Detrás de algunos de estos grandes hallazgos ha habido unas poquísimas mujeres con el tesón y coraje de haber dedicado sus vidas a esta búsqueda de conocimiento. En un mundo masculino, debieron transitar un camino no exento de costos personales y familiares. Desde Marie Curie, la primera Premio Nobel de Física en 1903 y de Química en 1911, y que murió tras años de experimentación con radiactividad, muchas cosas han cambiado. Los prejuicios fueron cayendo, las oportunidades se ampliaron, y cada vez hay más mujeres que buscan afanosamente realizar un aporte significativo al conocimiento científico.

Hace algunas semanas se realizó en Alemania el 64th Nobel Laureate Meeting, un encuentro que se hace desde hace 51 años en Lindau, una bella ciudad alemana ubicada en el estado de Baviera, enclavada en una isla sobre la costa del lago Constanza. A esta importante cita patrocinada por el Ministerio de Educación e Investigación de Alemania bajo el lema “Educar, Inspirar y Conectar”, asistieron más de 600 científicos de 80 países para conocer, aprender e intercambiar ideas con 37 premios Nobel de Medicina y Fisiología. Es acá donde los científicos más importantes del planeta dan conferencias magistrales sobre las investigaciones que les valieron el galardón y sobre sus nuevos estudios en temas como células madre, cáncer, Sida, genética, inmunología, antibióticos, y medicina personalizada. 

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Entre tantos hombres, brillaron tres mujeres: la australiana Elizabeth Blackburn (65), Premio Nobel de Medicina y Fisiología 2009; la israelí Ada Yonath (75), Premio Nobel de Química 2009 y la francesa Françoise Barré-Sinoussi (67), Premio Nobel de Medicina y Fisiología 2008. Detrás de sus trabajos hay poderosas historias de sacrificio, perseverancia y lucha contra los prejuicios acerca de las capacidades científicas de la mujer.

Françoise Barré-Sinoussi, la madre del Sida. 

La exitosa lucha contra el Sida la ha liderado esta viróloga francesa que descubrió el Virus de la Inmunodeficiencia Humana junto al científico Luc Montaigner. Este hallazgo les valió el Nobel tras publicar su investigación en la prestigiosa revista Science (1983). Desde la documentación de los primeros casos en el mundo, en 1981, y la identificación del agente transmisor que causaba la patología, en 1983, su trabajo posibilitó un progreso extraordinario en el desarrollo de tratamientos y prevención del VIH. Las investigaciones de Francoise Barré-Sinoussi y su colega Montaigner fueron el punto de referencia obligado para quienes desarrollaron la terapia con antirretrovirales que le cambió decisivamente el estatus a este mal que afecta a más de 35 millones de personas en el mundo, antes mortal y ahora crónico.  

Barré-Sinoussi se licenció en bioquímica en la Universidad de París en 1972, se doctoró en virología en 1974 y realizó estudios posdoctorales en Estados Unidos. ¿Pero cómo comenzó su amor por la ciencia? “Desde pequeña me gustaban los animales”, nos explica. “Quería estudiar medicina, pero en esa época era muy caro para mis padres financiar los estudios, así que opté por entrar a estudiar Ciencias Naturales. Busqué entonces un laboratorio donde pudiera hacer un voluntariado y aprender experimentando”. 

Así pasó a ser parte del staff del reputado Instituto Pasteur, donde trabajó con Jean-Claude Chermann en el campo de los retrovirus. El fue su mentor. A partir de entonces ha centrado su carrera en la investigación del Sida, tanto con trabajos destinados a la obtención de una vacuna como a la prevención. Contribuyó a la creación de tests de detección precoz y estudió la transmisión de la enfermedad de las madres portadoras del virus al feto.

—¿Qué ha sido lo más difícil en su carrera?

—Cuando empecé, en los setenta, todos los campos de las ciencias estaban dominados por hombres. Afortunadamente esto ya no es así. Ahora les digo a mis colegas varones que tengan cuidado porque vamos en el sentido contrario, que las mujeres tenemos el poder, así que van a sufrir (entre risas). Tiene que haber una mayor igualdad de género entre los científicos.

En 1978 se casó con Jean-Claude Barré, a quien conoció en la universidad. Sin embargo, una de las mayores tristezas que alberga es que enviudó apenas dos años después de recibir el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2008. “Para mí este nunca fue un premio personal, fue un premio compartido con él. Y también es un reconocimiento a toda la comunidad que ha trabajado en el VIH”.

