Ariana Grande había interpretado la última canción de un concierto perfecto. Eran las 22:45 horas del lunes 22 de mayo y sus jóvenes seguidores comenzaban a abandonar el Manchester Arena aún tarareando los temas de la estadounidense, cuando una fuerte explosión en el foyer del recinto desató el caos y el pánico. Veintidós muertos y docenas de heridos, entre ellos varios niños y adolescentes, fue el resultado del peor ataque terrorista en el Reino Unido desde aquel 7 de junio del 2005 en que varias bombas detonaron en el metro de Londres, dejando 52 víctimas fatales. Aquella vez las víctimas fueron al azar, no hubo como objetivo edad, sexo, ni raza.

En Manchester los asistentes eran niños y jóvenes y este dato no era ajeno al grupo que se adjudicó el ataque: ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria).  Era un blanco fácil, pues pese a todas las medidas de seguridad dispuestas, las reuniones masivas son vulnerables, más aún cuando el público es considerado de bajo riesgo, como era en este caso.

No pasaron muchas horas antes de que un video fuera revelado por un canal simpatizante del grupo terrorista. En la grabación, un hombre enmascarado declaró: “Lo que viene será aún más severo para los adoradores de la cruz y sus aliados, con el permiso de Alá. Toda alabanza debe ser para él, señor de la creación”.  “El que no adora a Alá debe ser eliminado”,  pareciera ser la premisa. Aniquilar toda otra religión, o no religión, sería la consigna. Sin embargo, según el analista y coautor de Dentro de la mente yihadista: entendiendo una ideología, Milo Comemford, hay además una intención de represalia.

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“ISIS ha justificado en ocasiones sus actos terroristas contra civiles culpándolos por su papel en la elección de políticos que perpetran ataques a su llamado califato y enmarcan las muertes de inocentes como daños colaterales, algo usado por otros ideólogos yihadistas para justificar la violencia”. Otra justificación de estos fanáticos, según Comerford, sería la perpetración de actos vistos como símbolos de la decadencia de un régimen no islámico, siendo prueba de esto la declaración de ISIS tras sus ataques de noviembre de 2015 en París en la que se describía  la sala de conciertos de Bataclan como una guarida de “prostitución y vicio”.

Jason Burke, corresponsal del diario The Guardian en Medio Oriente y autor de los best-sellers Al-Qaeda y La Nueva Amenaza , identifica la explosión demográfica en países como Egipto y Túnez como un factor importante en el aumento de la militancia islámica. Millones de jóvenes incapaces de encontrar trabajo o formar familia, son atraídos por la promesa de un propósito en la vida. Y aunque muchos de ellos parecieran actuar como “lobos solitarios”, —término acuñado por algunos medios—, rara vez lo son. Posiblemente fue el caso del hombre de 22 años Selman Abedi,  a quien se culpa porc la tragedia de Manchester. Estos fanáticos cuentan con el apoyo de redes militantes y a menudo viajan al extranjero para su formación.

Burke, en su último libro, culpa, además, al colapso de los regímenes tras la Primavera Árabe del 2011 que trajo el cambio en las bases de poder regionales y al abismo cada vez mayor entre sunitas y chiítas, sin olvidar el gran error de haber interferido en Irak.

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El pasado martes, luego de la noche de terror, uno de los  asistentes al concierto de Ariana Grande comentaba al ser entrevistado: “Las bombas de Irak y Afganistán rebotaron aquí en Manchester”. Y ese es un gran debate tanto en el Reino Unido como en Europa. La pregunta es si el bombardeo de occidente a oriente con los correspondientes daños colaterales fomenta el terror o lo atenúa, dos teorías que dividen a políticos y público en general y que es uno de los puntos clave en los respectivos manifiestos propuestos por los partidos para las elecciones generales anticipadas del próximo 8 de junio convocadas por la Primera Ministra Theresa May, siendo los laboristas más reacios a estas intromisiones en Medio Oriente.

En medio del terror, emergió lo mejor de una ciudad que vivió en 1996 el más devastador ataque a Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el IRA ( Ejército Republicano Irlandés) detonó una bomba dirigida a destruir la infraestructura y la economía de la ciudad y aunque causó daños severos, no ocasionó muertes. Aquella triste noche del lunes recién pasado, en Manchester, los fundamentos de paz brillaron entre el caos y la sangre de los heridos cuando taxistas de todas las religiones, muchos de ellos musulmanes, fueron instados por sus líderes religiosos a acarrear gratis a jóvenes que se habían quedado sin movilización por la clausura momentánea de estaciones de trenes y buses. Los hoteles abrieron sus puertas para ofrecer alojamiento sin costo y personas de todas las creencias recibían a las asustadas víctimas en sus hogares.