Porque sabes que tienen fecha de vencimiento, porque es un paréntesis en el año, porque estás fuera de la rutina y porque tienes el pelo al viento, el sol en la cara y la alarma del despertador en stand by. Debe ser por eso que los amores de verano se recuerdan con una sonrisa, porque no hay expectativas, no existen las promesas y no te preguntas hasta dónde irá a llegar todo. Y si te lo preguntas, sabes exactamente la respuesta: todo llegará hasta el fin de las vacaciones.

Es en las vacaciones donde, sin darme cuenta, me permito poner en off la máquina de hacer preguntas que habita en mi cabeza, donde todo comienza a dar un poco lo mismo. Y así, en ese estado mental fue que el año pasado conocí a Andrés. En una fiesta, ahí estaba él con la misma actitud, cuando lo vi no pude dejar de recordar la primera frase de la novela Chesil Beach de Ian McEwan: “Eran jóvenes, instruidos y vírgenes”, aunque ninguno de los dos fuera ni tan joven, ni tan instruido, ni tan virgen, pero ése era el mood, complicidad de quinceañeros. Durante dos semanas fuimos inseparables y románticamente patéticos. Hice todas las cosas que no me permitiría realizar en la temporada otoño-invierno: andar de la mano por la calle y reírme a carcajadas de bromas francamente patéticas.

Y de repente, se acabaron las dos semanas y tuve que volver al trabajo y la rutina. Nuestra despedida estuvo enmarcada por una puesta de sol y todos los elementos cliché posibles en una situación como ésta. Nos dimos nuestros respectivos mails, ya teníamos los teléfonos, dijimos que nos volveríamos a ver, aunque sabíamos que no era cierto.

A veces lo recuerdo, pero no es nostalgia, o tal vez sí lo es pero no por él, por mí. Me da nostalgia recordar cuando simplemente soy y no estoy pensando “debo hacer”, “¿qué estarán pensando?”, “¿qué habrá querido decir?”. No hay nada mejor que esos momentos en que se vuelve a ser un poco adolescente, donde no quieres controlar nada, ni actuar de determinada manera. Sería tan diferente, si mantuviera algo de esa actitud un poco despreocupada durante el año en el trabajo, con la familia, con los amigos, en el metro, en el banco, en el supermercado. No pensar tanto y creer que lo que ves, es lo que es, nada más. Estoy segura de que sería mucho más feliz.