No fue fácil para María Eliana Simián, la actual presidenta de los Amigos del Teatro Municipal, presentar el concierto de fin de año. Con emoción habló de logros y metas, pero su voz se quebró completamente cuando dijo que esa tarde los 55 becados cantarían y tocarían en memoria de Ana María Illanes. “Este momento es tuyo”, remató mientras cerca de 250 invitados aplaudían como señal de agradecimiento a una mujer que dedicó casi toda su vida al desarrollo cultural del país. Seguramente, muchos de los ahí presentes la recordaron con su mejor sonrisa, siempre impecable, con sus correctas camisas blancas que ella adoraba combinar con pañuelos Hermès al cuello.

La mayor de ocho hermanos, seis mujeres y dos hombres, era la que parecía estar más cerca de la personalidad altruista de su padre: el cardiólogo Armando Illanes y que fue el creador de la primera unidad coronaria del país bajo el alero de la Universidad de Chile y el hospital José Joaquín Aguirre. “Con él tenía una relación cercana, profunda y de admiración mutua”, cuenta Cecilia, una de las hermanas menores de Ana María. Y prosigue: “Ese afán de hacer las cosas bien, esa capacidad de entender todo lo que pasaba a su alrededor sin hacer mayor alarde y buscando soluciones. Esos rasgos eran algo que mi padre y Ana María compartían de un modo impresionante”.

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En el colegio era líder innata. Fue presidenta del centro de alumnas del Villa María y siempre estaba pendiente de la ayuda para los barrios más pobres. “Era la mejor a la hora de los discursos. Le pedían que hablara en los aniversarios, en las pascuas, en todo”, recuerda una de sus compañeras de curso.

Recién había cumplido 17 años cuando en una fiesta conoció a Cristián Correa Searle. Después de cuatro años de pololeo, la pareja llegó al altar. “Fue un matrimonio muy elegante y de gran impacto social”, recuerda Cecilia Illanes. La ceremonia fue en la iglesia de la Divina Providencia, la fiesta en el Club de Golf Los Leones y recorrieron las playas del norte en la luna de miel.

Cristián era abogado, pero siempre destacó como un importante asesor financiero con gran capacidad de liderazgo y de implementar soluciones que evitaron la quiebra de muchas empresas en los años ’70. Recién casada, la pareja fue a vivir a Nueva York: él pasó a ser parte del staff ejecutivo de un banco y ella, la anfitriona de las visitas internacionales en Naciones Unidas. Después partieron a Buenos Aires, donde Ana María se matriculó en la carrera de sicología y Cristián trabajaba en Citibank. Pero se vivían tiempos turbulentos en esta parte del continente y durante la estadía en el país trasandino el matrimonio sufrió una amenaza de secuestro, por lo cual ella decidió abandonar la carrera y regresar a Chile con su marido.

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No poder terminar sus estudios no fue impedimento para que tuviera su lugar en la escena pública. “Era de las mujeres que siempre hacía un up grade, para que todo se viera lindo y de buen gusto”, cuenta otra de sus amigas. Y su hermana Cecilia añade: “Cuando nos íbamos al campo de mi papá en Victoria, partía a los potreros, buscaba un tronco grande y lo adornaba con cojines. Le gustaban los detalles, la decoración, que la gente se sintiera bien y cómoda. Cristián le celebraba todo”. No tuvieron hijos, pero eran los tíos favoritos de veinte sobrinos por el lado Illanes y de otros veinte más por los Correa.

Fue en 1982 cuando Giselle Theberge, la mujer del entonces embajador de Estados Unidos, invitó a un grupo de mujeres a crear una corporación que fuera en ayuda del antiguo y deteriorado Teatro Municipal de Santiago. Ana María fue la primera en comprometerse, junto a otras figuras santiaguinas como María Victoria Eyzaguirre, Mary Rose Mac Gill, Julita Astaburuaga, Cecilia Bunster e Ina Lora de la Fuente, con el fin de levantar fondos para esta misión cultural. Las primeras acciones visibles fueron: la compra de un piano de cola Steinway & Sons, cambiar el viejo telón y obtener la personalidad jurídica de los Amigos del Municipal. Paralelamente, otorgar becas a jóvenes talentos sin recursos para estudiar música o ballet.

