Hay gritos, llamadas telefónicas, una tele prendida. Son los hermanos Pablo (50), Fernando (52) y Nicolás Larraín (48) transmitiendo desde las ocho de la mañana su programa en Radio Tiempo. Llevan un buen rato al aire y aparece Sonia de Toro. Abre la puerta del locutorio y les grita en vivo: “¡En qué están los salvajes!”.

“¡Ay, mamá!”, responde, casi al unísono el trío. ¿Ella? Se instala y se pone los audífonos. Los que crean que la excentricidad sólo tiene ADN del patriarca, el desaparecido Mago Fernando Larraín, no conocen a esta mujer de edad inconfesable y personalidad arrolladora, adicta al running y activa ejecutiva de una famosa agencia de turismo.

Pero basta con hacer simples operaciones matemáticas con la edad de sus hijos para tener la certeza que, aunque no hay certificado de nacimiento de por medio, fue sin duda una mujer moderna para la sociedad de su época.

¿Y la crianza? Sonia se levanta de su silla, en plena discusión del show Liberen a Nicolás…,  les grita algo, corre las cosas del sillón en el estudio se sienta y recuerda: “Nunca me importaron las notas. Quería que fueran libres”. Los famosos shows que armaban en la infancia los hermanos Larraín (al que se suman el empresario Matías, el director en Mega, José Tomás y la pintora María Paz) eran promocionados por esta mamá. “Yo les compraba piano, batería, etcétera”.

Está haciendo memoria y, de repente, algo le llama la atención, deja el sillón y vuelve a la mesa. En esa ruta de pocos pasos ve la tele y alega: “Me carga ese programa”, por la repetición del espacio de cable de Felipe Izquierdo. “Mi hijo putativo”, enfatiza con cariño.

Fernando le pide a todo pulmón: “¡Gobiérnate, mujer!”. Ahora el comediante parece envalentonado entre risas, pero hace unas décadas Sonia no se resignaba que su hijo fuera un artista. “Mi mamá mandó hasta la escuela de teatro a una asistente para que me sacara de un ala de las clases de expresión corporal y me llevara al proceso de selección para un cupo de funcionario en el Banco Central. Partí mansito”.

“Ella era una mujer con fe en nosotros”, explica Pablo. “Más allá de lo chacotera que se ve —continúa el empresario—, una de sus enseñanzas más claras al crecer es que nada es imposible. Y eso se agradece de adulto”.

El desorden continúa pero hay un respeto tácito en el clan. Por más fuego cruzado de gritos que haya dentro y fuera del locutorio, los tres saben que tratan con la mamá.

Nicolás resume en tres palabras su experiencia con ella: “Es muy loca”. Lo dice de lejos y en volumen moderado afuera de la radio. Y se ríe con un rictus entre vergüenza y devoción por esta señora alta y delgada.

Sonia reconoce que pese al ruido reinante en la casa, de niños nadie la hizo pasar un momento desagradable. “No había una disciplina tradicional. Hablaban fuerte, pero jamás usaron garabatos. Esos los aprendieron de grande. Había respeto con los padres”.

Tiene razón. A ojos de extraños —como esta redactora— hay caos. Mucho caos. Pero prima un equilibrio nada de precario en la fuerza del cariño.