Tiene 29 años, es soltero y el tercero de los hijos del matrimonio formado por el presidente del directorio de Walmart Chile, Felipe Ibánez, y Heather Atkinson, pero no le gusta que ese sea el dato principal al presentarlo, pues si bien trabaja en negocios familiares, siempre quiso tener lo propio.

Desde adolescente bromeaba con que antes de los 30 años tendría una casa y ganaría su ‘primer millón’. Quería ser independiente. Por lo mismo, cuando todavía estudiaba Ingeniería Comercial en la Universidad Adolfo Ibáñez se atrevió a iniciar un negocio, la empresa de marketing Touch, con su amigo y ahora socio José Masihy. Partieron con una inversión de 500 mil pesos y el 2012 facturaron más de 11 millones de dólares. Además, es socio del restobar Taringa y del restorán itinerante Taringuita junto a Masihy, su hermano Sebastián, su primo Jeremy Berry y Joselo De Camino; es miembro del directorio de algunos negocios familiares y presidente de la fundación que lleva sus apellidos.

Roberto Ibáñez ha dado algunas entrevistas para hablar de sus proyectos como empresario. Las grabadoras no lo intimidan, tampoco las fotos, aunque en este caso el motivo de la entrevista sea diferente, pues se referirá, por primera vez públicamente, al agresivo cáncer a la piel que le detectaron hace poco más de dos años y que lo llevó a iniciar un viaje clínico, emocional y espiritual que todavía no termina. Como él mismo cuenta, antes de la aparición de ese extraño lunar en su brazo, su vida estaba clara, había construido una torre y no pretendía moverse de ahí. Pero la llegada de la enfermedad fue como una bomba que destruyó sus cimientos, obligándolo a enfrentar la incertidumbre y a levantar una nueva estructura que afirme su vida.

Wp-R.Ibanez-193De este proceso surgió la idea de hacer ¡Mierda! Tengo cáncer, ¿qué hago?, una completa e inédita guía que está dirigida a pacientes, familiares y a todo el que quiera saber más de este mal. Paralelo a esto, creó Celebraciones con sentido, una fundación que se dedica a canalizar festejos de todo tipo y que propone reemplazar los regalos por donaciones en plata para ayudar a distintas fundaciones. La idea la sacó del cumpleaños que Touch le celebró a un cliente y le pareció que era una buena forma de aportar.

Le gusta tener el control de las cosas, entenderlas y hacerse cargo, por eso su rutina, hasta abril de 2011, empezaba temprano y terminaba muy tarde, varias veces tomando algo para cerrar el día en el Taringa. Reconoce que vivía sin pausa y que un día un amigo le dijo algo que hoy le hace eco: Cuidado, Roberto, no te vaya a dar cáncer.
Se relajaba practicando kitesurf o mountain bike, pero no bajaba la velocidad. Un ejemplo de esto es que estuvo tres años con diarrea y siguió con su ritmo a pesar de los dolores y la incomodidad que eso significaba. Los resultados de los exámenes mostraban que todo estaba normal, la única causa posible parecía ser el estrés, pero a su juicio todo estaba bajo control. Un doctor le propuso que hiciera una dieta libre de lactosa y gluten para probar, pero él no quiso. Los problemas continuaron y a fines de 2010 apareció en su brazo un pequeño lunar color piel que llamó su atención, aunque no demasiado. Tres meses después, cuando el lunar había crecido y estaba convertido en un ‘feo champiñón’ que el resto le sugería se sacara, recién visitó una dermatóloga. Ella le dijo que no se preocupara, que no era necesario operarlo y si quería hacerlo sería por razones estéticas.

—¿Y no te lo sacaste?
—No, porque si el doctor te dice que no lo hagas, ¿para qué? Además, había que pedir una hora ambulatoria y dije: no, chao nomás.

El lunar no le picaba ni le dolía. Se fue de vacaciones, pero con la insistencia de su mamá y sus amigos que le decían que era muy feo. Recién a principios de abril fue a la clínica y le quitaron dos lunares más de su espalda, cuyas biopsias salieron buenas. Ibáñez supo que algo raro pasaba cuando le dijeron que era necesaria una segunda opinión para la biopsia del lunar del brazo.

El 27 de abril de 2011 sonó su celular. Estaba en su casa, en medio de un almuerzo organizado por su mamá con gente del Teatro Municipal. Era la dermatóloga para decirle que tenía un melanoma. El quedó igual, no sabía de qué le estaban hablando, pidió que le explicara, pero la doctora prefirió que conversaran en la consulta. Pero ante su insistencia, escuchó, por primera vez, que lo que tenía podía ser mortal. Se asustó, lloró. Llamó a su papá y en menos de media hora estaban hablando con la doctora. Su padre tomó el control inmediato de la situación.

