. Yo me preguntaba hace años si la oportunidad se toma o se recibe, se merece o se conquista. Sabía que la respuesta llegaría precedida de señales mágicas y así fue: un día sencillamente, como jugando, formulé la interrogación y un ángel se hizo presente y la pronunció… Fue el inicio del verano inolvidable.

(No contaré la respuesta, solo diré que tiene que ver con lo único que en verdad tenemos para prevalecer en este universo, nuestra voluntad).

Decía don Juan, el maestro indio de Castaneda, que el momento presente es lo único que compensa la maravilla y el terror de estar vivo, siendo seres que vamos a morir. El tiempo pierde entonces su máscara despótica y se vuelve un aliado, un caballo que montar. Pero la mano diestra del gran arquitecto, del guionista, va escribiendo las escenas y modificando los escenarios a su arbitrio… A veces duele, a veces nos deja sobrecogidos de manera irremediable y la ventana de la oportunidad puede muy bien ser una cuchillada artera. O varias heridas sangrantes. Pero para quien sepa conquistarla, todo ha de ocurrir para su bien más elevado, según escribió también ante mis propios ojos el bello ángel inolvidable que me visitó en sueños desde el futuro, donde los caminos se hacen uno.

El milagro, hay quien dice, ocurre en el presente, ahí donde los años no importan, solo la luz que irradiamos, que nos retroalimenta. Es ahí donde los caminos se bifurcan, donde sabemos que hoy se irá también. Alejarse hacia lo profundo del ahora suele casi siempre ser la mejor idea, si hemos de conservar el milagro con nosotros para siempre.

Gratitud. Redención. Y ya fue.

Espero pues que también ustedes puedan tener un verano inolvidable.

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