Una tarde de octubre leí un reportaje en la revista The New Yorker titulado Looking for someone: sex, love, and loneliness. Era un artículo en profundidad al mundo de las citas online. Ahí comentaban que éstas eran la tercera manera más común de conocer gente: la primera es el trabajo/universidad, seguida por familia/amigos. También mencionaban que uno de cada seis matrimonios en Estados Unidos es fruto de una cita online.

Los números se me quedaron grabados. Soy soltera, chilena, periodista freelance y vivo en Nueva York. Sabía que no iba a conocer a nadie a través de mi familia (chilena), la universidad (chilena) o mi trabajo (la cocina de mi casa), así es que un día de noviembre decidí crearme una cuenta en Tinder e ingresar al mundo de las citas online. 

Elegí Tinder porque es fácil: no hay que crear un perfil sino que basta con bajar la aplicación a tu teléfono, conectarla a tu cuenta de Facebook y desde ahí seleccionar las fotos que quieres usar. La interfaz es amigable, ya que sólo ves fotos de la otra persona, los intereses que tienen en común y los amigos. Si te gusta le pones un corazón o mueves la foto hacia la derecha. Al revés, si no te llama la atención, mueves la foto hacia la izquierda o aprietas una cruz. Sólo cuando dos personas se gustan, Tinder permite que empiecen a chatear. Así se evita el spam de millones de textos de usuarios que podría no interesarte para nada.  

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Una amiga que es maquilladora me contó que en el mundillo de las producciones de moda y campañas comerciales todos tenían su perfil en Tinder y que era comentario obligado, lo mismo que Instagram. Me sentí bastante out. Al día, 3,5  millones de personas se gustan mutuamente en Tinder. Desde que se creó, la aplicación suma 300 millones de usuarios.

—¿Cómo no supe de esto antes?

Mi primera cita no se demoró en llegar. Al segundo día de haber bajado la aplicación le di un “me gusta” a un tipo que posaba con los brazos cruzados. De expresión seria, miraba fijo a la cámara con un jockey negro puesto al revés y una chaqueta del mismo color, Nike. Inmediatamente me apareció un mensaje diciendo que éramos un match, es decir, él también le había dado un “me gusta” a mi foto. Me emocioné, pero luego, durante los cuatro meses que usé la aplicación, entendería que esto de los matches era una cosa bastante trivial: poca gente reacciona a estos mensajes, intenta ponerse en contacto o responder a las conversaciones que yo traté de empezar. Por eso, porque esta era la primera vez, no me di cuenta de lo raro que podía ser que el tipo serio de la foto me buscara conversación. 

—¿Cuál es tu historia? —me preguntó.

Me sentí tan expuesta, que reaccioné a la defensiva a su primera pregunta: “Es demasiado larga para contarla a esta hora”. Sí, lo sé, muy perna, pero era nueva en esto. Debo admitir que me dio pudor y algo de susto: no quería tener una conversación con un sicópata un domingo a las 11 de la noche. Aunque no fui de lo más simpática, Kalani —ese era su nombre— siguió intentando hablarme y tras una semana de comentar cuán frío y feo estaba el clima, le propuse que fuéramos a tomarnos un trago. 

La verdad es que me sentía muy incómoda texteando a alguien que no conocía. Podía ser cualquier cosa: una broma, un hacker que inventó un robot que contesta este tipo de mensajes, algún ex vengándose de mí o peor aún, alguna enemiga que después me iba a hacer bullying en alguna red social. Necesitaba llevar esto a la realidad. 

Antes de juntarme con él, tomé algunas precauciones y le dije a mi vecina que si le llegaba un texto que dijera “verde” significaba que estaba en peligro. También le dije el bar donde iba a estar  y el número de teléfono de mi cita. Estaba súper nerviosa: qué pasa si es un asesino en serie, qué pasa si es racista y encuentra atroz mi acento y qué pasa si me parece un latero y me quiero ir, qué se habla con alguien de quien no sabes nada. 

Pude aplacar los nervios bajándole el perfil a la situación. No me arreglé. Un chaleco de lana grueso café con beige y botones dorados de American Appareal con unos pantalones negros muy apretados. Pensé mandarle un mensaje preguntándole qué iba a usar para poder reconocerlo, pero decidí que no, que era muy cliché. Ya arriba de mi bicicleta no había vuelta atrás, mi primera cita online era un hecho. El nombre del lugar escogido era muy sugerente: Beloved.

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Sentado en la esquina del bar estaba Kalani, de acá en adelante más conocido como el hawaiiano. De rasgos asiáticos, piel mate y vestido con la típica camisa hipster a cuadrillé, tomaba una cerveza cuando lo vi. Lo reconocí por la foto. ¡Gran alivio!, la posible mentira era una realidad de carne y hueso.

—Hello, Marcia.
—Hi, Kalani…

La lengua no nos paró. Me contó de su isla, Hawaii; yo de Chile e Isla de Pascua. Y luego: Honolulu, surf, viajes a Ecuador a tomar Ayahuasca… Las horas volaron esa noche de miércoles. Después del segundo trago, ya estábamos planeando ir a la exhibición de Mike Kelley. No me sentí incómoda ni rara en ningún momento. Tampoco me pareció que fuera un pobre tipo en una desesperada busca del amor a consecuencia de su apagada forma de ser. Al contrario, me pareció alguien interesante, creativo, con un mundo propio. Incluso pensé que lo quería ver de nuevo. Mi primera experiencia de citas por internet —técnicamente es incorrecto hablar de citas en línea, porque el encuentro ocurre en el mundo análogo— fue un buen estreno.

