Sin duda que es difícil ser mujer. Durante milenios han tenido que vivir sometidas a un estereotipo que niega su naturaleza y atrofia su poder sin límites, para reducirla a un plano secundario, cómodo y funcional al patriarcado, ese que se ufana de slogans vacíos como “obvio que puede hacer lo mismo que un hombre” y “claro que tiene los mismos derechos”, que llevan implícita la descalificación de su esencia intrínseca, compleja y luminosa, mágica y cósmica, del todo diferente a nosotros, los básicos y superficiales machos de la especie primate mal llamada sapiens.

Pero cuando se trata de una separación matrimonial y de la relación con los hijos, suele ser infinitamente más difícil ser hombre, siempre claro que uno merezca llamarse así. Por lo menos hasta ahora, que la ley chilena le asignaba la tuición exclusiva e inamovible de los niños a la mamá, considerándola “dueña” de los hijos, porque, al fin y al cabo, de eso se trataba ser mujer: parir y criar, haciendo honor al machismo más retrógrado, propio del siglo XIX, cuando fue concebida.

Pero esta semana eso cambió con lo que miles de chilenos podemos considerar el mejor regalo del Día del Padre. La Cámara de Diputados aprobó en forma unánime la modificación al Código Civil para consagrar el cuidado compartido de los hijos como un derecho/obligación de ambos progenitores, e introducir una serie de modificaciones para garantizar la salud mental, emocional y física, el bienestar y la calidad de vida de los niños que sufren el infausto destino de ver destruida su familia.

Se ha llamado a esta iniciativa, que quedó casi lista para ser promulgada,  ley “amor de papá”, porque fue posible gracias a una cruzada de años de la organización de ese nombre, creada por un grupo de tipos que al revés de la enorme mayoría de los chilenos en similar situación, no se hacen los lesos con las pensiones, ni dejan a los niños sentados en la puerta de la casa esperando por una anhelada visita que no llega, ni castigan a sus ex largándose a vivir la vida loca en esa segunda adolescencia que para los inmaduros suele significar el divorcio. Hombres que fueron vilipendeados, humillados, descalificados y maltratados en los tribunales de famila por juezas que se creen emperatricres, por asistentes sociales infracapacitadas, consejeros técnicos prejuiciados y muchos también por carabineros con complejo de héroe,  incapaces de diferenciar una doncella en peligro de una histérica mentirosa. Hablo de padres impedidos injustamente de ver a sus hijos por una legislación anacrónica que al mismo tiempo que lo consagraba, vulneraba el derecho fundamental del niño a estar y compartir con mamá y papá.

Resulta increíble que algo tan obvio tomara tanto tiempo en ser comprendido y reparado por los legisladores. Aún mucho después de haber sido reformado el sistema judicial y de la creación de los tribunales de familia, subistía esta norma que al final solo servía a las madres descriteriadas que, por las razones que fuera, usaban al sistema para -digamos las cosas como son- cagar a sus ex (perdónenme el fránces) sin importarles en lo más mínimo que sus propios hijos quedaran en medio del fuego cruzado de esa guerra en la que las víctimas son los que se aman y por ello necesitan estar juntos.

Esta nueva ley de tuición compartida establece que los padres deben definir de común acuerdo con quien estarán mejor los hijos después de la separación, pero si eso no es posible -algo muy probable- entonces el tribunal tendrá que pronunciarse. Ojalá nadie llegue a esa instancia, no ya porque la ley favorezca a uno en desmedro del otro, sino porque se trata de un sistema colapsado, prisionero de su propia burocracia, por una lógica ridícula que atropella los derechos de los niños al dar prioridad a los mecanismos por sobre el criterio más obvio y donde, lamentablemente, hay demasiado funcionario mal capacitado y con nula preparación respecto al alma humana. El desolador panorama de los tribunales de familia, sin duda,debería ser motivo de una segunda cruzada.

Antes de finalizar, permitánme una nota personal para hacer un justo homenaje al fundador, líder y rostro visible de la Agrupación Amor de Papá, el periodista David Abuhadba. Lo conocí hace muchos años y debo decir que no congeniamos ni fuimos precisamente amigos. Pero todo este tiempo seguí de cerca sus esfuerzos, primero con curiosidad, más recientemete como parte interesada. Hoy puedo decir, no sin algo de malicia e ironía, que él bien podría ser ejemplo vivo de cómo la paternidad puede hacer mejor a un hombre… Fuera de bromas, David, te felicito, y de todo corazón, te agradezco.

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