Ya a las puertas de pasar felizmente agosto, asumo que entro en el Mes de la Patria como “cincuentona” y a mucha honra. No sé si viviré 100 años -que espero que no sean nunca de soledad-, pero por alguna razón siento que los 50 son “la mitad del recorrido”. De pronto pienso “¡Wow! Y pensar que a la edad de mis hijas pensaba que los de 30 eran TAN viejos y que quedaban taaaaaaaaantos años para llegar allí” … ni decir los de ’50.

La vida y mi carrera como periodista me han permitido tener acceso a personas, eventos y lugares que me han hecho soñar, sorprenderme y me han enseñado también muchísimo. Con bastante humildad debo decir que me he dado cuenta de lo atrevida que es la ignorancia, creo haber ganado en sabiduría y tolerancia, incluso cuando pienso que la paciencia ha ido disminuyendo proporcionalmente también. Quiero pensar que tiene que ver con cuán segura te sientes de ti misma y de tu momento en la vida.

Antes de llegar aquí he pasado por mis momentos de cuestionamiento vital, que no me parece relevante detallar, y he asumido que considerando que no se puede retroceder y que lo que pasó ya quedó en el capítulo de ayer, estoy donde debo estar por la razón que sea. Hay muchas cosas que no son como me imaginé que serían cuando tenía 20 y algo y terminaba la universidad. No son mejores ni peores, solo distintas y algunas de ellas jamás se me habrían pasado por la cabeza, pero he aprendido a caminar el camino por el que la vida me ha llevado, más allá de mis propios planes.

Tengo más conciencia de lo que no quiero, he aprendido a poner límites de mejor manera y a abrir la puerta con encanto, gracia y de manera definitiva a quien no quiera estar en mi vida. No es desapego ni arrogancia, es salud mental. No sé si es por haber comenzado “el segundo tiempo”, me preocupo más de vivir mejor mental y físicamente; y no es preocupación vana ni frívola pensada para impresionar a los demás, sino responsabilidad por el cuerpo que me llevará por los próximos años, cuando la fatiga de material se haga cada vez más evidente. Este año he acompañado a mis padres en sus ’85 y los he visto entristecerse porque sus cuerpos ya no responden de la forma que quisieran. Eso me ha cuestionado también sobre cuán responsable soy yo conmigo misma para llegar en forma a la edad que sea, en días en que la expectativa de vida sigue aumentando. Las incertidumbres de la vejez se hacen más reales y no deja de ser casi sobrecogedor ver que nuestros seres más queridos envejecen, se apagan poco a poco y así pasará también conmigo. Consciente de ellos, prefiero concentrarme en la vida que tengo por vivir.

No cambiaría nada de lo vivido porque de todo he aprendido -algunas cosas más rápido que otras-, ni quiero volver a mis 20, 30 o 40. Quiero vivir mis 50 con la alegría y con la curiosidad que me provoca el “por venir”. Pienso en cuántas veces más voy a acertar y cuántas más voy a fallar rotundamente y aquí estoy, lista para equivocarme, para reírme a mandíbula batiente -intento ser discreta en lugares públicos, aunque no siempre me resulta y aparece “mi yo menos Lady”-, para seguir cambiando, aprendiendo, creciendo, sorprendiéndome de lo que me rodea y de lo que vivo.

Los años me han enseñado que cosas pequeñas, detallitos, pueden hacer una gran diferencia. Que la gracia, la apertura de mente y la generosidad de espíritu son fundamentales para una vida bien vivida. Que tener familiares y amigos que amamos y nos importan es lo que necesitamos para comenzar el día con una sonrisa. Que, si le agregas el sentirte bien contigo misma, lucir como quieres, disfrutar de tu trabajo con la misma intensidad con que gozas tu tiempo de ocio, preocuparte de tener la calidez que quieres bajo tu techo, más el toque que dan las flores frescas, una copa de espumante, un buen libro, una buena conversación y un labial rojo a mano… estaríamos. Así las cosas… ¡bienvenidos queridos 50!

Comentarios

comentarios