Como una dulce criatura de piernas largas y pelo dorado, una suerte de donna rescatada de un cuadro de Botticelli, Beatrice Borromeo a sus 31 años aprendió a ser princesa a su medida y antojo. Casada hace un año y medio con Pierre Casiraghi, está acostumbrada a las diademas. Sabe cómo y cuándo usarlas, conoce de protocolos y es una eficiente aristócrata de estos tiempos, muy lejos de una fashion victim. Al revés de blogueras e influenciadoras, ella es periodista y tiene otro ritmo para establecer los códigos de su estilo.

Lo que filtra a través de las redes son destellos esporádicos de recuerdos y detalles, como las recientes imágenes que mostró a través de instagram con las pruebas del vestido Armani que usó para su matrimonio en el Lago Maggiore: un reducto lacustre donde ella y su familia tienen siglos de historia.

Emparentada con príncipes, duques y cardenales de Italia, pertenece a un clan que mantiene su poder desde el Renacimiento, algo que no parece importarle. Tampoco tiene esa ambición de bombardear con fotos sus cuentas públicas. Sólo una Borromeo podría darse el lujo de mostrar su magnífico vestido casi dos años después, un diseño que irremediablemente recordó al de Grace Kelly cuando se casó con Rainiero. El suspenso es otra de las estrategias de Beatrice.

Desde ese frente, su carácter llama la atención. Parece frágil, es dulce en las palabras y se mueve con gracia desde que Valentino le rogara que fuera su modelo. Era joven y aceptó por amistad. Ese ‘sano amor’ que siente por los diseñadores de la península también la hizo posar para campañas de Armani y, para despedirse, cerró el desfile de Roccobarocco con un vaporoso vestido de novia.

Tenía 17 años e inmediatamente dio luces de su personalidad práctica. Dejó ese mundo para estudiar derecho en la Universidad de Bocconi y finalmente periodismo en Columbia. La investigación social es su pasión y como redactora del diario Il Fatto Quotidiano no mostró interés por la sección de moda, sino que prefirió lanzar los dardos contra la entonces clase gobernante. 

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Con cero empacho escribió que muchos líderes de derecha estaban enfermos y que sufrían  ‘Berlusconitis’. Sin miedo, fue más allá: apoyó con su pluma irreverente a jueces que estaban a cargo de temas de corrupción. El gran golpe fue la emisión de una serie de documentales dirigidos por ella donde mostraba el rol de las mujeres en la mafia calabresa.

“Seguramente la gente espera otras cosas de mí… Honestamente si yo fuera otra persona, Beatrice Borromeo me caería fatal por las contradicciones que hay entre mi vida laboral y la de mi familia”, dijo en la única entrevista que dio antes de que se convirtiera en la nuera de Carolina de Mónaco: una mujer que siempre vio con buenos ojos el perfil de esta ilustre ragazza, que hacía feliz a su hijo, pero que sobre todo no necesitaba lecciones ni consejos para moverse con precaución en un principado marcado por los escándalos.

Tuvo escuela en su casa: es nieta de Marta Marzotto, una matriarca de la alta sociedad italiana, dueña del grupo económico que controlaba Gianfranco Ferré y Missoni. Su crianza estuvo fundada en la tolerancia. No había otro modo: su padre, Carlo Borromeo primero se casó con la modelo alemana Sybille Zota con quien tuvo tres hijas. Pero a principios de los ’80 mantuvo un hogar paralelo con Paola Marzotto, tuvo un niño que fue bautizado también como Carlo y luego nació Beatrice.

El padre siempre tuvo dos familias que él, insistió, en convertir en una sola. Sin mayores dilemas, la infancia de la periodista transcurrió en compañía de cuatro hermanos, todos felices bajo un mismo techo pintado con frescos toscanos. De cerca luego vio cómo Isabella se casó con el magnate petrolero Ugo Brachetti.

Después Lavinia se convirtió en mujer de John Elkann Agnelli, presidente de Fiat. Matilde, la tercera, prefirió de marido al príncipe Antonius von Fürstenberg. Era lógico, anotan los cronistas de realeza, que la menor de las Borromeo saldría del altar junto al más guapo de su generación: Pierre Casiraghi. Aunque otros periodistas que le siguen la pista aseguran que todo fue casualidad. “No es de ese tipo de mujeres. Perfectamente se hubiera enamorado de un mecánico”, asegura el periodista Giovanni Andiffredi.

Lo social marca su genética. Su abuelo Gaetano Marzotto, un industrial y filántropo, hizo casas en los balnearios más exclusivos para que los hijos de los obreros pudieran ir a la playa. Nadie olvidó su funeral, cuando más de diez mil trabajadores llegaron a tocar su féretro.

Era de esas personas de acción y silencio, algo que Beatrice parece entender en toda su dimensión: como su embarazo que mantuvo con discreción a raya. Recién, cuando cumple siete meses, aparecen las imágenes de los paparazzi que la ilustran como una madre paciente, conectada a su trabajo combativo en Milán y, al mismo tiempo, fiel a su rol de princesa que hizo el milagro de traer de regreso ese allureperdido de Grace Kelly que tanto se echaba de menos.