Esta historia podría empezar ese 27 de noviembre de 1956 en que don Miguel Berríos, ingeniero civil, y la señora Lucy del Solar, dueña de casa, tuvieron a sus gemelos. Primero llegó Felipe y, cinco minutos después, Andrés. El que llegó antes, que siempre fue más inquieto que el segundo, de adulto iba a explicar: “Mi hermano se demoró, porque se quedó ordenando”.

Wp-berrios-gemelos-450

Este relato también podría comenzar dos décadas después, el 21 de mayo de 1977, en la casa de retiro de los jesuitas en Calera de Tango. Felipe Berríos del Solar, 20 años, estudiante de tercer año de Construcción Civil en la Universidad Católica, aprovechaba los días festivos para prepararse para sus exámenes de fines de semestre. Había estudiado en el colegio San Ignacio de El Bosque toda su vida y tenía un vínculo fuerte con la congregación, pero nadie de su círculo más cercano imaginaba lo que le iba a ocurrir a este muchacho buenmozo y dicharachero que jamás —jamás—usó cuadernos. En uno de los salones de muros gruesos de esta construcción de la Colonia, mirando el fuego de una chimenea, el estudiante de la UC sintió la paz y la alegría que nunca más volvería a sentir. Y supo entonces que su vida estaba cambiando de manera radical. No se equivocó: dos meses y 10 días después, el 31 de julio, entraba a la Compañía de Jesús. La decisión repentina sorprendió a su familia, a sus amigos y a la muchacha con la que Berríos tenía una intensa relación sentimental.

Pero para comprender mejor al protagonista de esta historia, quizá convenga arrancar en 2014. El religioso tiene 57 años y en las últimas décadas se ha convertido, tal vez, en el más popular y mediático de la curia chilena. Su regreso a Santiago el 19 de junio, después de cuatro años como misionero en Africa, es noticia nacional (en pocos países debe causar tanto interés el regreso de un sacerdote). Y pese a su plan original de mantener silencio y partir a un retiro, la fuerte infección dental que lo aqueja no le impide conceder tres entrevistas —a un canal, un diario y una radio— que prenden las alarmas, nuevamente, en parte de la jerarquía de la Iglesia Católica. A algunos obispos no les gusta nada que Berríos haya dicho que está dispuesto a bendecir a parejas homosexuales. Tampoco que se pregunte si es legítimo que la Universidad de los Andes y la UC construyan hospitales en el barrio alto. “Eso es inmoral”, responde el propio sacerdote. Y esas dos sentencias —como ha ocurrido otras tantas veces—, generan tensión, escalan y son discutidas al más elevado nivel de curia chilena.

Berríos, el provocador, está de vuelta.

Wp-oadre-berrios-450

Su infancia fue tremendamente divertida. El sacerdote y sus cinco hermanos —cuatro hombres y una mujer—, crecieron en una casa de Seminario con Irarrázabal, que todavía pertenece a la familia. Y ese lugar —que Berríos aún no visita después de su regreso— está marcado por recuerdos entrañables: el perro Toqui, los juegos con su gemelo Andrés —siempre fue y será su mejor amigo—, y la figura de su padre, fallecido en 2007. Dicen que don Miguel era un hombre excepcional que marcó mucho a su hijo Felipe: aunque era ingeniero —trabajó en el grupo BHC de Javier Vial— tenía profundos intereses humanistas. El padre de Felipe Berríos amaba la literatura y los trabajos manuales: en la casa de Ñuñoa había un taller donde acostumbraba realizar labores de gasfitería junto a sus hijos. Y siempre se ocupó de tenerle a los niños microscopios y telescopios, para que pudieran comprender lo infinito y lo pequeño. Quizá por su influencia, el cura Berríos todavía siente una tremenda fascinación por el espacio y por las herramientas.

