Muebles, cremas y mucho glamour tiene esta anécdota donde Sister Parish es protagonista. La decoradora llegó hasta la casa de Estée Lauder porque la fundadora de la marca de cosméticos necesitaba ayuda. La aristócrata dio un vistazo al lugar que ya había visitado cuando era propiedad de unos viejos amigos. “Oh, ¿qué podré hacer con esta casa?”, le comentó en voz baja a su asistente. Pero resulta que Lauder estaba a sus espaldas y luego de mirarla le respondió: “¿Y qué podré hacer yo con esta cara?”. Por supuesto, la asesoría no prosperó.

La historia pone en perspectiva la personalidad y la fama de Parish, considerada por muchos la decoradora de interiores más influyente de Estados Unidos. Creadora del ‘american country style’ —donde abundan muebles de mimbre blanco, tejidos de punto y los contrastes— se podría decir que fue una de las precursoras del hippie chic, donde una casa bien puesta depende más del gusto auténtico que del dinero.

Sister Parish no siempre tuvo este nombre. Descendiente de los puritanos que fundaron Nueva Inglaterra, nació como Dorothy May Kinnicutt, del matrimonio de un hombre de negocios que apreciaba los buenos muebles y de una mujer que tenía la apreciación estética en la punta de la nariz. Junto a su abuelo, el destacado doctor Francis Kinnicutt, visitaba a los pacientes del Hospital Presbiteriano y aprendió valores como la compasión. Descontando su ADN, fue una completa autodidacta. Su principal maestra fue una vida cosmopolita, ya que su familia tenía cuatro propiedades y una de ellas era un departamento en Quai d’Orsay, París. Se casó con el banquero Henry Parish II, con quien primero vivió en Manhattan en un lugar que —paradójicamente— fue decorado por un profesional. Recién cuando se mudó a una casa en Nueva Jersey, Parish comenzó a forjar su propio estilo.

62

Cansada de reglas sobre colores y proporciones, pintó las maderas blancas, usó telas de algodón y aplicó contrastes. Según se lee en Sister: the life of the legendary american interior designer, tras la Gran Depresión decidió abrir su propio negocio, ya que, dueña de un espíritu frontal, quería mantener su estilo de vida para ella y sus hijos. Luego se asoció con Albert Hadley y se convirtió en una marca que, hasta hoy, mueve millones de dólares.

Hay un episodio que marca un antes y un después en la carrera de Parish y ese fue su participación en el Camelot americano que fundaron los Kennedy. Ya instalados en la Casa Blanca, la prensa tituló que Jacqueline había contratado a “una monja” para renovar el hogar de los presidentes. (Sister significa hermana en inglés). Luego el tema se aclaró y pasó a la historia como la primera decoradora oficial de la Casa Blanca. Diseñó el ala familiar, agregó un comedor diario y fue responsable del Yellow Oval Room. Todo muy relajado, pero sin perder la prestancia que la ocasión exigía. Junto al Winterthur Museum integró el comité que incluyó muebles estilo Sheraton y Hepplewhite.

El lugar cada vez se sentía más cálido, pero la relación Jackie-Sister se enfrió al punto de que fue desplazada por el francés Stéphane Boudin. Según se lee en Sister, el problema fue que Jacqueline pretendía que casi todo resultara gratis. Además, en palabras de Parish, “Jackie se llevaba mucho mejor con los hombres que con las mujeres”.

GettyImages-515261134

La decoradora sí era una verdadera lady, incluso cuando disparaba bromas a sus amigos. Como esa vez en que invitó al hoy famoso diseñador neoyorquino David Kleinberg a nadar en Maine, donde estaba su  refugio favorito. Luego de sugerirle que se cambiara detrás de unos arbustos, rió encantadoramente y le dijo: “Esos arbustos son más raquíticos de lo que pensé”.

Kleinberg no fue el único discípulo. Parish formó a toda una generación de interioristas que hoy marcan la pauta en decoración, mientras se daba el tiempo para causas solidarias como fue el proyecto Freedom Quilting Bee durante la lucha por los derechos civiles.

05

En 1999, cinco años después de su muerte, Architectural Digest describió su estilo como “tan desbordante como etéreo, tan romántico como caprichoso”, pero sin caer nunca en sentimentalismos. Ella podía poner una alfombra Aubusson y un espejo Chippendale sin que estas marcas monopolizaran los ambientes, mediante toques tan personales que hicieron que su sello formara parte de la corriente principal de la decoración norteamericana.

¿Cómo termina la anécdota con Estée Lauder? La señora de las pieles perfectas nunca llegó a ser su clienta, pero al día siguiente del impasse, a Parish le llegó un kit con sus cosméticos. Ella no se inmutó con el gesto, porque lo suyo era la experiencia con la que aspiraba a llenar una casa. Un tip que iba a contrapelo de borrarse las arrugas.