Se viene “La fiesta del fútbol”, el esperado Mundial, y somos varios los que ya estamos con SPM. Síndrome Pre Mundial, se entiende. Y justo, casualidades, faltan 27 días. Notas de TV aparte –la sección “deportes” (¿fútbol?) de los noticiarios se ha extendido de manera grosera y los departamentos de prensa y matinales no saben qué otra vuelta darle a la sempiterna nota del cambio de televisiones– en el ambiente se respira fútbol. Al menos es lo que algunos respiramos.

Falta menos de un mes para el Mundial, acontecimiento de máxima importancia para quienes, en mayor o menor grado, vemos y nos gusta el fútbol. Es tanto, que incluso a quienes habitualmente no están interesados en el tema les genera cierta ansiedad. No es que nuestras mujeres se vayan a aprender la regla del off side –no pidamos imposibles–, pero a más de algún ¿afortunado? lo acompañarán en algún partido.

Tenemos corriendo nuestras mandas, cábalas, velas prendidas a nuestros santos favoritos, brujerías varias, enfocadas en los meniscos de Arturo Vidal. Ya entramos en esa época en que todos somos directores técnicos, en que los esquemas y estrategias de juego nos quitan el sueño, en que esperamos ávidos las listas de nominados. ¿Reforma Tributaria? Bah, eso puede esperar.

Nos convierte, el Mundial, en seres extraños. Están los que se gastan camionadas de plata o sufren lo indecible en viajar a ver en vivo a la selección, la “Marea Roja”. Si me preguntan, un zoológico del que prefiero pasar. He viajado un par de veces a partidos eliminatorios y, para ser sincero, por lo general los especímenes dan vergüenza. Hiperventilados, pintamonos, uno que otro agresivo, mucho chovinista, varios en escabeche permanente, y así en una larga lista de seres más bien repulsivos. Para mí, claro, habrá quien los encuentre pintorescos. Como el Huaso Lalo, por ejemplo.

Los más nos quedamos acá y trataremos de ver los partidos como se pueda. Los de la tarde o fin de semana, perfecto. Los que se juegan en horario laboral, ayayai. Imagino los niveles de ausentismo laboral los días que juegue la selección. O declaran feriado o, con esas estadísticas, la OMS nos clausura las fronteras por pandemia.

Lo que es claro, más allá de los resultados que obtengamos, es que nos ilusionamos. Volvemos un rato a ser niños. Como con el video del Tarro de hace algunos días, que fue un fenómeno. No porque nos guste ver a niños cayéndose (bueno, no tanto). No porque fuera una joya técnica. Si el video del Tarro fue un hit fue porque nos recordó, a muchos, esas tardes de infancia en bicicleta saltando lo que hubiera a mano, por turnos, hasta que uno cayera.

Porque nos transportó a algunas décadas atrás –póngale el número que le corresponda–, cuando podíamos destinar una tarde completa a intentar esas hazañas, lejos de responsabilidades, tareas, trabajos. Sólo existía la bicicleta. Otras tardes sólo existía la pelota. Bastaba una plaza, una calle con poco tránsito, para improvisar un estadio. Dos líderes, el que tira la pelota más alto elige primero, se arman los equipos y ya estamos, jugándonos la vida en cada pelota como si jugáramos el Mundial. Y la pichanga se estiraba horas, hasta que la pelota casi no se veía, y alguien gritaba “último gol gana”, y se nos iba la vida en lograr ese gol.

A eso nos lleva el Mundial, ahora desde el sillón o la cama, a través de una transmisión en alta definición. Nos vamos a paralizar, es cierto. Vamos a parecer niños. Vamos a sufrir y a celebrar, a gritar, a lamentarnos. Y después vamos a volver a lo de siempre. Hasta el próximo Mundial.

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