Mientras almuerza en un restorán de Lindau, cuenta el apremio que sentía por avanzar en sus investigaciones: “El año 1996 fue muy fuerte, porque vi morir a muchos pacientes con Sida con los cuales había establecido una amistad… Eso me hizo comprometer aún más. Teníamos que dar lo mejor como científicos para encontrar una solución lo antes posible. Fue el peor periodo de mi vida; me deprimí por toda la presión que tenía encima”.

La misma intensidad que ha puesto en investigar es la que ha mostrado para entrar en el debate público. En 2009 creyó necesario discutirle al mismísimo Papa Benedicto XVI cuando en Africa el Pontífice tocó un tema muy sensible para ella con esta frase que la indignó: “El Sida no se puede resolver con eslóganes publicitarios ni con la distribución de preservativos”. Barré-Sinoussi le escribió una carta abierta desafiando sus afirmaciones. “Sentí que era mi responsabilidad hacerlo. Había estado por años en Camerún y países africanos y sabía el impacto que podían tener las palabras del Papa en la población”. Dice que nunca recibió respuesta.

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—¿En qué investigación está trabajando ahora?

—Estamos estudiando a los pacientes llamados “elite controladores”: individuos que nunca recibieron el tratamiento antirretroviral y que han sido capaces de controlar la infección. El 80% de ellos tiene una genética muy específica y estamos estudiando por qué sus células son resistentes al virus. También estamos trabajando con un grupo de pacientes que recibió el tratamiento sólo los primeros tres años y que, aunque siguen enfermos, la patología se ha mantenido controlada. Queremos saber por qué. 

—¿De qué forma todos los pacientes podrán tener acceso a la terapia?

—Tenemos que hacer presión en los altos mandos en los países industrializados para conseguir fondos y que los países más pobres tengan acceso al tratamiento. No soy economista, pero debemos trabajar con ellos para encontrar una solución. Quizá como se hizo en Francia, donde mediante una aerolínea los pasajeros destinaban un impuesto de su pasaje a un fondo contra el Sida. Estos son mecanismos en los cuales debemos pensar para aplicar a nivel global.

La Nobel asegura que después de terminar esta investigación pretende jubilar y hacer todo lo que durante años no ha podido concretar en el ámbito personal. “Por ejemplo, me encanta el teatro, pero nunca tengo tiempo de ir. También, viajar y conocer lugares nuevos. De hecho he estado en Chile dos veces: en 1999, en Valparaíso, haciendo clases en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valparaíso. Me gustó mucho”, cuenta. Evita viajar a lugares en altura, ya que sufre de presión alta y problemas al corazón y confiesa que su sueño es encontrar la vacuna para el VIH. “Cuando eso ocurra, me sentiré aliviada y podré jubilarme en paz”.

Ada Yonath, abanderada de la salud pública. 

Ada Yonath nació en una familia de escasos recursos en 1939 en Israel y su nombre está detrás de muchos antibióticos de última generación. Proviene de un origen muy pobre pero con la voluntad y visión suficiente como para matricular a Ada en la Universidad Hebrea de Jerusalén donde obtuvo su Licenciatura de Química. Entre 1964 y 1968 se tituló de Máster en Bioquímica y se Doctoró en Cristalografía de Rayos X. Esos fueron sus primeros pasos en lo que sería su gran descubrimiento científico en las estructuras de los ribosomas que forman parte de todas nuestras células, trabajo que ha posibilitado desarrollar numerosos antibióticos, y que le valió el Premio Nobel de Química en 2009 junto a los bioquímicos Thomas Steitz y Venkatraman Ramakrishnan.

“Cuando empecé mi carrera la pregunta que más me intrigaba era: ¿cómo hacen los mensajes que están en el ADN para convertirse en proteínas?”, recuerda. “La respuesta estaba en los ribosomas, una especie de producción en cadena, de una secuencia perfectamente coordinada, y donde la información de nuestros genes se transforma en proteínas. Es tan importante lo que pasa en los ribosomas que cerca de un 40 por ciento de los antibióticos que hoy se usan, los atacan a ellos”.

Viaja acompañada de su nieta Noa y de su hija, la doctora Hagith Yonath, especialista en medicina interna en el Sheba Medical Center. “El mayor premio que he recibido en la vida es ser abuela y eso es lo que me hace más feliz”, dice sonriendo. “Aunque antes del Nobel yo no era nadie y ahora todos me tratan como una superestrella” (ríe). Una de sus pasiones es leer y se da el tiempo para estar con su familia. “Mi marido ha sido un pilar fundamental en mi vida y me ha apoyado en toda mi carrera científica”.

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—¿Cómo comenzó su carrera?

