Desde siempre sabemos que nacemos, vivimos y morimos. Así es la vida y si en ésta hay alguna certeza es que un día llegará la muerte, solo que no sabemos cuándo.

En octubre estuve en Copenhague y me vine con una pena enorme porque por primera vez en mi vida, me despedía de alguien con la casi certeza de que nunca más le vería. El cáncer nos está arrebatando a mi suegro y al despedirnos en el hospital me dijo “no puedo prometerte que te esperaré hasta enero”. Morí de pena.

De vuelta en Chile, el fin de semana que visitaba a mis padres, debimos conducir a Santiago de emergencia con mi madre. Allí, el médico sin anestesia y sin tartamudear, nos dijo que le quedaban solo horas de vida. Quizá, con fortuna, dos o tres días. Ella quiso volver a Curicó y con oxígeno la trajimos con una pena indescriptible.

A dos semanas de ese terremoto personal, mi madre aún nos acompaña. Aun en los momentos en que respiraba con enorme dificultad y apenas abría sus ojos, vi en ellos la bandera blanca de la rendición; en algún rincón de esa mirada perdida había luz. Ha estado rodeada de amor. Del amor y la esperanza de su compañero de 64 años de vida, mi padre, quien le tomaba la mano y a veces decía “yo creo que la vieja va a levantar cabeza”. Con mis hermanos nos turnamos para vigilar su sueño, así como mis cuñadas, sobrinos y, desde Dinamarca, el vikingo y nuestras hijas que llamaban varias veces al día, para saber cómo va. No sabemos de dónde saca esa fortaleza, pero aquí está.

Cuando sus órganos vitales principales están seriamente dañados por diversas enfermedades, ella sigue en el camino de la vida. Hemos llorado profundamente. Pero, conscientes de la fragilidad de su condición, piensas que la vida te da un remezón así y solo quieres abrazar a tus cercanos y decirles cuánto los quieres y sientes que nada debe quedar en el tintero, que todo debe ser dicho. Más allá de memes casi románticos y frases lindas de posteos en las redes, te das cuenta de que, efectivamente, la vida puede pasar en un segundo y valoras aún más cada momento, cada detalle, cada persona y cada experiencia que vives. No hay tiempo para quejarse, hay una oportunidad para agradecer a quienes tenemos cerca y cada cosa que hemos compartido y logrado juntos.

El destino me ha hecho estar en Chile en estos momentos y si bien sigo sin sentirme ni un poquito preparada para enfrentar la muerte de alguien que amas con la vida misma, siento que estoy preparada para brindarles mi sonrisa y mis sentimientos con cada letra y en cada respiración. Creo también que he logrado sacudirme del egoísmo de querer tener a la gente que quiero conmigo siempre y en vez de eso, solo pedir porque nunca sufran un final doloroso y no perder ni un instante para decirles, aquí y ahora, lo mucho que se les quiere y llevarles ahora todas esas flores hermosas que les ilusionan y los helados que disfrutan.

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