Ricardo Ffrench-Davis, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2005, analiza el escenario económico en su oficina del piso 15 de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Conversa con calma, con paciencia y sencillez. La escena tiene una estética de ese Santiago que mostraban las películas chilenas de comienzos de los noventa: el edificio antiguo, la lámpara encendida al lado del computador, decenas de papeles y carpetas sobre el escritorio y Ffrench-Davis, un académico de excelente humor, come cucharaditas de miel para aclarar la garganta. Hablaremos durante una hora de los vaivenes de la economía chilena, él se apasionará con el diagnóstico y posibles soluciones, pero a las 17 horas en punto se parará para irse al Teatro Municipal a escuchar obras de Soro, Mendelssohn y Tchaikovsky.

No es precisamente el prototipo de un Chicago boy.

“Porque no soy un Chicago boy, soy doctor en Economía de Chicago, que es distinto. Los Chicago boys son medio boys y tenemos que hacer economía adulta, aprovechando la experiencia y el conocimiento del mundo. Pero mejor no sigo porque mis excompañeros pueden sentirse y no soy agresivo”, dice risueño Ffrench-Davis, militante de la DC desde 1958.

Cuenta que llegó en 1959 a Chicago, consciente de que no iba a tomar cursos con Milton Friedman, el padre intelectual de esa generación de economistas chilenos neoliberales que fueron los artífices de las reformas económicas y sociales durante el régimen de Augusto Pinochet. 

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 —Pero usted entraba a sus clases.

—Lo iba a escuchar para saber lo que decía, pero tomaba los ramos paralelos. Sus cátedras eran brillantes, pero muy extremistas. Porque Friedman era un extremista neoliberal. Muy volado, en mi opinión.

 —¿Volado?

—Muy. Una fe ciega en el mercado. 

 —¿En Chile hay fe ciega en el mercado?

—Mucha. Durante la dictadura los Chicago boys invadieron las universidades. Enseñaban a creer, cuando la economía tiene que enseñar a pensar.

Ex director de Estudios del Banco Central de Chile y ex Asesor Regional Principal de la Cepal, Ffrench-Davis conoce perfectamente la historia económica de este país y la ha plasmado en varios libros de referencia. Actualmente termina unos papers donde analiza las políticas económicas de los cuatro gobiernos de la Concertación: Patricio Aylwin (1990-1994), Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), Ricardo Lagos (2000-2006) y Michelle Bachelet (2006-2010). A su juicio, partimos bien, pero en estos 25 años nos fuimos desinflando.

 —Tuvimos una transición muy positiva, tranquila, con pocas huelgas y la opinión pública paciente. La gente estaba contenta y había entendido que no se podía esperar una revolución. Vamos a ir despacio, pero avanzando. ¡Y avanzamos mucho! En los primeros nueve años de democracia, tuvimos un crecimiento de 7.1 por ciento. Nunca se había acercado Chile a eso. Dejamos muy atrás a América Latina. Los salarios crecieron fuertemente, aumentó la tasa de participación laboral y los privados, que a lo mejor no votaban por la Concertación, en el mercado estaban apostando. ¿Cómo? Invirtiendo a largo plazo. Como ministro de Hacienda de Aylwin, Alejandro Foxley, a partir de la inevitable continuidad, apostó con fuerza por el cambio máximo que se podía. Se fue realizando todo lo posible y lo posible no era una constante, sino que se fue haciendo mayor espacio. El año 93 se llevaron a cabo cambios que el año 92 y 91 no se podrían haber hecho. De manera muy coherente, razonada y dialogada, que también es muy importante.

 —Y después, ¿qué nos pasó?

—Entre 1997 y 1998 empezó este debate entre autocomplacientes y autoflagelantes —yo nunca estuve ni en los unos ni en los otros— y muchos dirigentes fueron poniéndose cada vez más complacientes. Se fue debilitando lo del cambio y fortaleciendo lo de la continuidad, especialmente entre los actores del terreno económico. Los siguientes ministros de Hacienda fueron muchos más continuistas y Chile se durmió en los laureles.

 —¿Eduardo Aninat, el ministro de Frei?

