Hace dos años y medio que es el capellán nacional de Gendarmería. Sacerdote de la Orden Jesuita, es el primero de esa congregación en ser designado en un cargo tradicionalmente en manos mercedarias. Y se lo tomó a fondo. Junto a la Universidad Diego Portales desarrolló el primer Observatorio de Violencia y Cárcel de Chile y los resultados fueron demoledores: “Las relaciones entre los internos son extremadamente violentas; ellos provienen de núcleos familiares muy agresivos, lo que se agudiza en prisión y se sigue manifestando aun después de que salen en libertad. En el fondo —sostiene—, la cárcel es un espejo agudizado de lo que pasa en la calle”. Por eso, han habilitado dentro de la red de penitenciarías los ‘espacios Mandela’, en honor al fallecido Premio Nobel de la Paz. Un proyecto que nació bajo el alero de la Capellanía Católica, Gendarmería y el Ministerio de Justicia, y que busca enseñar a los reclusos un oficio y darles empleo al interior de la cárcel. De paso permite mejorar el ambiente en prisión, aportando a la disminución de los actos de violencia.

Miembro del Consejo de Equidad en el anterior gobierno de Bachelet y rector de Infocap durante más de una década, Luis Roblero es uno de los hombres que más sabe de desigualdad en Chile. Desde su actual rol ha debido enfrentarse cara a cara con la mayor expresión de la injusticia social, cuando las cifras de delincuencia y la percepción de inseguridad aumentan. Hace poco un grupo de vecinos del sector oriente organizó un cacerolazo para protestar, según denunciaron, por la oleada de asaltos en Vitacura, Providencia y Las Condes. Pero, para este sacerdote, si bien están en su derecho, el conflicto seguirá igual si se perpetúan los actuales niveles distributivos.

“La concentración económica es vergonzosa. Chile es el miembro de la OCDE con la mayor inequidad, lejos. No es posible que tengamos un país pacífico con los niveles de desigualdad que existen. El 10 por ciento de la población tiene 26 veces más ingresos que el diez por ciento más pobre. Y en esta estructura de desarrollo, la delincuencia representa un subproducto no deseado de la riqueza”.

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Directo, sin eufemismos, Roblero es de los pocos sacerdotes que no teme decir lo que piensa. Hace dos años una carta suya publicada en El Mercurio generó una ola de reacciones, la mayoría favorables, cuando criticó el fallo del Séptimo Juzgado de Garantía de Santiago que recomendó clases de ética empresarial para los imputados por el Caso Colusión de las Farmacias… Ahora, cuando el Cuarto Tribunal Oral en lo Penal absolvió a los diez involucrados, este jesuita señala: “La gente más que nunca se siente abusada. Una mujer por microtráfico arriesga entre tres y cinco años de cárcel. Y en ese tiempo sus hijos quedan totalmente expuestos; un niño sin un núcleo familiar puede entrar al círculo de la delincuencia. Tener una mamá presa para la sociedad es gravísimo. Pero cuando un señor que es adinerado se colude para subir artificialmente los precios de los medicamentos, con correos que lo comprueban y, sin embargo, no va a la cárcel ni paga en proporción al daño causado porque cuenta con los mejores abogados, eso es lo que indigna y aumenta la sensación de rabia, de abuso”.

—¿Hay dos justicias en Chile?

—Absolutamente. Y lo más grave es que nadie habla de esto. Se trata nada menos que del acceso a la justicia, que es lo básico de lo básico.

Para el cura Roblero —o el padre Lucho, como lo llaman los presos—  la solución de la delincuencia no pasa por más cárceles ni por acentuar la mano dura —“más mano dura de la que ya hay ¡Dios mío, es impensable!”, dice— sino que con la reparación del ser humano, “algo que obviamente nuestro sistema no está consiguiendo”. Y agrega: “Hace poco The Economist dedicó uno de sus artículos al sistema penal de Estados Unidos y lo tituló The Jail House (El hogar cárcel); los gringos tienen 2.5 millones de personas privadas de libertad, es decir, un cuarto de la población penal del mundo, ¡en el país del sueño americano! Sin embargo, según concluyó esa publicación la solución no pasa por más cárceles ni por endurecer las penas”.

—Justo lo que la gente quiere escuchar…

—Y los políticos. Aquí hay un populismo tremendo, de derecha, de izquierda, de centro.

—¿Considera que el gobierno también ha caído en la demagogia?

—Esta administración llegó para sacar adelante políticas redistributivas y con eso se está haciendo cargo del problema de fondo. Pero estamos hablando de un impacto que se verá recién dentro de quince o veinte años.

—¿Y cómo juzga el trabajo de los ministros que han pasado por la cartera de Justicia, como José Antonio Gómez o Javiera Blanco? 

—Ellos han intentado abordar el tema, pero ¿qué piso político han tenido? Cuando tienes a los vecinos de Maipú que exigen un nuevo metro o un hospital, evidentemente que eso estará por sobre la reparación de la vida de un delincuente. Los ministros hacen un esfuerzo, pero también debe haber plata, voluntad política, apoyo ciudadano. En todo caso, creo que los ministros de esta área han intentado repensar la reinserción. Javiera Blanco, la nueva titular de Justicia, sabe mucho de esto porque viene de Paz Ciudadana y está tratando de crear una institucionalidad. 

A Luis Roblero siempre le gustó la política. De hecho, es un convencido de que los partidos son fundamentales para que la democracia funcione, algo que aprendió cuando estudió en la Universidad de Oxford en Inglaterra. 

—Hoy los partidos son lejos la institución más desprestigiada a ojos de la gente. Cada día hay políticos llamados a declarar o derechamente formalizados…

—Nos estamos farreando la democracia. Y no es un análisis catastrófico. Nos encontramos frente a un desapego de la ciudadanía en la construcción de la historia política del país, lo que se articula a través de los partidos. Por eso, cuando la Presidenta alcanza un 28 por ciento de aprobación en la última Adimark, me preocupa. Tiene que ver con la fragilidad de las instituciones y la credibilidad de aquellos que están a cargo, lo que  tiene al país ad portas del caudillismo. Se suman problemas de credibilidad tremendos: Jovino Novoa, con arresto domiciliario; Ponce Lerou tenía coimeado a medio mundo, incluyendo a personas que lucharon contra la dictadura y que luego fueron financiadas por el yerno de Pinochet. En el gobierno se han producido situaciones delicadas, como lo que sucede hoy con el ex ministro del Interior Rodrigo Peñailillo.

—¿Y cómo evalúa el manejo de la Presidenta en medio de este álgido escenario? 

—Le tengo harto cariño y sé que ella también me lo tiene, pero encuentro que éste ha sido un gobierno más bien solitario, con poca articulación política. Cuando se nombra un gabinete sin llamar a los partidos, es raro. Respeto sus razones pero esto es un cuerpo, algo mucho más amplio.

—¿Se equivoca la Presidenta al dejar fuera a los partidos?

—Por supuesto, tal como el 90 por ciento de los chilenos que no quiere tener nada que ver con la política. Pero la solución no es tomar distancia, al contrario. Son los partidos los que articulan la democracia, los que ponen a su gente en el Parlamento. Los que debieran estar en contacto con la ciudadanía y traducir sus intereses en políticas públicas.

—Sin embargo, parece que sus representantes andan más preocupados de defender sus propios intereses.

—Es lo mismo que nos pasó como Iglesia: nos empezamos a encapsular en el poder y dejamos de tener los pies en el barro. La comunidad dejó de ser atractiva y hoy cada uno intenta conquistar sus propios privilegios. De ahí la rabia acumulada.