Después de la columna “Mi 1973” que publiqué el otro día, afloraron un montón de sentimientos y sensaciones acerca de lo que vivimos en esos años, de los 15 a los 20, como escribió Jorge Pedreros en “Al pasar esa edad”. De 1968 a 1973.

Había una sensación de la urgencia de una revolución. No era sólo en la política. Era en todas partes.

Me encuentro en Los Plátanos con Macul con Miguel, mi catequista en la Parroquia San Luis de Gonzaga, y me dice que se niega a convertirse en un burgués. “No quiero pasar mi vida pagando las cuotas del refrigerador y las de mi casa. Me resisto a eso”.

Los ideales son muy fuertes.

Una influencia muy grande fue la revolución de Mayo de 1968 en París. El profesor de Castellano (que nos obligó a ir a ver “Busco mi destino”) nos leyó los rayados que había en las calles de la capital de Francia durante el alzamiento: “La imaginación al poder”. “Pide lo imposible”. “Prohibido prohibir”.

Mucha poesía. Daniel Cohn-Bendit y Rudi el Rojo se transformaron en ídolos, líderes de un nuevo movimiento inspirado por Louis Althusser y Herbert Marcuse.

Podemos pedirlo todo.

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“Revolución” era la palabra mágica, pero no sólo la lucha armada (de la que nos habló Óscar Guillermo Garretón en la sala del I-A de Economía en la Universidad de Chile), sino que muchas otras revueltas, como la de Miguel y la de Mónica. Ella era una de las líderes del movimiento hippie chileno que pululaba en torno al Drugstore, en Providencia. Participaba en la sicodanza de Rolando Toro: se presentaban en el Teatro Caupolicán con música como “Las Cuatro Estaciones”, de Vivaldi.

Mónica contaba que en una ocasión había venido Dennis Hopper (el actor y director de “Busco mi destino”, “Easy Rider”) a Chile y les había prometido que se iban a comprar un cerro en México donde se iba a instalar La Nación Woodstock (como el libro del activista Abbie Hoffman, amigo de John Lennon).

Otros líderes eran algunos antiguos miembros de Los Jockers, que después se dedicarían a la artesanía en Horcón.

Todos querían ser “puros”; todos se negaban a “venderse al sistema”; el verdadero enemigo era el Establishment… Nadie quería convertirse en burgués. Se leía mucho la revolución total del Marqués de Sade.

Era importante la “pureza”. Conceptos como “paz y amor”. Se hablaba del “amor libre”, de la ampliación de la conciencia.

A los que no se subían al carro, los llamaron “faltos”. A mí varias veces me dijeron así, porque les había dado con afinar la guitarra con notas extrañas, y yo seguía insistiendo en que un do siguiera siendo do mi sol.
Los Beatles hicieron dos temas que se llamaban “Revolución”. “Dices que quieres una revolución, bueno, tú sabes, a todos nos encantaría cambiar el mundo”, comienza…

¡A todos nos encantaría cambiar el mundo!

Es divertido. John Lennon tira este verso como si fuera algo tan normal, y a nadie le llamó la atención. ¡Era tan natural! Y es tan distinto a lo que vivimos hoy, cuando todos queremos tener un Audi o una casa en Chicureo. O un televisor de 80 pulgadas.

El grupo Ten Years After, que dirigía Alvin Lee, también tuvo una linda canción (poco tocada) que se llamaba “Me encantaría cambiar el mundo” (“I’d Love to Change the World, but I don’t know what to do”).

La música era muy hermosa, llena de mensajes: Jimi Hendrix, los Doors, Janis Joplin, los Rolling Stones, los Beatles…. Woodstock.

La moda era muy hermosa: las camisas floreadas, los blue-jeans celestes, negros, blancos… El Op-Art; el blanco, azul y rojo.

El estilo indígena: collares de cuentas, pulseras, bolsos nortinos de un rojo furioso…

La moda viviría algunos revivals; los ideales, no.

El estilo militar: todos iban a comprar ropa militar a San Bernardo. Se usaban esos grandes bototos de seguridad industrial. (Esta moda terminó abruptamente —como muchas otras cosas— el 11 de septiembre de 1973.)

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John Phillips, de los Mamas and the Papas, incitaba: “las jóvenes vienen al cañón (muchas comunidades hippies se habían instalado en el cañón del Colorado, y en otros sitios agrestes), y en las mañanas las puedo ver caminando, ya no puedo mantener mis persianas cerradas, y no puedo evitar seguir hablando”. La canción se llama “12:30 (Las jóvenes vienen al cañón)”, y es una obra de arte a ocho voces.

Después, como lo dijo el gran líder, John Lennon, el sueño murió (“the dream is over”)… Tendremos que pensar en otra cosa, agregó John; pero nunca ocurrió nada más.

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