—Aninat llegó por casualidad al ministerio. Iba a ser Juan Villarzú, que habría sido un excelente ministro progresista, y se desató una campaña tremenda en su contra. Entonces, el Presidente puso a Aninat, que iba de embajador a Estados Unidos. Durante el gobierno de Frei no se supo responder frente a la crisis asiática y el Banco Central empezó a ejercer su independencia. La impuso Pinochet cinco días antes de la elección presidencial de 1989, pero en democracia, hasta 1995, el Banco trabajó estrechamente con Hacienda. Cuando nos fue bien, Hacienda y el Banco Central se sentaban juntos a hacer política macroeconómica.

 —¿Y Nicolás Eyzaguirre, el jefe de las arcas fiscales en la administración de Lagos?

—Fue muy continuista. En algún momento, una docena de economistas de la Concertación tuvimos un debate con él, porque llevábamos varios años en recesión y esta economía no lo merecía. Proponíamos un ‘shock reactivador’, usando los dólares que teníamos en una serie de propuestas muy conversadas con la Corfo, con el Ministerio de Agricultura, Obras Públicas y de Vivienda. ¿Sabe qué nos contestó?: “Si hacemos eso los mercados financieros nos castigan”. Luego vino Andrés Velasco, el ministro de Hacienda del primer gobierno de Bachelet, que fue también muy conservador. Son todos economistas respetables, honestos, inteligentes, pero otra cosa es ser jefe del equipo económico, un ministro transformador, en el Chile de esos años.

 —Pero Chile salió bien parado de la crisis internacional de 2009.

—El 2009 se soltó y Chile lo hizo muy bien, aunque el cambio positivo quizá fue porque Estados Unidos y China lo habían implementado antes. Nos faltan pantalones para insertarnos constructivamente en la globalización y no ser objeto pasivo de lo malo de ella. Después, en el gobierno de Piñera, Felipe Larraín no fue muy distinto a Velasco.

—Hasta que llegamos a Alberto Arenas, el único ministro de Hacienda de la democracia al que se le ha pedido la renuncia. ¿Cuáles fueron sus errores?

—Pasividad para ver los problemas que tenía enfrente. La desaceleración venía arrastrándose de la época de Piñera. ¡Obvio que venía de Piñera, si eso es claro! Pero si se desagregaban las cifras y conocíamos los componentes que se estaban desinflando, había que poner los ingredientes para activar: inversión pública. Lo empezó a hacer, pero tarde. Y, aunque iba en la dirección correcta, se quedó muy corto. Había que meterle tres o cuatro puntos adicionales. No repartir cheques, sino repartir inversión pública. Necesitamos más infraestructura en este país, más escuelitas, más policlínicos, más veredas pavimentadas en las zonas rurales. La construcción la toman los privados, contratan gente y se empieza a gastar más plata. Si la receta de reactivación es la misma en China, Corea, Estados Unidos y en Chile.

—Ahora todo el mundo anda deprimido, con un Imacec de mayo de un 0.8 por ciento y una rebaja en la proyección económica para 2015 a un 2.5.

—Lo que pasa es que hemos tenido un debate sociopolítico y sicológico brutal en Chile, espantosamente negativo. Miramos siempre el vaso vacío, cuando tenemos un vaso medio lleno. Y todo eso tiene efectos negativos en el corto plazo sobre la economía. Uno se sube a un taxi y el taxista está deprimido, va a un restorán y el mozo está deprimido, conversa con un dirigente empresarial y está crítico, igual que el dirigente sindical. Entonces uno dice, ¡esto no calza con lo que es este país! Hay elementos que son sicológicos, porque todos nos influimos por lo que escuchamos alrededor. Y lo que escuchamos es tremendamente negativo.

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 —¿De verdad cree que hay elementos para ser positivos?, ¿cuál es el vaso medio lleno que observa usted?

—La economía chilena tiene una capacidad productiva instalada —empresarios, equipos, maquinaria, infraestructura— y puede crecer mucho más que lo que está aumentando el PIB efectivo. Tenemos inversión e innovación hechas en los años anteriores, que nos dan un espacio de varios puntos de PIB para arriba. Somos relativamente cumplidores, en comparación a algunos de los otros países latinoamericanos. Hemos sido responsables y hemos guardado harta plata con el precio espectacular del cobre, lo que nos da respiro mucho tiempo. ¡No nos asustemos con la baja del precio! Tenemos 20 mil millones de dólares, para cuatro o cinco años de mal precio del cobre, para aguantarnos, rascarnos con platas propias. Tenemos un tipo de cambio alto, que es una gran ventaja en estos momentos críticos.

—Entonces ¿qué es lo que falta?

