—¿Cómo era su vida hace 40 años?
—Angustiada, tironeada, presa de un conflicto blanco o negro. Después del 11, horror y desconcierto.

—¿Qué significó para Ud. y su familia la llegada de la Unidad Popular al gobierno?
—Mi mamá era la quintaesencia de la señora democratacristiana, mis hermanas eran de izquierda, yo era de centro, llena de dudas y en ese momento cargada hacia la izquierda. Mi papá era entre liberal y místico, progresista y conservador. La convivencia fue tolerante, afectuosa, solidaria. Pero ahora creo que mis padres lo vivieron con tristeza y temor. En 1972 nos expropiaron el campo familiar. El señor de la Cora nos dio 12 horas para salir. Al final, mi mamá reunió a los campesinos en el comedor (todos afuerinos), les dejó la mesa y les habló de su dolor y, también, de su esperanza. Y salimos. Pero nunca logramos irnos, nunca.
Wp-Sol-Serrano-193
—¿Qué pasó con su vida y la de su familia después del Golpe?
—Mis hermanas ya estaban casadas, por distintas razones vivieron varios años en Europa. La casa familiar se disolvió. Mis padres fueron valientes, escondieron y asilaron a varias personas. Mi mamá se ponía su abrigo de visón, manejaba lentamente frente a una embajada, mi papá recorría la cuadra a pie y hacía de ‘loro’, le avisaba a ella el momento, entonces de la maleta del auto salía corriendo el protegido y escalaba la pared. Esto, en septiembre de 1974. Lo que más admiro y aprendí de ellos fue la fidelidad a sus principios. No eran partidarios de la UP y no dudaron en ayudar a quienes eran perseguidos. Mi mamá luego participó en una fundación que asistía a niños de detenidos desaparecidos.

Su madre, Elisa Pérez Walker, con el seudónimo literario de Elisa Serrana, revolucionó el mundo femenino en los ’60 con sus novelas súper ventas sobre chilenas, casadas, sin profesión, que querían tener vida propia. “La Elisita”, católica, audaz, emprendedora, le heredó a Sol el amor a la tierra, la austeridad y su irrenunciable rol de madre protectora que deben agradecer sus cuatro hijos: Jorge Ignacio, Juan, Santiago y Manuel Correa Serrano.

Los archivos son la pasión profesional de Sol y Jorge Correa Sutil, el abogado constitucionalista y ciclista, que se disfrazó de Batman cuando era subsecretario de Interior (había que salvar a los ciudadanos de los delincuentes) y artífice del informe de Verdad y Reconciliación, que es el hombre de su vida: su súper héroe.

El otro es su padre, Horacio Serrano Palma, ingeniero del MIT (¡en esos años!), viajero, liberal y autor de ensayos como ¿Por qué somos pobres? —radiografía del Chile que se debatía entre la falta de desarrollo y la acumulación de aspiraciones insatisfechas—, quien le heredó su inteligencia, originalidad e interés en los procesos sociales e históricos. “En su modo de ser, de vivir y de hablar el nuevo académico se aparta de la senda trillada y busca los orígenes”, dijo René Silva Espejo, director de El Mercurio, en el discurso de recepción al papá de Sol en la Academia Chilena de la Lengua.

La hija menor de Horacio y Elisa tenía 18 años el ’73 y decidió estudiar historia para tratar de entender qué nos había sucedido. Sumergiéndose en archivos y devorando las huellas que deja el pasado, ha reconstruido y reflexionado sobre parte importante de la historia de Chile del siglo XIX. Y fue alma inspiradora del programa de TV Nuestro siglo, que dio cuenta de nuestra historia en el siglo XX.

La hija menor de Horacio y Elisa tenía 18 años el ’73 y decidió estudiar historia para tratar de entender qué nos había sucedido.

—¿Qué queda de lo que éramos hace 40 años?
—El recuerdo y la cordillera.

—¿Por qué esa inagotable necesidad del ser humano de recordar y nunca poder hacerse el leso respecto del pasado?
—Porque somos seres históricos, vivimos en el tiempo. La vida fuera del tiempo es el dolor de la amnesia. En lo social, la historia estudia ese pasado que nos constituye.

