Sumisión. Así se llama la última novela que el escritor francés Michel Houellebecq lanzó el 7 de enero; el mismo día de la masacre en la revista satírica Charlie Hebdo, en que murieron 12 personas a manos de tres terroristas islámicos en París. Un relato futurista que retrata una Francia fracturada y convertida en un régimen islámico tras el triunfo del nuevo partido Fraternidad Musulmana, que gana en segunda vuelta a Marine Le Pen, en las presidenciales de 2022, imponiendo así nuevos valores como la poligamia, el patriarcado, el velo islámico, la conversión al Islam y el regreso de las mujeres a la casa

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Un libro que despertó toda clase de polémica y que pone el foco en lo que ha sido el debate del último tiempo en el país galo sobre la inmigración, la identidad nacional y el papel del Islam, en medio de una sociedad cada vez más laica, con  tensiones sociales, con una izquierda que necesita renovarse y el avance progresivo de la extrema derecha.

Francia concentra la mayor cantidad de musulmanes en Europa (6 millones). Mientras la mayoría intenta integrarse, una parte ínfima de éstos conforman movimientos radicales que mantienen un discurso de odio contra Occidente,  los judíos  y “todos los representantes de Satán”. Es el caso del Estado Islámico (EI) o ISIS —que controla la tercera parte de Irak y Siria— y Al Qaeda; el enemigo más tradicional de Occidente, actualmente en guerra con el Estado Islámico por el liderazgo del movimiento yihadista, el cual se caracteriza por la brutal utilización del terrorismo en nombre de una supuesta yihad, a la cual sus seguidores llaman una “guerra santa” en el nombre de Alá.

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Extremistas de ambos grupos han cometido las peores barbaries, buscando vengar al profeta Mahoma con sus frías ejecuciones, como ocurrió con el atentado de las Torres Gemelas (2001); la explosión de una decena de bombas en cuatro trenes en Madrid que dejó casi 200 muertos (2004); cuatro atentados suicidas en tres trenes subterráneos y un autobus en Gran Bretaña que mató a 56 personas (2005), además de la decapitación “televisada” de periodistas, entre otros. Aunque son cada vez más comunes los “lobos solitarios” o células autónomas que actúan movidos por un radicalismo personal y que toman la marca de Al Qaeda o EI sin estar en contacto con esas organizaciones.

En agosto del año pasado, el anuncio de Barack Obama de iniciar una campaña aérea en contra del Estado Islámico —en defensa de los intereses norteamericanos en Irak, que más tarde se extendió a Siria—, fue apoyado por una coalición de países árabes y de aliados, entre ellos Francia, que llevó al EI (liderado por Abu Bakr Al Baghdadi) a levantar el llamado a matar a ciudadanos europeos y americanos en sus países, “en especial a los vengativos y sucios franceses, a australianos o a cualquier infiel… Confiad una vez más en Alá y matadles de cualquier modo”. Una amenaza que para muchos se concretó hace unos días con el atentado en Charlie Hebdo, aunque analistas sostienen que el lugar escogido es circunstancial, ya que se trata de una guerra globalizada que puede detonarse en cualquier país o ciudad.

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Para los más expertos, la violencia suscitada en la masacre de Charlie Hebdo obedece a un choque de valores entre la visión occidental acerca de la libertad de prensa y la postura tradicional islámica con énfasis en el respeto a la autoridad y a sus figuras, que muestra además la intolerancia de estos grupos frente a toda expresión cultural que se distancie de la ortodoxia musulmana.

Los servicios de inteligencia y de seguridad europeos están en extremo preocupados por el reclutamiento de jóvenes que parten a Siria para alistarse en las filas de la insurrección yihadista o que se sienten tentados a hacerlo, influidos por el conflicto sirio, el nihilismo (la negación de todo principio religioso, social y político) y la sofisticación de la propaganda con uso de Internet, redes sociales y aplicaciones para celulares, donde extremistas islámicos desarrollan actividades y difunden ideas para captar adherentes. Se trata de hijos de inmigrantes, en su mayoría de clase media, muchos de los cuales no están en la yihad, pero quienes con adoctrinamiento pueden transformarse. Se calcula que mil franceses se han incorporado a la guerra santa o han vuelto de ella, movidos por un espíritu de solidaridad, para demostrar que tienen la valentía de ir y porque sienten cierta fascinación por la violencia, en una sociedad en crisis y que ofrece cada vez menos perspectivas a la juventud.

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El asalto mortal contra el semanario francés que satirizaba el Islam, que en 2006 recibió los primeros ataques religiosos tras reproducir caricaturas de Mahoma y en 2013 publicó una biografía en forma de cómic del profeta, fue una embestida al país ícono por excelencia de los derechos y libertades. Un misil al corazón de la république democrática, que hace referencia a la Igualdad; y social, que apunta a la Libertad; valores que la ciudad luz encarna y defiende a ultranza desde la Revolución Francesa.

Como consecuencia del atentado contra Charlie Hebdo, se espera una escalada de movimientos antiinmigración en Europa, que se acentúe la islamofobia en Francia y se exacerbe una guerra cultural sobre el lugar que tiene la religión y la  identidad de las etnias en la sociedad. Esto pone a los musulmanes moderados en una encrucijada, ya que experimentan el mismo temor que la ciudadanía frente al terrorismo islámico y, además, están obligados a demostrar que son ciudadanos integrados.

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En estos días han sido reiterados los ataques a mezquitas a modo de venganza, y el Frente Nacional de extrema derecha —que relacionó la agresión más mortal de violencia política a la inmigración— pidió realizar un referendo para restablecer la pena de muerte. Pero el rechazo ya no es exclusivo de la derecha más extrema. Hace varios meses que en Alemania miles de personas marchan cada semana en la ciudad de Dresde contra la islamización del país, que tampoco se ha librado de atentados por parte de grupos radicales. El 11 de de enero, dos hombres atacaron la sede del diario Hamburger Morgenpost, que hace unas semanas publicó caricaturas de Mahoma editadas previamente en la revista Charlie Hebdo.

El movimiento germano anti-islam Pegida, por su parte, —que tras el ataque al semanario francés confirmó su tesis de la incompatibilidad de los islamitas con la democracia— ha comenzado a ganar terreno en el mundo político,  y al cierre de esta edición, organizaba sus próximas manifestaciones contra el avance de movimientos religiosos radicales; para algunos la nueva amenaza de la sociedad contemporánea.

Europa, por su parte, a pesar de las crisis por las que ha atravesado demostró que supo reaccionar cuando sus máximos valores se vieron amenazados, lo que se reflejó en la multitudinaria marcha en París que reunió a un millón y medio de personas y a medio centenar de líderes europeos, africanos y de Oriente, en rechazo al terrorismo. El encuentro fue sellado con un sentido y simbólico abrazo entre Angela Merkel y Francois Hollande.

Trece países de la Unión Europea ya se coordinan para neutralizar el proselitismo en la red y aumentar el intercambio de datos para evitar nuevos atentados. Una realidad que contrasta con naciones más pobres y menos populares como Nigeria, donde el mismo día del ataque a Charlie Hebdo, la secta radical islámica Boko Haram asesinó a 200 personas en las localidades de Goshe, Attagara, Agapalwa y Aganjara. Sin embargo, para ellos no hay marchas, repudio público ni reuniones de grandes líderes. Seguramente porque morir en París defendiendo la libertad, tiene la fuerza de una historia que no podemos soltar.