En febrero pasado una amiga quedó viuda con tres hijos chicos. Y aunque en ese minuto sentí que nada peor podría pasarle a nadie, con el correr de los meses —semanas, días—, se me olvidó. Me angustié por tantas tonteras que no puedo ni ponerlas por escrito. Me hice problema por cuestiones laborales, domésticas y escolares, como si de verdad a uno se le fuera la vida en eso. Como si de eso dependiera la felicidad. 

No soy la única, también me ha tocado escuchar amigas y colegas llorando por las notas de sus hijos, porque se va la nana y hasta porque estas vacaciones no serán tan prósperas como imaginaban. Estamos todos tan ciegos que perdimos la capacidad de diferenciar un drama de una boludez. 

Por suerte, como casi siempre, los más pequeños nos marcan el camino. Si no la vieron, busquen la última publicidad de Ikea, donde un grupo de niños le escribe una carta al Viejo Pascuero y otra a sus padres. Al primero le piden juguetes, a los segundos más cosquillas, más cuentos en la noche… más tiempo juntos.

Si las personas vinieran con un botón de quick view, si las buenas acciones permitieran un copy & paste y los problemas un control Z, valdría la pena ilusionarse como un niño cada vez que un año comienza. Si pudiéramos construir el futuro como si se tratara de una casa del minecraft y esquivar los miedos con un movimiento ‘a lo Shakira’ tendría sentido esa actitud tan clásica de tachar los días del mes de diciembre como si el 31 a la medianoche incluyera un reseteo universal. Pero no. Nada de esto pasa, ni pasará.

Figuramos como drones por la vida tratando de cumplir con al menos algunas de las metas que nos propusimos hace 365 días, y aquí estamos, una vez más. Fuimos incapaces de reciclar tan solo un poco de nuestra basura, no somos hippies, y ni siquiera adelgazamos. El pantalón que esperábamos volver a usar seguirá guardando polvo por algún tiempo más, como el libro que no leímos. 

El 2015 tenemos las mismas chances de volver a hacer las cosas mal; seguir postergando sueños, meter la autoestima en el bolsillo para evitar el conflicto y los platos rotos… ¿Cuál es la buena noticia? Que tenemos un año más de experiencia, y eso es genial. Podemos tropezar otra vez con la misma piedra, pero probablemente ya no reaccionaremos igual.

Mi frase favorita no es de ningún filósofo francés, sino de un amigo publicista, y dice así: “Cuanto más fuerte te patean la cola, más adelante es tu salto”. Encarar el Año Nuevo con menos expectativas no significa ser pesimista. Tenemos una nueva oportunidad, nada más, y nada menos. Gocemos, y brindemos por eso.