Hasta cuarto medio soñó con ser actriz, pero su talento para los números y la química la obligó a dejar ese sueño y comenzar una carrera en el mundo científico. A pesar de ser un rubro predominantemente masculino, no se equivocó. Salomé Mariotti (37) se ha destacado como una exitosa investigadora que ha desarrollado trabajos que unen la química, la comida y la salud pública.

Es por estos estudios que recibió el premio Women in Sciense por su trabajo con toxinas en alimentos fritos y horneados, que entrega la Unesco y L’Oréal, y hoy se catapulta como una de las científicas más importantes de su generación. A pesar de que no estudiaba mucho, Salomé siempre brilló por su facilidad para aprender. Por eso a nadie le extrañó que entrara en el primer lugar a Ingeniería en Alimentos en la Universidad de Chile y menos que al poco tiempo comenzara a enseñar. La educación era otro de sus intereses académicos, ya que ahí convivían, para ella, sus dos pasiones: las matemáticas y la actuación.

A pesar que reconoce que existe machismo en las ciencias y que fue difícil sobresalir en el mundo de la ingeniería, ella prefiere mirar lo positivo: “El hecho que seas mujer hace que destaques con más facilidad. Si alguien te baja, con más fuerza te disparas hacía arriba, por eso creo que ya no es más difícil para las mujeres, es más desafiante”, afirma. Si bien el trabajo de esta científica ha sido avalado por premios en la Universidad Católica o El Mercurio que la destacó entre sus jóvenes líderes, ha procurado no olvidarse de su feminidad para ser aceptada por sus pares.

“No solo cuido mi cabeza, también me preocupo de mi apariencia. No tengo por qué querer verme fea solo por ser científica. Me gusta sentirme bien por dentro y por fuera. Siempre le he dicho sí a ser mujer, mamá e investigadora”, sentencia. Pero no todo ha sido fácil en su vida. A los 20 años se casó con su novio del colegio y tuvo a su primer hijo, Franco. Cinco años más tarde y a punto de comenzar su doctorado, quedó viuda y con ello cambiaron todos los planes. “Siempre he tenido la capacidad de pararme frente a la adversidad. Tuve que reinventarme, dejar de estudiar y ponerme a trabajar. No tenía opción, era mi hijo, tenía que responder por los dos, en ese momento le dije sí a ser mamá”, recuerda.

_MG_9718_fn

Años después volvió a casarse y tuvo a su segunda hija. A pesar de destacarse como ingeniera en alimentos, no era su verdadera vocación. Sabía que podía ser un aporte a la salud pública y como formadora de nuevos científicos, por eso en el año 2010 entró a estudiar un doctorado. Inmediatamente la bautizaron como Liza Simpson porque siempre estaba estudiando.

“Era mi gran proyecto de vida, por eso le puse a mi hija Sofía que significa sabiduría. Le dije sí a la investigación y a educar. El 2011 cambió mi carrera porque viajé a Dinamarca a hacer mi primera pasantía, luego llegó el premio Women in Sciense y de ahí una serie de reconocimientos a mi trabajo”, afirma orgullosa. Algo que siempre le ha importado a Salomé en su investigación es ver los resultados en las personas.

Durante los últimos años, se ha centrado en estudiar cómo se forman las sustancias tóxicas en los alimentos horneados y fritos, ya que muchas de ellas pueden producir cáncer. Qué hacer para que no se formen son parte de los resultados que esta científica ha procurado masificar en la población. El año 2016 llegó a la Universidad Tecnológica Metropolitana como investigadora del Programa Institucional de Fomento a la Investigación, Desarrollo e innovación.

Reconoce que fue un cambió drástico, ya que provenía desde la Universidad Católica, pero parte de su interés es sacar la ciencia de la elite y llevarla a todos los estudiantes que se interesen en ella. “Es reconfortante trabajar con alumnos de esfuerzo, yo me saco el sombrero por ellos, la mayoría trabaja y estudia, me interesa la labor social que puede tener la ciencia. Masificar mi profesión e interactuar con mis alumnos son hoy mis principales proyectos”, afirma.