Le fascinan los archivos, su materialidad y la sensación de tener entre las manos algo que alguien escribió en el pasado con un propósito absolutamente distinto al suyo. Católica, apostólica y romana, admite que en ese sentido la investigación asociada a su oficio tiene algo de secreto de confesión, pero aclara que son las preguntas y respuestas que surgen a partir del ejercicio las que lo hacen relevante.

La vocación profesional viene del Golpe de 1973, que Sol Serrano vivió con 18 años y la llenó de interrogantes existenciales que solo con la lupa de la Historia empezaron a cobrar sentido. Después de titularse en la UC, postgraduarse en Yale y doctorarse en su propia alma máter, cambió el trabajo de investigadora en el CERC por la dirección de la División de Cultura bajo el gobierno de Patricio Aylwin, de cuya hija Mariana ha sido amiga y colega desde épocas universitarias.

Hija de Horacio Serrano Palma y Elisa Pérez Walker, hermana menor de Elena (Nena), Paula, Margarita (fallecida el año pasado) y Marcela, en 1980 se casó con el abogado y exministro Jorge Correa Sutil, con quien tiene cuatro hijos. La investigación histórica le ha permitido escudriñar la política, la educación y la religiosidad chilena, donde sus temas de interés han sido el espacio público, la construcción del estado republicano y los vínculos entre sus distintos actores sociales. Al momento de esta entrevista estaba aún nominada al Premio Nacional de Historia de este año, para que lo ganara fue el propio jurado el que tuvo que hacer historia primero, pues nunca una mujer lo había recibido. Este invierno publicó El liceo (Taurus), libro que le ha permitido sostener interesantes encuentros con estudiantes de liceos públicos emblemáticos. También ha sido el preámbulo de lo que en septiembre será la presentación del tercer tomo de su Historia de la educación en Chile (1810-2010), escrita en coautoría con Macarena Ponce de León y Francisca Rengifo. Durante las revisiones del manuscrito de la obra principal, un colega le hizo ver que los capítulos dedicados a los años de esplendor del liceo fiscal encerraban un potencial por sí mismos. Después de someter la idea a consideración de sus editores, todos estuvieron de acuerdo y en pocas semanas se hallaron listos para ser publicados en forma independiente.

“Es una interpretación de los años de esplendor del liceo que queda bastante redonda y sí, todo cuadraba: está desarrollada en un lenguaje más amplio y menos cautivo de la normatividad de la academia, o sea, como yo escribo normalmente. ¡Esa soy yo! Y además, en términos contingentes, era un buen momento”, asiente frente a la entrada del Museo de la Educación Gabriela Mistral, donde acaba de reunirse con un grupo de alumnos y exalumnos del Liceo Amunátegui para intercambiar puntos de vista.

—¿Cómo se explica el sitial alcanzado por las obras de divulgación histórica en nuestro país?

—La tuvo antes -y mucho- entre el siglo XIX y mediados del XX, en lo que fueron las grandes historias narrativas. Después de eso la historia se fue consolidando como disciplina académica y por tanto de analítica y de sólida investigación. Eso la fue alejando del público, pero a la vez contribuyendo a darle espesor intelectual a la interpretación de nosotros mismos.

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—En otras palabras, la fue haciendo aburrida para los no historiadores.

—¡Cómo no voy a saber que los historiadores podemos ser unos personajes muy aburridos! Qué duda cabe. Pero ahora estamos un poco de vuelta, rescatando también la narrativa como lenguaje analítico.

—¿La sorprende este interés casi obsesivo de los chilenos por los recovecos de su historia?

—El auge actual es muy interesante. Es un género que comprende el testimonio, la biografía y un relato de hechos y periodos que es serio y bien documentado. Coincide con un interés por lo propio, con el rescate y apreciación del patrimonio de una manera accesible y no hermética. Soy muy partidaria de este nuevo fenómeno, aunque a veces sea en exceso liviano y, cuando se pone pedante y pretencioso, pierda todo su sentido.

—¿Por qué se ha mitificado tanto el liceo en circunstancias de que, como usted misma afirma, “la educación pública por sí misma no construye igualdad social”?