—Estudió historia para entender qué nos había sucedido. ¿Lo entendió?
—Soy intelectualmente hija del ’73 y no del ’68. Nosotros pagamos la cuenta pero no fuimos a la fiesta. No sé qué aprendí. ¡Estoy recién estudiando el siglo XX! Pero si miro para atrás, al final he estudiado el problema de los consensos y las rupturas en la política moderna. El 11 no estaba inscrito en el destino. Ocurrió por muchas razones que solas, quizá no lo habrían provocado. Una de largo aliento creo que fue la venganza del campo. Cuando la hacienda se destruyó y los campesinos entraron en escena después de ser eternamente excluidos, la democracia se vino abajo. Se sostenía en un consenso urbano. Otra razón fue la ideologización que clausuró la política, cuyo arte es negociar.

—Prácticamente la mitad de los chilenos ahora vivos no habían nacido hace 40 años. Muchos nunca vivieron en dictadura. ¿Cómo les explicaría lo que nos ocurrió?
—¿Te lo han preguntado? A mí, no. Creo que lo saben a través de nuevos lenguajes. Por las biografías familiares, por lo escrito por las víctimas, por el cine, la literatura, los documentales. El lenguaje cambió de la política a la cultura. Son ellos quienes están elaborando su propia explicación.

—Tres de los candidatos a la presidencia tienen padres protagonistas de la historia reciente de Chile.
—Es increíble, es la metáfora perfecta. Las biografías familiares han sido fuertísimas. Me impresiona que ambas mujeres vengan de un sector tan específico como ser hijas de generales de la Fach. Ellos no provenían del establishment político. La política les llegó, les cambió la vida, a uno se la quitó dramáticamente. Creo que ellas hacen una afirmación de reivindicar la política en democracia.

—¿La elección Bachelet-Matthei será entre dos figuras simbólicas —la hija del general asesinado y la hija del general miembro de la Junta— o entre dos ideas de cómo Chile debe enfrentar su desarrollo?
—Los dos. Salvo que como símbolo, lo son de un país dramático y ellas ahora compiten en una elección democrática. ¡No es poco!

Wp-Sol-Serrano-450

—Hace poco supimos que encontraron algunos de los rieles de ferrocarril usados para hacer desaparecer en el mar a 500 chilenos. En estos días, mi hermano Andrés estrena en TV la serie Ecos del desierto, que narra la lucha de Carmen Hertz, por encontrar a su marido desaparecido y hacer justicia de los asesinatos de la Caravana de la muerte en 1974. Y el general Cheyre debe renunciar al Servel después de su encuentro con Lejderman en El informante. ¿Por qué los ecos de violaciones a los derechos humanos siguen resonando con tanta fuerza? ¿Será que falta justicia?
—La justicia es siempre insuficiente. Tiene una dimensión ejemplificadora: ¡que no suceda nunca más! Y en esto, saber y sentir el dolor de lo sucedido es clave. La serie de Andrés es el tipo de recuerdo que hace del ‘nunca más’ una cultura compartida.

—Su marido, Jorge Correa, fue secretario general de la Comisión Rettig, el primer intento por saber la verdad. ¿Cómo le afectó en lo personal y en lo profesional su participación en ese importante capítulo de la historia?
—El y yo creemos que es lo más importante que ha hecho y que hará en su vida. El aporte de la comisión Verdad y Reconciliación fue dar dignidad, que el Estado de Chile devolviera la dignidad a las víctimas, a los deudos, a los chilenos.

—¿No debiera replicarse con los abusos de que ha sido víctima el pueblo mapuche?
—Este tipo de comisiones opera para experiencias y personas específicas. En el caso mapuche, ¿de dónde se parte? ¿De Michimalonco? Por eso es una política hacia el pueblo mapuche, el actual, con sus reivindicaciones históricas.

—Hannah Arendt habla de la banalidad del mal, refiriéndose a que quienes ejecutaron el holocausto nazi no eran más que grises funcionarios públicos que se sentían cumpliendo con su deber. ¿Podemos aplicar eso a los agentes del Estado chileno que se convirtieron en torturadores, asesinos, cómplices o planificadores de la persecución del enemigo de izquierda?
—Es la reflexión fundamental. Sí, el mal es banal y nos habita a todos. Aflora en la impunidad. Por eso la democracia es tan importante para que ese mal no se sistematice ni sea impune. Nos tenemos que cuidar y vigilar unos a otros del mal que llevamos adentro.

—El año pasado, el ex Presidente Aylwin dijo al diario El País que “Allende terminó demostrando que no fue buen político, porque si hubiera sido buen político no habría pasado lo que le pasó”. ¿Fue un mal político?
—No fue un líder mesiánico ni un caudillo, fue un gran político que logró llevar a su coalición al poder. Pero como Presidente fue mal político porque en el rango de acción que tenía, no pudo unir ni tuvo convicción suficiente para ordenar su alianza; menos para negociar con otros dada su fuerza real.