—¿Eso te tranquilizó?

—No tanto, porque, por un lado, al tener esta actitud más empresaria hacia las cosas puede ser un poquito lejano. Y además que uno es el paciente, y ahí lo que sucedió es que los doctores se enfocaron más en explicarle la situación a él que a mí. Esa es una de las cosas que sucede de la medicina en Chile, que es bueno y es malo. Hay pacientes que no se interesan en nada, otros que sí. En mi caso, yo soy una persona que le gusta estar encima de las cosas, de carácter fuerte.

—Había dos fuerzas ese día en la clínica.

—Sí. Una era más potente que la otra, y los médicos se enfocaron más en explicarle a mi papá.

—¿La noticia fue un bombazo para ti?

—No me cayó tanto la bomba. Le bajaron mucho el perfil al tema, los doctores me dijeron que no me metiera a internet porque iba a leer tantas cosas que me iba a asustar. Las probabilidades de que hubiera hecho metástasis no eran muy altas, era un 30 por ciento de posibilidades que sí versus un 70 por ciento que no. “Nos vamos a jugar ese 70 por ciento y eso significa que tienes que operarte, sacarte la piel que está alrededor del melanoma y hasta ahí llegamos con esto”, me dijeron. Y yo me enfoqué en eso.

Wp-R.Ibanez-193-3El día que lo operaron, pidió hablar a solas con el doctor, necesitaba entender bien qué le estaba pasando. Ahí supo que lo someterían al examen del ganglio centinela para chequear si había metástasis y que las posibilidades eran dos: una, que no hubiera ningún ganglio infectado y en ese caso podría irse a su casa pronto; o dos, que de haber compromiso de algún ganglio, estaría dentro de ese temido 30 por ciento y la cirugía sería más larga, porque habría que sacarle ganglios y después drenar la zona durante varios días.

Recuerda que lloró al entrar al quirófano, pero tenía una fe absoluta en el 70 por ciento. Miró el reloj de pared: “Son las once y media, cuando despierte deberían ser la una, las dos máximo”, pensó. Cuando abrió los ojos, vio al doctor y le preguntó la hora. El respondió: las siete de la tarde. Ibáñez supo que nada volvería a ser como antes.

Ha sido operado cinco veces desde que le detectaron el melanoma y asegura que la cicatriz que le quedó en su brazo después de la primera le recuerda todos los días que tuvo cáncer. Lo pasó mal, sintió rabia, miedo y pena. Se miró a sí mismo, a su familia, dejó afectos de lado y fortaleció otros. Estuvo un tiempo en estado neutro y se dejó llevar. También se dejó querer. Por otro lado, su padre se dedicó a investigar en profundidad sobre el melanoma, se contactó con varios especialistas en importantes centros del cáncer en Estados Unidos y envió las biopsias para conseguir otras opiniones. Roberto, sus padres y su hermano Sebastián viajaron a Boston. Fueron al Massachusetts General Hospital y al Dana Farber Cancer Institute, también visitaron a médicos chilenos que Felipe Ibáñez había contactado desde Chile y a un médico holístico para ver el tema de la alimentación y frenar las diarreas que hasta el día de hoy no tienen explicación.

Aquel viaje fue clave para tomar decisiones respecto del tratamiento que debía seguir debido a su tipo de melanoma, que era uno raro, pues estos tumores suelen manifestarse como lunares de bordes irregulares y pigmentación oscura, pero el suyo era color piel. Allá, Ibáñez confirmó que se tratan principalmente con cirugía, que ni la quimioterapia ni la radioterapia ayudan.
Al regresar a Chile la información era más clara: el suyo era uno de los cánceres más graves que existen, uno que avanza muy rápido, suele hacer metástasis en el cerebro o en el pulmón y tiene una alta tasa de mortalidad, sobre todo en aquellos casos en que no se detecta a tiempo. El melanoma, si bien no es uno de los tipos más frecuentes de cáncer en Chile como el de mama, estómago o pulmón, según cifras del Ministerio de Salud sí ha aumentado su incidencia, pese a que ha mejorado el diagnóstico precoz.
—Cuando entendiste que el melanoma te enfrentaba a la muerte, ¿qué es lo que temiste perder?
—Es una buena pregunta, porque si uno es un enfermo de cáncer de 50 ó 60 años quizá da miedo perderse haber vivido algunas cosas, tal vez te vayas de viaje… Pero para mí empezaba un nuevo cambio, me estaba replanteando varias cosas y me daba miedo no vivir la vida desde ese punto de vista. También me daba miedo no llegar a tener hijos, formar una familia.