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Gabriela Claro, otra integrante de la corporación, recuerda su sentido de la perfección. “Si te convidaba a comer era con altura. Nunca escuché de ella una mala palabra sobre alguien… La conocí desde que fuimos compañeras en el Villa María y siempre fue igual: la mejor relacionadora pública. Ella era la que hablaba con las revistas y mandaba los informes a los medios para difundir lo que hacíamos para el teatro. Su empatía era tremenda”.

Patricia Muñoz de Fox, otra de sus amigas, no olvida su capacidad de trabajo: “No paraba y nunca demostraba cansancio”. María Eliana Simián relata con humor ese modo de no dejar nada al azar: “Cuando le tocaba hacer los almuerzos de los lunes en su casa era increíble: todo rico,  magnífico y al final nos tenía copias de las recetas a cada una”. Heather Atkinson de Ibáñez agrega: “Era una gran mujer, elegante, entusiasta… Una real lady de ideas brillantes”. Roxana Varas, quien también trabajó con ella en los Amigos del Municipal,  celebra su generosidad para traspasar sus conocimientos y experiencia.

La política fue otra de sus pasiones. Desde su trinchera en Renovación Nacional, fue una de las primeras candidatas a concejala que regalaba plantas y árboles como parte de su campaña en Las Condes. Resultó electa en 2003 y se convirtió en una de las principales compañeras de Joaquín Lavín. Cuatro años más tarde, fueron aliados y triunfaron en los comicios por la Municipalidad de Santiago. “Eran una dupla muy fuerte. Si él hubiera sido presidente, obviamente Ana María lo habría acompañado en La Moneda”, asegura su hermana Cecilia.

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“Para ella solo tengo palabras de admiración”, cuenta Joaquín Lavín. “Ana María encarnaba una perfecta mezcla de servicio y de religiosidad. Pero sobre todo rescato sus habilidades sociales. Era de Renovación, y yo de la UDI y, sin embargo, nunca tuvimos una diferencia. En los tiempos de campaña por el municipio de Santiago, recorríamos las calles de Recoleta en zapatillas, casa a casa, puerta a puerta. Nunca la vi cansada ni superada”. Junto a su marido, recuerda el ex candidato, formaron una pareja muy unida. “Cristián la apoyaba en todo, porque también confiaba plenamente en sus capacidades”. Cuando había problemas en el partido o en el comando, Ana María invitaba a comer y ahí se solucionaba todo. “En estos tiempos de diferencias y desencuentros, ¡cómo nos hace falta la Ana María!”, remata Lavín con nostalgia.

Hace poco más de dos años partió de viaje con algunas sobrinas y amigas al sur de Francia. Le gustaba el mar, las gaviotas, ir a la casa que todavía conserva la familia en Cerro Castillo y bajar caminando a tomar el té al hotel Miramar, en Viña.  Cada vez que podía, también se arrancaba los fines de semana largos a Zapallar.

Cuando la atacó el cáncer, no perdió la fortaleza. Su hermana Cecilia cuenta que, después de una ecografía, fue ella misma quien ayudó al doctor que la trataba para que se atreviera a contarle la verdad. “Era muy católica, de misa diaria. Con Cristián iban a la iglesia de los Legionarios de Cristo”. Murió a los 70 años, el 25 de marzo del año pasado.  Su marido la siguió el 14 de octubre. El círculo más cercano a la pareja sabía que no podían estar demasiado tiempo separados… El siempre aplaudía cada una de las ideas y entusiasmos de su mujer, la misma que no se cansaba de repetir: “A la vida, yo le pongo flores, música y alfombra roja”.