Una cicatriz que no se borra, pero que se puede llevar sin tanto dolor.

Las seguidillas de denuncias por abuso sexual infantil (ASI) contra colegios, jardines y sacerdotes no se detiene. Y la preocupación y sensación de culpa de muchos padres y familias crece con los días, ya que son instituciones y personas a las que se les entrega el cuidado de los hijos a ojos cerrados.
Los dolorosos detalles que se han ido conociendo y la manera en que operaban los abusadores —en algunos casos con resultados de violación— en los establecimientos Apoquindo, Mariano de Schoenstatt, Hijitus de la Aurora, Sunflowers, entre otros, calan hondo e indignan por lo indefensas de las víctimas y por esa angustiante sensación de que a todos nos puede pasar…
Y surgen los cuestionamientos, ¿qué está ocurriendo en la sociedad?, ¡¿cómo un adulto puede actuar sexualmente con un niño?!, ¿dónde están seguros?, ¿hay acaso una explosión desatada de estos delitos?
Para Vinka Jackson (44), sicóloga, madre de dos niñas, terapeuta y autora de Agua fresca en los espejos —donde relata su experiencia de incesto y el camino de la reparación— cree que más que un aumento de casos, hoy la gente se atreve a denunciar más. Eso no aminora la deuda que tenemos en materia de protección infantil: el último estudio de la Unicef (2006) refleja que un 75.3 por ciento de niños chilenos reconoció ser víctima de alguna clase de violencia.  Otros números confirman la tendencia: la Fiscalía Nacional acaba de anunciar un aumento de 3.7 por ciento en las denuncias de delitos sexuales; y las relacionadas a menores de 14 años crecieron un 22.2 por ciento en comparación al 2011, año en que se registraron casi 14 mil casos de ASI. Cifras que podrían dispararse considerando que por cada denuncia, hay siete que no se hacen.
Esta realidad ha motivado campañas de autocuidado para la prevención. Sin embargo, poco se sabe de los reales perjuicios que puede ocasionar en los más pequeños esta traumática experiencia. Tampoco cuándo consultar, en qué consisten y qué tan efectivas son las  terapias de reparación.

“UN NIÑO ABUSADO PRESENTA DAÑOS EN TODAS SUS ESFERAS, desde las más visibles —como falta de apetito o ansiedad, problemas de sueño, orinarse en la cama— hasta en sus relaciones interpersonales y el deterioro de su imagen”, afirma Gabriela Navarrete, sicóloga del Centro de Terapia del Comportamiento, quien recomienda consultar de inmediato frente a un cambio de hábito o de actitudes no esperables de la edad. “Si una niñita de tres años comienza a hablar de pene o a jugar eróticamente con un muñeco, es porque lo vio o tuvo contacto con esa experiencia”, advierte esta especialista a quien en el último año se le ha doblado el número de pacientes víctimas de ASI.

La intervención dependerá del tipo de abuso y de las necesidades específicas del pequeño. Las más recurrentes son las terapias de juego. Navarrete, por ejemplo, parte por un primer diagnóstico —que puede durar cinco sesiones— para saber en qué condiciones llega un niño a la consulta. A través de dibujos y juegos obtiene resultados que luego contrasta con lo que se espera según la edad del paciente. “Por lo general se representan a sí mismos muy deteriorados, sin pelo, desgreñados… El abuso produce un mal gigantesco, desestructura la personalidad y desorganiza la vida, igual que un terremoto. Muchas veces pides que te dibujen una silla y te hacen una manzana o cualquier raya, y es porque están perturbados; la desorganización es a tal punto que no puede graficar algo tan simple. Desde los escombros hay que ver con qué cuentas, para esto es importante saber cómo era antes, y la manera y por cuánto tiempo fue violentado”.
Los pasos siguientes son contactarse con el colegio, hablar con los padres sobre lo que les  perturba y solucionar síntomas inmediatos como insomnio, para que el niño retome un poco de control de su vida. En forma simultánea vienen las terapias de juego en que el pequeño va entregando información de lo que le pasa, y la especialista interviene. Ahora, si el paciente llega muy sintomático, el tratamiento debe complementarse con un siquiatra que le dará medicamentos para enfrentar la terapia.
“Lo primero que trabajas es la confianza. La consulta es un espacio de contención, no puedes fallarles. Todo debe ser predecible, porque ya no saben si las personas son confiables o no. A través del juego, los niños reviven y achican su experiencia, casi como en una cajita de laboratorio donde tratan de controlar la situación. Como terapeuta intervienes en sus dinámicas, le das posibilidades de que mire la escena con mayores alternativas de solución, y le entregas herramientas para que en su vida cotidiana sea más eficaz y eficiente”.
El trabajo dura de uno a tres años dependiendo del abuso, de quien lo cometió, los recursos emocionales del menor y si  cuenta con una familia cálida y acogedora. “Los padres tienen que estar bien parados, porque si sobrerreaccionan o se descompensan, el niño no querrá contarles nada más porque siente que no lo contienen”.

Los avances no se ven antes de los seis meses. “A muchos papás les cuesta entenderlo y llegan a sacarlos de la terapia, un tremendo error. Sienten que el primer tiempo su hijo empeora, está más contestador, desafiante, agresivo. Ocurre que empiezan a aflorar sus conflictos, a sacar su rabia con ellos porque no los pudieron proteger, y si le sumas que están en el proceso judicial —donde además se revictimizan— es más complicado aún. Por eso hay que trabajar en paralelo con la familia, para que sepan cómo reaccionar. El niño puede que esté enojado con la mamá, no querrá verla y la tratará mal, pero ella no puede desarmarse. Tiene que estar ahí siempre, para cuando él quiera acercarse. El, al ver ella sigue ahí pese a todo, sentirá que es una persona con la que puede contar en forma segura y desarrollará nuevas formas de relacionarse con sus padres”.
Todo daño es reversible, asegura la especialista. “Los seres humanos y los niños en particular son capaces de transmutar la experiencia de dolor y aprenden a vivir con ello. Porque esto no se olvida; es como una cicatriz que acompañará para siempre”.

El alta se da una vez que el menor está menos sintomático: duerme bien, mejoró en el colegio y alcanza una actitud y conducta en los juegos acorde a su edad. Pero el alta nunca es definitivo. Se hacen terapias más alejadas en el tiempo, intervenciones más cortas si las necesita. “Lo más probable que cuando llegue a la adolescencia y tenga pareja le pasen cosas, reviva experiencias y tenga dudas de cómo enfrentarlo. El consejo es retomar las sesiones para evaluar qué le pasa”, sostiene Navarrete.
La duda que surge es ¿qué pasa con aquellos niños que, por distintas razones, nunca recibieron terapia y hoy son adultos?, ¿con qué nivel de daño llegan a ser grandes?

Lea el reportaje completo en la edición del 20 de julio.

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