—¿El liderazgo de Allende ha sido mayor como ex presidente que como presidente?
—Sí, porque se constituyó en un emblema de identidad, lo que no consiguió en su presidencia.

—¿Qué opina de lo que dijo Eugenio Tironi en su Historia personal del No, en el sentido que el Plebiscito fue un ‘No’ a Pinochet pero un ‘Sí’ al modelo capitalista?
—Tiene razón, pero votaron por un capitalismo social de mercado, por un estado que asumiera sus deberes sociales.

—¿Qué consensos hicieron posible la transición pacífica desde una dictadura a una democracia?
—El valor de la democracia en su expresión básica, donde existe y se respeta un estado de derecho, que son nuestras garantías; un mayor gasto social; crecimiento económico. Para el gobierno —especialmente para Aylwin— era la transición del poder militar al poder civil y la reparación de los derechos humanos sin que hubiera un nuevo golpe. Hubo consensos, pero también importantes disensos en lo relativo a derechos humanos. No olvidemos que los partidos de derecha no quisieron participar en la Comisión Rettig, por ejemplo. Pareciera que los consensos lo hicieron fácil, pero fue un periodo en la cuerda floja que requirió mucho talento político.

—¿Esas mismas negociaciones colaboraron al desprestigio actual de la clase política?
—Los éxitos anteriores explican las demandas actuales. Los desafíos son históricos, cambian. Me abisma que algunos que participaron activamente en esos gobiernos se sumen a las nuevas demandas “en contra” del periodo anterior. Eso está muy bien para los jóvenes, pero no para los políticos. ¿Por qué les vamos a creer si ni ellos creen en lo que hicieron? Noto en el clima político y en la movilización social un rencor hacia el pasado. Los intelectuales han contribuido bastante a ello. Ni siquiera se aprecia el retorno a la democracia, sólo se dice que la negociación fue débil y el término consenso se ha vuelto pecaminoso. Creo que los movimientos deben leerse en otra clave, como la consolidación de una sociedad más autónoma que identifica nuevos problemas y desafíos. Pero la condena a todo pasado nos deja sin relato más que la ruptura.

—Nuestra generación logró recuperar pacíficamente la democracia pero nos olvidamos de la solidaridad. Se podría decir que heredamos a nuestros hijos la democracia del individualismo y del consumo, legándoles uno de los países más desiguales del mundo con todos los conflictos sociales que eso implica: delincuencia, violencia, desconfianza. ¿Qué ganamos y qué perdimos en este viaje?
—¡Como si lograr la transición pacífica a la democracia fuera poco! Sin ese requisito básico, nada es posible. Nuestros hijos, hablo de todos, han vivido el tiempo más pacífico y próspero de TODA la historia chilena. La sociedad moderna es individualista, no lo veo como algo nacional. En cualquier caso, lo que perdimos, lo perdió nuestra generación, ¡como que los cines estén en los malls y se coma cabritas! Más que ganar o perder, el asunto es descifrar los desafíos propios de cada tiempo. Dotar a las instituciones de sentido para las personas constituye uno de los primeros desafíos que tenemos por delante. Entre el disenso y la confrontación media un camino que puede ser angosto, pero lo debemos transitar si queremos construir la igualdad.

¡Como si lograr la transición pacífica a la democracia fuera poco! Sin ese requisito básico, nada es posible.

—¿Cuáles son los dilemas que como sociedad debemos resolver en la próxima década?
—Un fantasma recorre el mundo… ¡¡¡el fantasma del desempleo!!!

—¿Qué piensa de quienes dicen que si bien el pasado importa, el futuro importa mucho más?
—Que no entienden el futuro.

—Usted anunció la formación a mediano plazo de un nuevo centro político. ¿Le dio la extremaunción a la DC?
—No. Si de sacramento se trata, parte de la DC requiere la confirmación. Renovar su bautismo.

—¿Cómo se imagina ese centro?
—Plural, con mirada estratégica de largo plazo, donde los cambios hacia la igualdad vayan de la mano de una economía más creativa; con ADN democrático, sin complejos sobre el origen ideológico de las buenas políticas, que repele el populismo.

—¿No será que está buscando ‘casa’?
—Un poco, pero el ‘barrio’ es el país.

—¿Cómo le gustaría que fuera ese ‘barrio’ en que vivirán sus nietos?
—El que ellos y sus padres construyan, su imaginación es más rica que la mía.

—¿Qué debemos hacer para que eso pase?
—¡Primero, tener nietos! Y que hereden sola una cosa: la adhesión radical a la democracia.