No era un alumno destacado en el San Ignacio de El Bosque, ni en lo deportivo ni en lo académico, según recuerdan algunos de sus compañeros de generación: era un alumno de promedio 5.0. Sobresalía, más bien, por sus chistes y simpatía. Pero fue en el colegio donde Berríos vivió las experiencias clave que, seguramente, algunos años después de su egreso en diciembre de 1974, lo hicieron decidirse por el camino de la Compañía.

En el anuario se señala sobre él: “Berríos del Solar, Felipe. Nos acompaña desde las preparatorias. Se le conoce por su gran interés en Dios y en sus amigos, de los cuales se preocupa mucho. Gran colaborador en las cosas del curso y del colegio. Este último tiempo ha cambiado mucho en cuanto a sus intereses. Su preocupación por lo humano lo hace ser un sicólogo por excelencia”.

Era una época convulsionada en el San Ignacio de calle Pocuro, en Providencia. Los jesuitas estaban profundamente comprometidos con las transformaciones en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular y en 1971, cuando Berríos estaba en primero medio, estuvieron a punto de vender el establecimiento. Los sacerdotes, fundamentalmente, se cuestionaban la utilidad de tener un colegio para la burguesía. Y fue una discusión caliente que involucró a los profesores, apoderados y estudiantes y que, finalmente, se zanjó a favor de mantener el recinto de El Bosque. Pero, a cambio, se puso en práctica un sistema inédito en el colegio: la matrícula diferenciada. El hecho de que los padres pagaran de acuerdo a sus posibilidades provocó un efecto parecido al del programa de integración en el Saint George y su Machuca: comenzaron a entrar estudiantes de diferentes estratos sociales y, con ello, a establecerse lazos entre los jóvenes de mundos sumamente distintos.

La de Berríos fue una generación marcada por la fe y la demanda de compromiso social. Los trabajos en las fábricas y de verano –que debutaron en 1974–, vincularon a los alumnos al mundo obrero y campesino. Y en ese proceso fue clave la figura de un joven aspirante a jesuita, Juan Díaz, que lideró a las comunidades juveniles desde la Doctrina Social de la Iglesia y proyectos como el Ciclotrón. La iniciativa era arriesgada, pero vanguardista: consistía en que los ex alumnos debían hacer clases de religión a los estudiantes de primero medio. Y ahí estuvo Berríos, el profesor.

Todo este proceso fue fructífero para la Compañía de Jesús. Cuentan que el San Ignacio de El Bosque, por esos años, fue un semillero de vocaciones sacerdotales. Entre ellos, Guillermo Baranda, Jorge Costadoat, Antonio Delfau y Eugenio Valenzuela, ex provincial de los jesuitas en Chile (actualmente investigado por abuso sexual).

Wp-grupo-450

Luego de tres años en Tanzania, se ordenó sacerdote en marzo de 1989, a los 32. Y lo nombraron director de Infocap, la universidad jesuita para los trabajadores, ubicada en avenida Departamental. Fue entonces cuando sucedió un hecho que posiblemente marcó la relación de este religioso con los medios de comunicación: la periodista Gloria Stanley lo llamó por teléfono para invitarlo a su programa Los siete pecados capitales, de Megavisión. Y aunque dicen que Berríos en un comienzo se negó, terminó aceptando cuando supo que varios sacerdotes habían sido vetados por el canal. “Si no vas tú —le dijeron—, no vendrá nadie de la Iglesia”. Y el jesuita fue. Y habló sobre la reconciliación entre los chilenos.

A mucha gente ese programa le hizo sentido y su capacidad para hablarle a las grandes audiencias fue evidente. Tanto, que logró cautivar a una conductora que, por esos años, era un fenómeno en la TV: Eli de Caso. La animadora llamó a Berríos y, primero, lo invitó a su programa Aló Eli. Después, sin embargo, le ofreció ser panelista un día a la semana. Y Berríos –que siempre dice que el Evangelio debe comunicarse en un funeral, un bautizo, la radio o la TV– aceptó. Durante años estuvo en las pantallas de ese programa de Megavisión dirigido, sobre todo, a las mujeres dueñas de casa. Cuando recuerda aquellos años en que no era un personaje público, añora la libertad del anonimato. Y extraña poder pasar horas en una ferretería mirando y comprando herramientas.