—Yo he estado interesada en la ciencia desde que era una bebé.  Recuerdo que cuando tenía cinco años hice un experimento que me marcó, traté de medir la distancia entre el piso y el techo. Eramos muy pobres, vivíamos tres familias en cuatro habitaciones, en un segundo piso de un edificio. El único espacio que tenía para mí era el balcón. Puse muchos muebles para poder alcanzar el techo. El problema fue que nunca lo logré, caí al patio trasero y tuve once fracturas en un brazo, fue terrible. Años después volví a esa casa para terminar el experimento, pero habían cambiando el balcón. Luego de haber estudiado Química, recién a fines de los 50 empecé a interesarme en los ribosomas, después de conocer la estructura del ADN”.

Actualmente uno de sus principales intereses es estudiar la resistencia a los antibióticos, grave problema de salud pública mundial. Esto ocurre cuando las bacterias sufren ciertas transformaciones que reducen o eliminan la eficacia de los medicamentos. Los microorganismos sobreviven y siguen multiplicándose, causando más daño. “Esto empezó hace unos quince años y es especialmente por el mal uso que se les da. No siempre son bien indicados por los médicos y se recetan cuando no son necesarios. El problema es que en muchos países se venden sin prescripción, y las personas se automedican”, explica Yonath.

—¿En qué instancia de la investigación se encuentra?

—Estamos tratando de entender los diferentes mecanismos de resistencia de bacterias patógenas como la que causa la tuberculosis. Sabemos cómo actúan los antibióticos, que lo hacen de la misma manera en casi todas las bacterias, pero no sabemos por qué cada patógeno tiene diferentes tiempos y caminos para crear resistencia. Quizás esto nos dé herramientas para crear fármacos más eficientes. Es por eso que las farmacéuticas deben invertir en investigadores en esta área para mejorar la salud de las personas y no sólo para aumentar sus utilidades. 

Yonath no olvida su paso por Chile. En 2011 participó en el XVIII Congreso Nacional de Estudiantes de Bioquímica y en el I Congreso Internacional de Estudiantes de Bioquímica de la Universidad de Chile. “En pleno período de movilización estudiantil. Era imposible trasladarse tranquilamente por las calles de Santiago y me llamó mucho la atención la cantidad de jóvenes exigiendo mejor educación”, afirma. Pero en 1978 también había visitado la Universidad Austral. “Tengo muy bellos recuerdos de Valdivia y hasta ahora grandes amigos científicos”.

—¿Hacia dónde va la ciencia… Qué futuro le ve?

—No lo sé. La ciencia no puede predecirse, y yo no soy una profeta. Sí sé que hay muchas preguntas que aún no han sido respondidas, pero como científicos esperamos poder aclararlas muy pronto. Hemos avanzado muchísimo, mucho más de lo que alguna vez pensamos…

Elizabeth Blackburn, tras la lucha contra el cáncer

Esta científica experta en envejecimiento y cáncer fue reconocida con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2009 junto con Carol Greider y Jack Szostak, por sus descubrimientos sobre cómo los telómeros y la telomerasa protegen a los cromosomas (algo así como los plásticos que recubren la punta de los cordones para que no se deshilachen). Un hallazgo que ha abierto una importante vía en la investigación de nuevos tratamientos. Ya en 2007, la revista Time la había incluido entre las 100 personas más influyentes del mundo.

Nació en Tasmania, Australia, en 1948, hija de un matrimonio de médicos. Estudió Bioquímica en la Universidad de Melbourne y en 1975 se doctoró en Biología Molecular en la Universidad de Cambridge. Allí conoció a su marido John Sedat, también biólogo molecular. Durante sus estudios descubrió que las células cancerosas producen una mayor cantidad de telomerasa, lo que provoca la aparición de tumores. Este hallazgo ha podido contribuir a encontrar métodos para frenar este proceso enzimático y así mejorar el tratamiento contra la enfermedad.

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Blackburn es conocida también como una ferviente luchadora por la igualdad de género en la ciencia: “No tiene sentido que la carrera profesional esté cerrada a una mujer a causa de una situación temporal”, explica. Ha escrito diversos artículos en relación con la maternidad, en los que ha defendido la importancia de dedicar suficiente tiempo al cuidado de los hijos. “Toda mujer tiene derecho a elegir una carrera sin miedo a ser discriminada por ser madre”, completa.

En 1986 tuvo a su único hijo, Benjamin, el mismo año en que la designaron catedrática en la Universidad de Berkeley. “Mi vida siempre ha sido la investigación y la familia, no veo que sea de otra forma”.

Nunca olvida que cuando estaba en el colegio hubo una profesora que le preguntó por qué una niña linda como ella quería ser científica. Para suerte de la humanidad, esta pregunta tonta no hizo más que reforzar la determinación de la pequeña Elizabeth.