Para hablar de amor, sobran las palabras. Para el dolor, el lenguaje queda cojo. Hasta puede resultar violento. Frente a la pérdida de un hijo pequeño, decir “lo siento mucho” o formular cualquier declaración, parece un despropósito ético y estético. Incluso por más que estemos ahí, que acompañemos y recemos, ese sufrimiento seguirá siendo tan personal e intransferible que cualquier gesto de consuelo o compasión arriesga ser banal. De esta fatalidad no se salvan ni parientes ni amigos más cercanos.

Menos aún los periodistas y fotógrafos, que ahora hemos debido pisar un terreno incómodo y por lo mismo, más de alguno ha sido insultado mientras cubría este tema. A ellos también hay que comprenderlos: se asomaron a esta desgracia porque la abrupta muerte de la pequeña Blanca Vicuña Ardohain es noticia, y lo es en Chile y en Argentina. Sus padres, Benjamín y Carolina, son personajes televisivos que no han escondido sus vidas personales a los medios de comunicación.

Todo lo contrario, esta historia de amor chileno-argentino entró a nuestras casas porque ellos mismos fueron —con cautela— abriendo la puerta: para hablar de sus desafíos profesionales, pero también de sus sentimientos, de la llegada de cada hijo y hasta para mostrar sus vacaciones. Pero la muerte de la pequeña Blanca es también un hecho noticioso desde un punto de vista estrictamente médico; hay muchas preguntas aún por responder: ¿qué falló?, ¿por qué nunca hubo un parte médico?, ¿qué hace que una bacteria termine en una neumonía hemorrágica? ¿cuándo un niño que es atacado por esta bacteria está en peligro de muerte? ¿existen vacunas u otros métodos para prevenir algo así?

La tragedia que ahora conmueve a esta pareja, no podía entonces no ser parte de nosotros. Aunque sea en diversos grados y maneras. Ya sea como conversación obligada o porque quizás muchos, al menos por un día, miramos y abrazamos a nuestros hijos de una forma diferente, sintiéndonos aún más agradecidos de tenerlos todavía junto a nosotros. Queriendo escapar muy lejos de una casualidad tan desoladora como que una bacteria nos pueda arrebatar así, fulminantemente, la vida de ese ser que trajimos al mundo, suponiendo que algún día él nos daría la despedida final, pero nunca al revés.

El dolor de Benjamín Vicuña y Carolina Ardohain sólo les pertenece a ellos. Y los medios periodísticos debemos respetar ese espacio tan íntimo. La mayoría así lo ha entendido y los ha cuidado. Pero creer que no debemos ni acercarnos a este momento, no resiste análisis. Dar cuenta del significado –o incluso del sinsentido- de lo que les ha ocurrido, está en el ADN de nuestro oficio. Aunque sea para acompañarlos en este desgarro. Aunque sea para levantarnos y saludar a nuestros seres queridos con otro espíritu cada mañana.