El estilo Berríos no ha cambiado en dos décadas. Le siguen fascinando las gaseosas y los sándwichs. Su lenguaje es cercano y juvenil —utiliza el cachai como casi todos— y logra empatía con gente muy distinta. Los que lo conocen dicen que siempre los hace sentir especial y que eso encanta. Acostumbra a usar bototos y, para no enredarse, todo el año se pone camisas blancas de manga larga. Alguna vez descubrió que las que tienen un 60 por ciento de polyester no necesitaban tanta plancha y desde entonces usa siempre las de ese tipo, que además les da multiuso: sirven para estar en la población y para ir por la noche a alguna presentación de un libro.

Pero el pensamiento de Berríos ha evolucionado. En 1993, antes de su entrada a la TV y de su fama, lo entrevistaron en El Mercurio y le preguntaron por el caso de un sacerdote norteamericano que escandalizaba en aquella época por su abierto homosexualismo. Berríos respondió: “No creo compatibles sacerdocio y homosexualidad. A uno le toca aconsejar; vivir con otros sacerdotes, estar a cargo de niños… sería como el gato cuidando la carnicería”. También le consultaron por el ingreso de los homosexuales al Ejército. “No les permitiría el servicio militar: Si se requieren ciertas cualidades intrínsecas, como no tener pie plano, también pediría requisitos conductuales. Dejaría igualmente fuera al homosexual y al machista”, respondió Berríos, que también se refirió a la discusión sobre el divorcio. “Creo que se va a terminar legislando a favor de la familia”.

Los que lo conocen señalan que Berríos ha evolucionado y que, seguramente, se espantaría al releer lo que pensaba en 1993. Dicen que el sacerdote tiene una frase para esto: “Los únicos que no cambian son Dios y los tontos”. Y que en estas dos décadas ha mostrado, en la práctica, que tiene la fuerza y la libertad para contradecir al establishment de la Iglesia Católica y los poderes fácticos. Porque el jesuita se ha enfrentado en público y en privado a ciertas fracciones de la jerarquía eclesiástica que no apoyan ni la forma ni el fondo de su mensaje.

Wp-berrios-y-su-perro-450

Hay una decena de ejemplos.

El 26 de septiembre de 2003, en una carta a El Mercurio, pidió perdón a los hijos de padres separados luego de que la Vicaría para la Familia hiciera unos spots en que señalaba que ellos eran más propensos a la mentira, a la agresividad, a beber más alcohol, a fumar más marihuana, en comparación con los hijos de matrimonios no divorciados. Dicen que Berríos sociabilizó sus críticas con la Iglesia antes de escribir la misiva y que —sin duda— fue el momento más complejo de su tensa relación con los superiores.

En 2005 lo retaron los obispos. El sacerdote había señalado que hay una obligación moral de usar condón y la Conferencia Episcopal lo mandó a llamar a Punta de Tralca, donde estaban reunidos. Gestionaron el encuentro a través del provincial de los jesuitas en aquella época, Guillermo Baranda, y lo recibieron tres sacerdotes: el presidente de la Conferencia Episcopal, Alejandro Goic, el cardenal Francisco Javier Errázuriz y el obispo Cristián Contreras. “Todo sacerdote tiene que ser fiel a la enseñanza de la Santa Iglesia, a su magisterio”, dijo luego Goic criticando a Berríos.