Tinder se transformó en el nuevo juego en cuanta reunión social estaba, incluso en el café a mediodía con las amigas. No hacíamos más que sentarnos para comenzar a mirar a los machos disponibles en el área, porque el único filtro de Tinder es la distancia; es decir, te muestra a la gente más cercana a ti. Casi todas coincidimos en que las fotos grupales reflejaban inseguridad; que aquellas sin poleras, no ameritaban comentario; y que lo más terrorífico eran aquellas en las que los machos de turno salían con pistolas, ya fueran de juguete o de verdad.

La búsqueda pasó a ser parte de mi rutina de trabajo. Los días se me iban mientras texteaba, pero nadie parecía querer concretar un encuentro. Justin Mateen, cofundador y chief marketing officer de Tinder me contó que el tiempo promedio que los usuarios entran a esta aplicación es 11 veces al día y la usan 77 minutos en promedio.

Match.com es la página más grande alrededor del mundo de citas online. Sus estadísticas indican que el 38 por ciento de sus usuarios es licenciado universitario; un 5 por ciento tiene un diplomado; un seis por ciento cuenta con un doctorado, y un 2 por ciento ha realizado estudios de post licenciatura/máster.

Las cifras se correspondían con lo que me había tocado vivir. El hawaiiano era diseñador gráfico y tenía un trabajo muy entretenido como director de arte de una agencia publicitaria bastante grande en Estados Unidos, con sede en Londres. Omar de Montreal, otro de mis dates, estudiaba un Doctorado en Comunicación e Inteligencia Artificial, y aunque no teníamos mucho en común, la cita fue interesante. Me explicó su proyecto que enseñaba a los computadores a entender el comportamiento y las emociones humanas. ¡Alucinante!, más todavía si acabas de ver la película de Spike Jonze, Her

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Después de 2 meses de textearme con gente de diferentes partes del mundo y de empezar a darme cuenta de que concretar un encuentro era más difícil de lo que esperaba, un sábado salí con Alberto, productor de videos de una prestigiosa revista internacional, con quien teníamos varios amigos en común en Facebook. A pesar de que los dos hablábamos español y, por lo que parecía, compartíamos no solo el gusto por Tinder, no hubo conexión. Me di cuenta de que conocer a alguien online es casi lo mismo que hacerlo en una fiesta: hay pasteles y hay gente increíble.

En medio de mi reporteo, tuve que viajar a Chile, donde Tinder también puede usarse —lo único que necesitas es un teléfono con internet y Facebook. Una noche les conté a mis amigas —la mayoría solteras— sobre mi proyecto y las motivé a que se inscribieran en la aplicación. Lo encontraron una locura. “Esto no funciona en Chile, Marcia”, me dijeron. Así es que debí sacrificarme en beneficio del grupo y me conecté. Mi hipótesis se confirmó:  las citas online ya no pertenecen a un segmento de gente mayor, que viene de vuelta llevando en su mochila más de un fracaso, con una red social limitada. Muchos de los que aparecieron en Tinder eran ex compañeros de universidad, amigos de las que estaban en la mesa y gente que nunca se imaginaron podía estar ahí tratando de conocer a alguien. 

Justin Mateen me explicó que en Chile esta aplicación está creciendo a un ritmo de 5 por ciento diario, lo cual es bastante rápido. De todas formas, mi experimento no fue suficiente para convencerlas de que lo bajaran en su teléfono.

De vuelta en Nueva York empecé a interesarme en las experiencias de otras personas y cada vez que le preguntaba a alguien sobre Tinder me respondían que era el Grinder de los heterosexuales, es decir, una aplicación sólo para tener sexo casual. Pero eso no tenía que ver con mi experiencia. Había salido tres veces y todos habían sido muy agradables. De hecho, seguía viendo al hawaiiano, a quien le tuve que contar de esta investigación, cosa que no le gustó para nada. 

Yo estaba chocha con esta cosa de Tinder, también con el hawaiiano. De hecho, él me pidió que le contara cada vez que tuviera una nueva cita y que, en la medida de lo posible, sólo fuera una manera de obtener material para este reportaje. 

Mi romance abrió las puertas para que otros me relataran sus experiencias. Así fue como otra chilena, Paola Pietrantoni, residente en Nueva York, diseñadora de luces, me contó que había usado OK Cupid, otra página de citas online muy popular en Estados Unidos. Al tercer encuentro se dio cuenta de que no era lo suyo. Si bien era un buen alimento para el ego saber quiénes se interesaban en ella, para conocer hombre seguía prefiriendo la vieja usanza, a través de amigos o en situaciones más casuales. 

Marie Claire, estadounidense, directora de eventos de una productora que tiene entre sus clientes a Dockers, Heineken y agua Evian, también me contó sus experiencias en Tinder. Lo utiliza cuando viaja a ciudades donde no conoce gente o cuando no quiere volver a su casa sola después de una fiesta.

Seguí conectada al mundo Tinder hasta hace pocos meses. Le hablé a la mitad de los hombres que me parecían interesantes, de ellos un cuarto contestaba los mensajes y la mitad de ellos respondían con frases hola, sexy o tengo ganas de tener sexo, con lo que tiré la toalla.

A lo largo de toda la investigación, el hawaiiano siguió escribiéndome, ya no a través de la aplicación sino que por mensajes de textos al celular. Salimos innumerables veces: tardes de museos, noches de bailes y paseos de día en bicicleta para ver la puesta de sol. Cuando amigos nos preguntaban cómo nos habíamos conocido, contestábamos Tinder, pero después de 4 meses de relación sabemos que fue el destino, y no un simple match en internet, lo que nos juntó.