Las mini vikingas en su edad adolescente creo que -por alguna razón no identificada aún- han vivido este viaje de manera diferente. Han reparado en más detalles como las rejas de las casas, los alambres de púas en panderetas, la impresionante cantidad de autos en las calles de Santiago y también en provincia, el que te llamen “caserita” en la feria libre … y la ropa interior amarilla que muestra alguna vitrina y se encuentra en pilas en las veredas de las ciudades.

“¿Mamá, de verdad que tiene algo de positivo usar un color TAN feo en la noche de Año Nuevo?”, me preguntan. Les he intentado adornar la historia del amarillo como magneto de abundancia, fecundidad, pasión, energía, vitalidad y amor, pero no pude evitar los ojos casi de horror además del comentario: “por favor, dinos que jamás usaste algo así cuando estabas soltera”. Y no las decepcioné. No, nunca usé calzones amarillos, no porque no me interesaran sus supuestos beneficios de suerte, sino porque también me ha parecido siempre un color muy feo… en ese tono.

Y así comenzó la larga conversación sobre tradiciones y propósitos aquí en casa y en el reino del norte. Concluimos en que mientras en Chile hay mil y una creencia para llamar a todo lo positivo que puedas imaginar en año nuevo, desde amor a dinero y viajes, en Dinamarca se pone mucho más énfasis en el tema de los propósitos. De hecho, creo que a mí me preguntaron ya desde fines de noviembre cómo iba con mis propósitos para el 2017, cosa que naturalmente no había hecho y sigo intentando definir si lo haré o no.

¿Se acuerdan que el año pasado mi único propósito fue escribir momentos especiales del año y guardarlos? Pues lo hice. Muchas veces escribí lo bueno y lo malo también. Lo que me dio satisfacciones, lo que me enrabió y lo que me dolió y logró sacar lágrimas. No fue un año fácil, pero fue un año en el que aprendí muchísimo; donde me enfrenté a varios desafíos inesperados y de los que pude salir, de unos con pena y de otros con gloria.

Y si bien pensé hacer un recuento el 31 de diciembre, éste tendrá que esperar un par de semanas más, cuando estemos de vuelta en el hemisferio norte.

No es que no tenga propósitos. De hechos tengo unos cuantos, como volver a las clases de yoga que este año dejé por problemas de salud, leer más libros -de preferencia en castellano, para no perder de vista lo que ofrece la literatura en la lengua de Cervantes-, visitar algún lugar donde todavía no he puesto los pies… y, por sobre todo, dejar de procrastinar, para bajar el nivel de estrés en mi vida y a mi alrededor. Ahora el desafío son las acciones para hacer realidad estas buenas intenciones y ese debe ser, sin duda, el propósito fundamental, que la palabra “acción” no quede perdida en la rutina del año… ¡lo siento! No hay fórmulas mágicas, lo que sea que esté en la lista de propósitos va a requerir de voluntad y esfuerzo. Así no más es.

¿Año nuevo, vida nueva? Quizás. Ya me emociono con el pensamiento del día que recibamos de vuelta al vikingo en Copenhague, así como pensando en el día en que -probablemente- deje el reino por un año para aterrizar en Santiago con nuevas tareas profesionales. El solo pensarlo me abre nuevas perspectivas para mirar mi vida personal, familiar, profesional… todo, y me entusiasma. Este año no tendremos discurso de Su Majestad a las 18:00 horas ni vamos a comer kransekage (el pastel de anillos de mazapán que es mi delirio y el vikingo casi ignora).

Este año estaremos intentando capear el calor mientras esperamos en familia ese mágico momento en que las campanadas de la medianoche nos van a indicar que el capítulo 2017 de nuestro libro ya puede comenzar a escribirse. Pero no, creo que no saltaremos desde una silla con la primera campanada como lo hacen los vikingos, sino que nos dispondremos a comer una cucharada de lenteja y a brindar con champagne con algo de oro en la copa para dar la mejor bienvenida a un año abierto para disfrutarlo y aprender.

No les envío un abrazo porque dicen que es de mala suerte, pero les deseo un magnífico término del 2016 y una entrada en el siguiente con mucha esperanza, con la mente y el corazón abiertos… y sí, sin importar qué, nunca está de más sentirte como una diva, ser feliz contigo mismo y compartir esa felicidad a tu alrededor ¡Bienvenido 2017!

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