En 2006 la tensión fue explícita. El sacerdote había escrito que cualquiera podía acceder a la comunión, que era un regalo de Dios y no un premio. El cardenal Errázuriz le pidió rectificar públicamente sus dichos y Berríos lo hizo a través de una carta, pero el escrito comenzaba de esta forma: “Mi pastor, el cardenal Errázuriz, me ha pedido rectificar algunas expresiones escritas en dos de mis comentarios sobre el Evangelio…”.

Tres años después –en 2009–, Berríos publicó una columna en la revista Sábado titulada ‘Extranjeros en su país’. En ese espacio —que tenía desde 2001— hablaba sobre las universidades instaladas “en la cota mil” de Santiago. Y se preguntaba: “¿Qué visión del país tendrá el profesional que salga de esa universidad?”. Las universidades aludidas —entre ellas la de los Andes, del Opus Dei— reaccionaron con fuerza.

Uno de los últimos episodios antes de embarcarse a Africa en 2010 sucedió a propósito de la elección del arzobispo de Santiago. Berríos abrió una fuerte polémica en junio de ese año al recordar que el obispo Juan Ignacio González, uno de los candidatos, había trabajado para la dictadura de Pinochet. “A finales de los ochenta dejó esto para ir a Roma, donde fue ordenado sacerdote y sacó un doctorado cuya tesis estaba relacionada con las capellanías castrenses en Chile”, explicó poco antes de su viaje.

Wp-carpinteria-450

Berríos no habla desde el temperamento y escoge con precisión los momentos para romper el silencio, explican quienes lo conocen. Consiente del interés que despierta y de su llegada a los medios –tiene buenos amigos periodistas–, el sacerdote aprovecha sus tribunas para exponer las conclusiones teológicas que, en su inmensa mayoría, comparte la Compañía. Los jesuitas explican que la vocación de la congregación ha sido históricamente el trabajo de frontera, que consiste en dedicarse con sensibilidad a las realidades más extremas y menos visibles. Y que esa labor los hace ser menos apegados a la doctrina, como lo ha demostrado Berríos, que se ha transformado en una especie de punta de lanza de los llamados sectores progresistas de la Iglesia.

Esto no quiere decir, en ningún caso, que Berríos no tenga detractores en su propia congregación, y sobre todo respecto a la forma que utiliza. Un jesuita que lo conoce de cerca señala que tiene un carácter difícil y es bastante terco. A mediados de 2013, por ejemplo, el superior de los jesuitas de ese entonces, Eugenio Valenzuela, a través de un correo electrónico pidió perdón al presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Ezzati, luego de la entrevista que Berríos concedió al programa El Informante de TVN desde Africa, donde hizo fuertes críticas a parte de la Iglesia. Y en su congregación señalan que se le había recomendado el silencio en este regreso a Chile de 2014, pero que Berríos actúa con una libertad total.

Las críticas externas, sin embargo, no sólo se refieren a la forma. El docente de la Universidad de los Andes, Joaquín García-Huidobro, escribió que “el problema del padre Berríos no es el lenguaje que utiliza, sino el combo que nos presenta, donde se mezcla todo sin mayores distinciones, desde el ‘matrimonio’ homosexual hasta el mejoramiento de la educación…”. Y un sacerdote salesiano que trabajó 16 años en África, Ricardo Cáceres Lamas, también lo criticó a través de una carta: “No tuve esas posibilidades económicas como tú desde Chile con tus amigos y empresarios”. La misiva se publicó en la página web de la Conferencia Episcopal.

Wp-felipe-berrios-450-2

Sucedió una noche no determinada entre 2000 y 2006, en el gobierno de Ricardo Lagos. El Presidente y su señora, Luisa Durán, fueron a comer a la comunidad jesuita Arrupe, en Departamental, donde por años vivieron Berríos y el padre Fernando Montes. Hasta la actualidad son una dupla inquebrantable dentro de la Compañía: Montes, más intelectual y pausado que Berríos, fue quien lo recibió en la congregación cuando el estudiante de Construcción Civil de la UC decidió ingresar al seminario. Y desde entonces, hace casi 40 años, mantienen una amistad férrea. De hecho, cada vez que Berríos se pasa de decibeles en sus mensajes, Montes aparece para matizar y explicar.