—Porque muchas figuras emblemáticas encarnaron ese ideal de la meritocracia: desde Neruda, Mistral, Parra y tantos más. Porque ser liceano se constituyó en una identidad de orgullo y de pertenencia a una sociedad menos segregada que la del presente. Si ya en buena parte del siglo XX el liceo era el hijo amado de la República, con cuánta mayor razón pasó a serlo en la memoria de los propios liceanos y liceanas, de sus hijos y también de sus nietos, cuando “lo público” dejó de estar encarnado en el liceo mismo y se convirtió en la subvención a los alumnos.

—¿La educación subvencionada neutralizó esta influencia del liceo?

—No me pronuncio si fue bueno o malo, pero es muy comprensible la herida que infligió, quizás hasta hoy, a una identidad. Por ello no fue un mito. El mito es que el liceo haya sido un instrumento de igualdad social cuando, en 1960, solo tres de cada 10 jóvenes de la edad correspondiente estaban en el liceo. Era una elite, porque el país era muy pobre y solo llegar a él significaba ser parte de un sector medio o medio alto, aunque hubiera excepciones.

—¿Dónde se sitúa hoy el liceo en nuestro espacio social chileno?

—Ha bajado su matrícula, lo sabemos. Y mucho. Pero son los liceos los que educan hoy a los nietos de esos siete jóvenes que no llegaban a los liceos en 1960, como también a los de esos niños del campo que en ese tiempo pasaron por la escuela un año, quizás dos. Y al mismo tiempo, a los liceos les decimos que son pésimos educadores, con resultados deplorables, que pierden matrícula por malos, que sus profesores están desmotivados cuando sus condiciones contractuales iniciales son bien precarias.

—Eso no parece cambiar mucho con la reforma educativa, enfocada más al financiamiento que a la calidad.

—Tenemos un sistema de provisión mixta y la labor educativa de la sociedad civil es fundamental. Me parece que la gran reforma habría sido una inversión prioritaria en la educación pública, más que restringir el aporte privado a los subvencionados. No pretendo hacer una apología del liceo, solo decir que requiere especial apoyo.

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—¿Por su rol social?

—Como historiadora, considero que la educación pública ha tenido un valor enorme en la construcción de la “polis”. Es un valor que solo se puede construir en el largo plazo, que está en la memoria social y que debemos fortalecer, recuperar en estos tiempos dramáticos de segmentación y fragmentación. Soy defensora de la provisión mixta y también de la educación pública, que esta debiera cuidarse como la cuidan tantas sociedades democráticas, y recibir una “atención preferente del Estado” como lo señalaba nuestra tradición constitucional. Ahí están aquellos que históricamente nuestra democracia excluyó. El liceo tiene un valor cívico y de reconocimiento en nuestra memoria cultural, que en un país tan desprovisto de valores compartidos habría que cuidar y fortalecer para que sean preferidos, porque son buenos.

—Al tenor de su conversatorio con estudiantes del Liceo Amunátegui, la infraestructura es un tópico para los hijos de la educación pública actual. ¿Qué hace más falta: allegar recursos o voluntades?

—El sentido común indica que ambos, pero no lo sé. Me impresionó muy profundamente que un liceo emblemático de Santiago, donde sostuvimos una conversación con alumnos, ex alumnos y profesores en torno al libro, les pregunté por qué creían que había bajado la matrícula del liceo y me respondieron por la pobreza de la infraestructura. Realmente me impactó. No habría adivinado jamás esa respuesta y sin embargo me pareció que era tan obvio, tan relevante. Algo elemental y crucial para la calidad de nuestros liceos.

—¿Cómo reacciona cuando se le etiqueta de conservadora o, como lo hizo una exalumna del Amunátegui, la señalan por venir de una “realidad distinta” a la de los liceos?

—No me importa, porque también me han dicho que soy izquierdizante, según los vientos que corran. Soy conservadora con minúscula en muchas cosas que adoro y quiero conservar. En lo ideológico, me siento muy libre y creo que de verdad lo soy. Si alguien me dijera que no soy demócrata, eso sí que me dolería. Sobre la chiquilla del Amunátegui que me interpeló, pienso que es justo que una joven de un liceo de escasos recursos le diga a una profesora universitaria que va a su liceo a hablar del liceo: ¿con qué cara nos viene a hablar de lo que no conoce? Eso lo entiendo. Otra cosa son los aprendizajes que estos jóvenes —y todos por lo demás— tienen de la apertura al dialogo. Eso es lo que preocupa.