—¿Qué significa el cáncer para ti?
—Quizás es malo para mi cuerpo, que tengo cicatrices y estoy medio lesionado, pero creo que es una de las mejores cosas que me han pasado.

—¿Por qué?
—Por el cambio de mirada, de perspectiva, por efectivamente obligarme a decir: Sabes, Roberto, haz las cosas que te gusta hacer y deja de hacer las otras tonteras. Enfócate en lo bueno. Descubrí una parte mía que desea entregar, expresar y también hay algo de querer quedar en la memoria de otros, trascender.

Esa inquietud lo motivó a escribir una guía sobre el cáncer. Sin embargo, eso no habría sido posible sin una situación puntual y mágica que cambió para siempre su forma de ver la enfermedad: conocer a Loreto Agurto, una mujer que había tenido melanoma y que le dio muchos consejos para afrontar todo lo que se venía.
Tiempo antes, su madre le había dicho que sabía de alguien que había tenido un melanoma y que estaba bien, que quizá sería bueno conversar con ella. El se negó rotundamente: “No quería que me hablaran de religión, imaginé que ella era como una especie de monja y me daba lata”, cuenta. Pero el destino quiso otra cosa. Un día tuvo problemas con el drenaje, se le inflamó una parte del pecho y lo enviaron a hacerse una mamografía. La situación era absurda, ¿hasta dónde más podría llegar el cáncer? Estaba en una sala de espera llena de mujeres y era el único hombre de la lista. De pronto se le acercó una mujer y le dijo: Tú eres Roberto Ibáñez. Era Loreto Agurto, quien sabía que él no había querido conocerla. Quedaron de juntarse a almorzar y conversar de lo que los unía. De ahí nació una amistad que lo marcó profundamente.

Wp-R.Ibanez-193-2“Ella había decidido no hacerse un tratamiento, yo tampoco lo quería hacer. Le pregunté cómo era su vida antes del cáncer, cómo lo llevaba. Me contó que aprendió a vivir cada día al máximo, no como si fuera el último, pero sí al máximo, ser lo más feliz posible. Y dejar los egos de lado, vivir sin ego, porque el ego te mata. Y ese fue un gran mensaje para mí”.
Ese mismo día, Ibáñez escribió una reflexión sobre su enfermedad y la conversación con Loreto Agurto. Intentó publicarlo en algunas revistas y diarios, pero no tuvo suerte. Entonces decidió que sí o sí debía transmitir ese mensaje y que además aprovecharía toda la información que su familia había recopilado sobre el melanoma para compartirla con quienes la pudieran necesitar. Así nació ¡Mierda! Tengo cáncer, ¿qué hago? de la mano de la periodista Carolina Díaz y Memoria Creativa. La idea era armar este libro a partir de los testimonios de 50 personas (pacientes, familiares, especialistas) y pedirles tips sobre el cáncer, siempre con una mirada positiva. A esto se sumaron capítulos sobre el melanoma y sus tratamientos, la relación médico-paciente, la alimentación y preguntas frecuentes con respuestas claras y sencillas.

Ibáñez afirma que esta publicación también es para que el lector se identifique con las historias personales de todos los familiares y pacientes que colaboraron y de quienes está muy agradecido, entre ellos Loreto Agurto, quien lo inspiró a escribir esta historia y quien murió el año pasado por una metástasis en el cerebro.

—Hacer este libro significó entonces volver a mirar el cáncer.
—Sí. Hacerlo fue súper fuerte, porque reviví muchas cosas, puede ser que a quienes lean este libro les suceda algo parecido al principio.

—El libro tiene tu historia como hilo conductor, ¿te da miedo esta exposición?
—Sí, me da lata que todo el mundo sepa toda mi historia. Quedo en pelotas con el libro y tiro toda la carne a la parrilla. El otro día le comenté a una amiga que tenía miedo de hacerlo y ella me dijo: Publica todo lo que necesitas publicar siempre y cuando eso ayude a alguien más. Y me puse a pensar y creo que todo lo que expongo ayuda.

Mientras, espera que el libro salga del horno y se niega a adelantar algún detalle porque prefiere que sea una sorpresa, asegura que vive el día a día “sin pensar demasiado en el pasado ni en el futuro”, que se esfuerza por ser responsable con la dieta y sus chequeos cada seis meses. Ahora se da más espacio para hacer actividades que le gustan, como hacer kitesurf en Matanzas o darse una mañana libre si lo necesita. Y aunque ya está mejor físicamente y no habla tanto del tema, dice que sabe que el cáncer no se ha ido de su organismo. Sin embargo, hoy lo ve como un consejero, como esos maestros de los libros “que te desarman el mundo y después te hacen armarlo nuevamente. El cáncer desarmó mi vida y la estoy armando, todavía hay ciertas cosas que no están resueltas”.