No era extraño que estos dos sacerdotes recibieran visitas de alto nivel. Cuentan que por esos años una porción importante de la elite chilena llegó a la comunidad Arrupe para conversar con Montes y Berríos: presidentes y ex presidentes de la República, políticos de todas las tendencias, empresarios y hasta figuras del mundo del deporte, como Iván Zamorano y Marcelo Bielsa. Y la visita de Lagos y su señora, donde comieron platos preparados por el propio Montes también resultó sumamente grata y hasta chistosa: el padre Montes toda la noche llamó Gustavo al Presidente. Tan agradecida estaba la Primera Dama por la compañía que les regaló una cajita de té muy fina.

Pocos días después, el padre Montes llegó a la casa y se encontró con una tremenda humareda. No se explicaba qué había sucedido hasta que vio a Berríos en la cocina junto a unas ollas. Lo que había ocurrido no tenía explicación lógica para Montes: su compañero había ocupado el té de Luisa Durán para teñir unas sábanas que le iban a servir como banderas de los barcos que tanto le fascina construir. Las carabelas de Berríos están repartidas por colegios de todo Chile y muchas veces, por su tremendo gusto por las herramientas y los trabajos manuales, el sacerdote se avergonzó de dar la comunión con las manos llenas de pegamento.

Berríos tiene una importante red de influencias, como es habitual entre los miembros de la Compañía de Jesús. Los jesuitas explican que siempre han sido capaces de ejercer su labor pastoral y, al mismo tiempo, vincularse con las elites. El propio San Ignacio de Loyola, señalan, se carteaba con los reyes de Europa mientras establecía vínculos con los más miserables.

Cuentan que Berríos tiene una relación de padre-hijo con Hugo Yaconi y que el empresario ha estado detrás de sus más importantes proyectos. Y que ese primer anillo de confianza, además de Montes y su hermano Andrés, lo conforman María Luisa García-Huidobro, la periodista Andrea Vial y su marido, Juan Agustín Vargas, Claudia Vial y el ministro de Defensa, Jorge Burgos, su compañero de colegio en el San Ignacio con el que tomaban el trolley para regresar a su casa. Pero sus inmejorables relaciones con la elite trascienden las fronteras ideológicas y religiosas: los empresarios Roberto Fantuzzi y Juan Pedro Pinochet –ex director ejecutivo de Un techo para Chile– son dos de sus principales aliados en el sector privado. En el mundo político, tiene lazos transversales: se lleva estupendo con Jovino Novoa y con el ex presidente del Consejo de Defensa del Estado durante el periodo de Lagos y Michelle Bachelet, Carlos Mackenney. En la polémica que lo enfrentó a la jerarquía de la Iglesia antes de partir a África, fue la propia historiadora Lucía Santa Cruz la que salió en su defensa con carta a El Mercurio.

El padre Berríos está de vuelta.

Luego de las entrevistas se sumergió en un retiro espiritual que lo tendrá algunos días alejado de la contingencia, y solamente sus visitas al dentista interrumpen su estado de reflexión. Intenta no hablar por teléfono —poco y nada entiende el nuevo aparato que le regaló su hermano Andrés—, lee la autobiografía espiritual de San Ignacio y se encuentra a la espera de que la Compañía de Jesús especifique las labores que deberá realizar desde este 2014. Cuentan que todavía no ha procesado del todo su regreso desde África y que el aterrizaje —a la vista está— ha sido demasiado intenso. En el otro continente dejó a su perrita Leo y, entre tantos recuerdos, el de las cuatro familias que bautizaron a sus hijos con su nombre en señal de agradecimiento. Acá lo esperaba su madre Lucy, mayor y enferma, que no lo reconoció después de cuatro años tan lejos.