—Falta conducción y acción, comunicación, reacción racional de la gente, no dispararse en los pies, y poder ser capaces de meterle demanda a esta capacidad productiva que existe. Nos falta demanda pública y privada. Pero nunca es la privada la que parte oportunamente, sino la pública. Infraestructura, inversión, empleos de los jóvenes y las mujeres. Inyectar una base de inversión e incentivos públicos, reforma de financiamiento para el desarrollo, que dé sustentación al crecimiento futuro.

 —¿Cree que las reformas contribuyeron a generar este ambiente sicológico depresivo que, según señala, ataca a la sociedad y a la economía?

—Pese a los horrores del proceso de negociación y a que tiene tres o cuatro pifias importantes, tenemos una reforma tributaria que es mejor que lo que teníamos. Es mejor porque recauda más y de forma indiscutiblemente progresiva: paga proporcionalmente más el 20 por ciento de los chilenos con mayores ingresos. Pero el debate fue desastroso y ganó la desinformación, porque que el 70 por ciento de la opinión pública diga que no le gusta la reforma tributaria, es porque está engañada. Se instaló la imagen de que iba a afectar a la clase media y los pobres, lo que se vio reforzado porque la gente ahora tiene que pagar un poco más por la Bilz. Hubo un manejo comunicacional de parte del gobierno muy malo y, por parte de los opositores, muy eficaz, pero muy perverso.

—No será el único ingrediente.

—No es el único. La proliferación de fraudes: las farmacias, el Caso La Polar… A la gente le metían deuda adicional y no sabía. “Pucha, he pagado tanto y sigo debiendo”. No se daban cuenta de que les estaban metiendo esos reajustes de tasa de interés y, cuando se percataron, obviamente se indignaron. Luego explotaron los escándalos políticos: algunos de nuestros representantes, que debieran haber estado parando los abusos, tenían sus propios enredos.

—Pero usted es un optimista y no cree que haya razones para pensar que Chile se viene abajo.

—Chile no debiera irse abajo, pero cuando todos creen que va a ser así, lo llevan abajo. Por lo tanto, tenemos que revertir ese estado, para lo que se necesitaban cambios. Por lo menos hay ingredientes a favor: el cambio del ministro del Interior, el cambio del ministro de Hacienda, el triunfo de Chile en la Copa América…

 —¿Tiene algo que ver el fútbol en la economía?

— Claro, porque le cambia los ánimos de los agentes sociales y económicos, los que hacen cosas. “Miren, somos choros, podemos ser los mejores de América Latina”. Pero uno tiene que alimentar ese ánimo. Y para eso tiene que haber mucha conducción por parte de la Presidenta. Claridad. Así como la reforma tributaria fue muy confusa —quedó la sensación de que se arreglaron las cosas a puerta cerrada entre cuatro gallos— espero que comiencen a hacer correcciones y no retrocesos adicionales.

— ¿Ha fallado la conducción política?

—Ha faltado conducción política de parte de la Presidenta, que estuvo ausente los primeros meses de gobierno. Uno se preguntaba, ¿qué se está guardando para después? Y se generó un vacío. Este país quiere a un padre o a una madre. Y ella es carismática, muy agradable. Inteligente, re buena persona, ultrahonesta. Tiene muchos atributos para recuperar lo que ha perdido. Creo que las encuestas son muy injustas con ella, pero la están castigando por estas ausencias y errores.

 —¿Cree que el nuevo equipo de gobierno de Bachelet es menos reformista que el anterior?

—No. Yo espero que sea más eficaz para hacer las reformas. Porque uno puede adorar una reforma y, sin embargo, hacerla con las patas.

 —¿Los cambios estructurales son posibles sin crecimiento?

—Si no se produce la reactivación, si no se hacen las cosas bien, no va a estar la plata para la educación y la tentación de que los recursos se vayan en repartir cheques, y no en construcción de un país más integrado, es bastante grande. Estoy de acuerdo con el mensaje de que tenemos que recuperar crecimiento, pero hay una contradicción cuando se dice que, para lograrlo, tenemos que dejar de hacer las transformaciones: “Deshagamos la reforma tributaria”. No, hay que corregir la reforma tributaria. Para que recaude más, no para que recaude menos. Hemos perdido tiempo, la tasa de inversión ha caído, por lo tanto el crecimiento potencial se va achicando. Pero si recuperamos los ánimos y las cosas se hacen correctamente, esta situación económica se puede revertir.