A los 30 años me convertí en una inmigrante. Una chilena en Dinamarca, por esas casualidades de la vida y las flechas que Cupido. ¿Cómo ha sido mi experiencia? Llegué a un recóndito pueblo del norte de Jutlandia. Allí me recibieron con cierta curiosidad por mi origen “exótico”, pero a diferencia de lo que me habían augurado los capitalinos, el recibimiento fue con apertura, cariño y mucho apoyo.

De hecho, no fue fácil después de 7 años viviendo en Hirtshals, mudarme con mi familia a Copenhague, cuna del vikingo. En estos años he hecho un esfuerzo por adaptarme a mi nuevo hogar. Aprendí el idioma, también sobre sus tradiciones y les di mi “toque personal”.

Además trabajo y pago impuestos, así que siento que —a grandes rasgos— he logrado integrarme y aportar positivamente a esta nueva tierra que mi familia siente como nuestro hogar. Nunca he tenido problemas de discriminación, salvo por ser católica, pero jamás por mi nacionalidad. Pero sí he sentido la ironía, lamentablemente apoyada por la realidad, de quienes se ríen a costa mía recordándome que las bandas de lanzas más fructíferas en Europa son o han sido chilenos…

El último gran asalto a una joyería en Copenhague fue producto de una banda de mis compatriotas y con cierta frecuencia aparecen noticias de grupos desbaratados en Noruega, Austria o España, para mencionar los casos más conocidos. En estos días el tema de la inmigración se ha vuelto álgido, especialmente por la importante ola de extranjeros que ha llegado al continente a partir del  año pasado y por el uso que hacen los refugiados e inmigrantes de los beneficios estatales -que aquí son muchos y de montos considerables-.

Es innegable que entre los recién llegados están los que abusan, los que se han convertido en un riesgo para la seguridad, pero también hay muchísimos que vienen huyendo del horror y asumiendo riesgos increíbles para intentar dar a su familia una nueva oportunidad. El riesgo finalmente es ponernos a todos en la misma bolsa. Me ha llamado la atención ver el tema ahora también en la agenda de medios de prensa y agrupaciones políticas en Chile.

Y me molesta profundamente el tono en que veo el planteamento, lleno de prejuicios y estereotipos. Un ejercicio tan sencillo como ponerme en el lugar de sentirme mirada siempre con ojos de sospecha o saber que alguien sin conocerme me juzga diciendo: “ella es chilena, es decir, lanza o ladrona”, o imaginar que algo así le dijeran a mis hijas sobre mí, me molesta y me entristece.

Por eso me disgusta profundamente cuando leo en medios nacionales que a quienes llegan a nuestro país rápidamente se les encasilla como delincuentes o prostitutas… claro, si han llegado desde uno de nuestros países vecinos, ¿por qué tampoco se aplica la misma regla a los llegados de países europeos, Estados Unidos o Australia, por ejemplo?

Reconozco que me molesta ver a otros inmigrantes abusar de los beneficios sociales de los países que los reciben, especialmente en Escandinavia, donde el Estado de bienestar está profundamente arraigado en la historia y desarrollo de estas naciones. Y por eso me parece que lo que procede es regular la inmigración, castigar a las mafias que lucran con la necesidad o sueños de los inmigrantes y a quienes —por la razón que sea, dejen todo para comenzar de nuevo en nuestra tierra— darles la oportunidad de construir una vida provechosa para todos, donde la intolerancia, racismo y discriminación no sean parte de la historia.

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