En 2001 comenzó mi periplo como corresponsal en Europa y el cuento inició con una boda real. La novia del heredero a la corona noruega tenía ya un hijo -que sería paje en la boda- y en su historia de vida había escándalo, drogas y otros “detalles” nunca antes vistos en el currículum de una futura reina y así comenzó mi cuento entre tiaras y familias reales. Hasta ese momento, mi única experiencia con el tema se reducía a la mañana del 29 de julio del ’81, cuando me levanté literalmente al alba, no porque ese día se celebra el santo y cumpleaños de mi madre, sino porque al otro lado del Atlántico, Diana Spencer se convertía en Princesa de Gales al casarse con Carlos de Inglaterra. Boda de cuentos y fin de la historia de teleserie.

Tras la boda en Oslo siguieron los enlaces de los demás herederos y otros príncipes y princesas europeos, los bautizos de la nueva generación que comenzaba a nacer y algunas entrevistas con los coronados Jefes de Estado. Y la experiencia ha sido entretenida e interesante, desde la perspectiva de una espectadora privilegiada.
Y así llegamos a hoy, cuando me preparo para perderme la experiencia en directo del enlace del carismático príncipe Harry y la actriz estadounidense Meghan Markle ¡Se nos casa el niño! El enlace del carismático hijo menor, el dulce y revoltoso hijo de la querida “Reina de Corazones”, Diana de Gales, ha despertado tanto interés como despertó la boda de su madre.

La muerte de su madre cuando él y su hermano William eran muy jóvenes, casi unos niños, ha generado una gran empatía del público a lo largo de su vida. Lo hemos visto crecer “metiendo las patas”, como cualquier hijo de vecino, y pidiendo luego mil excusas por su comportamiento, como nuestros propios hijos en edad adolescente lo hacen. Es apasionado, vehemente y entregado a las causas que le interesan. Lo vimos entrar en la carrera militar y lo vimos recoger el legado de su madre intentando ocupar su lugar de privilegio en la sociedad británica para dar una mano -muchas veces en el más absoluto silencio- a los más necesitados.

La reina Isabel lo adora, es el niño de sus ojos, el nieto preferido -aunque las abuelas nunca tienen un preferido, todos lo sabemos- y se ha ganado, como su madre, el corazón de sus súbditos y de quienes viven fuera de los límites del reino. Él y su hermano han sido fundamentales a la hora de darle un toque más humano a la monarquía británica y sin duda han aumentado la popularidad de una institución considerada por algunos anacrónica y decadente. Gracias a ellos, fundamentalmente, la familia real británica se reposicionó en el corazón del reino con una imagen de mayor cercanía y modernidad… si hasta Twitter e Instagram tienen ahora el sello de la familia.

Y resulta que se casa, ni más ni menos que con una actriz estadounidense de origen afroamericano, conocida principalmente por su papel en una serie de televisión, feminista, divorciada, y, como hemos visto tras el anuncio del compromiso de ambos, con una familia más disfuncional que el promedio. Meghan Markle, que probablemente desde mañana sea conocida como Su Alteza Real Duquesa de Sussex, ya se ha ganado el cariño de los británicos -a pesar de la odiosa carta de su medio hermano-, tiene locos a los estadounidenses que por fin tendrán a su primera “princesa real” en la familia británica y seguramente será un factor más de popularidad al interior de la corona.

Es de esperar que las fotografías que los muestran tan enamorados y cómplices cuando se miran a los ojos, sigan sucediéndose y que desde su lugar de privilegio sigan preocupándose de los serios temas que afectan a esas millones de personas que seguirán su enlace a través de las transmisiones de los medios … como yo, que por muy temprano que sea y desde este lado del charco, seguiré el desfile de sombreros y seguramente me emocionaré con este “si, quiero”.

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