El reloj marca las 12:05 cuando un grito se escucha con fuerza en la zona conocida como Chumilden. “¡Ballenaaaaaa!”, repite una voz profunda que se pierde en la inmensidad de la nada. En cuestión de segundos, la felicidad se toma el puente, ubicado en la parte superior del barco, donde está el timón y todos los instrumentos de navegación. Con la vista fija en el agua, todos esperamos la reaparición, mientras alguien se encarga de monitorear el tiempo que transcurre desde que el cetáceo se sumerge en las aguas.

Con los protocolos activados, aquello por lo que han trabajado sin horarios, buscando la última tecnología, golpeando miles de puertas y supervisando hasta el más mínimo detalle, empieza a tomar otro sentido. Y de alguna manera, esos animales, muy superiores en tamaño a lo que fueron los dinosaurios, parecen entenderlo. Las cámaras se multiplican, un dron aparece en la cubierta listo para sumarse a las maniobras mientras la comunicación permanente con las otras dos embarcaciones crea una sinergia que hay que vivirla para comprenderla.

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Pasados los ocho minutos, un soplido a unos cincuenta metros al norte confirma que la ballena sigue cerca. Son breves instantes en que esa mezcla de aire y agua que arroja por sus imponentes fosas nasales con forma de corazón, se transforma en un espctáculo increíble y conmovedor. Ver cómo su lomo grisáceo emerge desde la superficie, tal y como hemos visto en tantas películas, deja sin habla.

Pero, ¿cuál es el impacto real de este tipo de estudios? El día anterior, la científica de Fundación MERI, Paulina Bahamonde, nos explicaba que sólo a través de esa sonora respiración podemos entender más del universo de este verdadero sobreviviente de la evolución.

Uno de nuestros objetivos es recolectar a través de muestras de soplidos obtenidas por un dron que vuela y se posa justo en el momento en que emergen del mar. Cuando respira, el artefacto captura el soplido a través de las partículas obtenidas, se estudian todas las bacterias que habitan en el tracto respiratorio. En forma paralela, trabajamos con una eco sonda que permite identificar dónde está el krill, su principal alimento. Con esto terminamos de entender los cambios del patrón de buceo entre el día, cuando bajan hasta 200 metros de profundidad y la noche, cuando el krill está más arriba y sólo deben sumergirse 40 metros. En lo concreto esta información sirve para alertar a las embarcaciones que realicen viajes nocturnos para que disminuyan su velocidad y así se sumen a la cadena de protección de las ballenas azules”.

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En un rincón de la cubierta, Francisca Cortés, la mujer que hizo que todo esto fuera posible, no oculta su emoción. Está convencida de que la colaboración de las ballenas con la investigación es igual de importante que los dispositivos 3D que participan del estudio. No podía ser de otra manera, su cercanía con el proyecto se enmarca dentro de una misión mayor que es acercar la ciencia a la ciudadanía y cambiar los paradigmas de educación.

Las fundaciones y las tres reservas naturales donde se realizan talleres y seminarios educativos ya están cambiando silenciosamente, la forma de enseñar desde los sectores más vulnerables. Algo que partió como una cruzada personal y que hoy tiene al clan Cortés Solari cuadrado a sus espaldas.

El impacto que le provocó el varamiento de 337 ballenas en el Golfo de Penas en 2015, más un sueño premonitorio y un revelador viaje por Asia, donde vio cómo aún vendían carne de ballena, la ayudaron a entender que la conservación era clave para sus propósitos filantrópicos. Por eso, quienes la conocen celebran los alcances de su gestión que acaba de ser reconocida con un premio al libro Bailahuén, la voz de las ballenas del sur, editado por Fundación MERI.

La preocupación de la hija de Teresa Solari y nieta de Eliana Falabella, es buscar a través de la ciencia las certezas que contribuyan a tomar consciencia del cuidado urgente que necesita el medio ambiente. “Aquí hay un tema ético, no podemos esperar eternamente que los papers científicos estén listos para empezar a cuidar el ecosistema. Por eso, estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos por educar para conservar. No hay más tiempo que perder”, dice, mientras en el horizonte un nuevo soplido roba su atención.

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El dron sigue los vaivenes de la marea y el viento, y pone la tecnología al servicio de la conservación.Estamos frente a la prueba viviente de millones de años de evolución, pero si hay algo que transmite la escena es ternura. La lucha de las ballenas por sobrevivir mueve hoy en el mundo más de 13 millones de personas que viajan únicamente para presenciar avistamientos. Nuestro privilegio es estar frente a la reina de todas, menos juguetona que la jorobada que en cada salto muestra toda su anatomía, pero más imponente. Tiene una cabeza ancha y plana, aletas anchas y triangulares. En su trayectoria cubre los cinco océanos del planeta y además permite estudiar cientos de especies, lo que la convierte en el mejor indicador de la salud real de nuestros océanos y seres marinos.

Quienes reniegan del cambio cliamático, desconocen que la variación de un grado más o menos en la temperatura marítima significa un impacto letal en todo el ecosistema, algo que el estudio de las ballenas azules permitirá entender con una claridad como nunca antes.

“Nos está ayudando, porque si la ballena quiere desaparecer lo hace y punto”, dice alguien, cuando es interrumpido por un nuevo avistamiento esta vez en dirección oeste. Todos tenemos los ojos clavados en el mar esperando que la primera que apareció regrese a la superficie y contando los minutos que durará la sumersión de la segunda. Desde la embarcación Kronos, el biólogo marino Gustavo Chiang sonríe satisfecho. Horas más tarde, reflexionará sobre los alcances de la misión. En los tres años que lleva en MERI, ha sido testigo de cómo la recolección de datos de expediciones pasadas fue fundamental para derribar mitos y plantear nuevas interrogantes.

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“Antes se creía que este era un lugar de paso para las ballenas azules, pero ya sabemos que hay algunas que deciden quedarse porque así evitan un gran gasto energético. En todo eso, confluyen varios factores, desde el aumento de plástico en nuestros océanos hasta el incremento de la temperatura de las aguas”, afirma. Actualmente, cuando apenas sobrevive un 4 por ciento de la población de ballenas azules que existía hace 50 años, la relevancia de este proyecto es aún mayor.

“Estamos frente a un verdadero ícono de la conservación que no sólo nos permite estudiar al ejemplar sino hacer un cruce entre los datos que nos entregan los parámetros oceanográficos y los alcances que la productividad está teniendo en la salud de los mares. Son claves que nos dan otra perspectiva del cambio de las condiciones climáticas y nos ayudan a entender qué es lo que está pasando en el mundo. Con esa información, podemos hablar directamente con las autoridades sobre lo que tienen y no tienen que hacer para trabajar en ese sentido”.

Nuestro paso por la expedición llega a su fin y si hay algo de lo que estamos seguros es que el tiempo apremia.