Esposados el uno al otro Fernando y Felipe entran ya por tercera vez a la sala de la Corte Criminal de Malasia. El destino que ayer los cruzó durante una placentera estadía en Nueva Zelanda, hoy los une en una celda de las tristemente famosas cárceles de este país asiático.

Sonrientes y conversadores hacen su aparición en escena. Lucen saludables. Ambos rapados, vestidos con una camisa blanca. Felipe, el más delgado, le guiña coquetamente un ojo a su polola belga, que lo espera estoicamente jornada a jornada. Fernando por su parte recibe un efusivo abrazo de su madre Maritza.

Los dos jóvenes chilenos detenidos hace un año en una cárcel de Alta Seguridad, acusados de homicidio, arriesgan pena de muerte lejos de casa y los pocos asistentes al juicio no alimentan sospechas sobre la conmoción que genera el caso a 16 mil kilómetros de distancia.

La sala y sus actores parecen de película. Un estrado en alto adornado con las banderas de Malasia y Kuala Lumpur, un pequeño corral –también en altura– para los testigos, y otro más grande para los imputados.

Los abogados lucen sus largas togas negras como lo exige la tradición local y la fiscal le suma un tradicional velo musulmán. De pronto una chicharra resuena en la sala mientras un joven policía le pide a los presentes que se pongan de pie.

El juez entra en escena. En él reposan las esperanzas de las familias Osiadacz y Candia para no terminar esta desafortunada historia en la horca.

El juicio arranca y la inmediata presentación de cargos de parte de la fiscalía hace cambiar las sonrisas por gestos de preocupación. La fiscal narra uno a uno los hechos de la fatídica noche que cambiaría la vida de estos dos chilenos. Un crudo relato en el que la agresión de un desconocido terminaría con su propia vida tras la reacción de los jóvenes.

Los detalles de esta historia llenan de lágrimas los ojos de Felipe, quien, como en una especie de regresión, vuelve a vivir una noche que jamás quisiera repetir. Entre el público su padre Fernando también se quiebra. Sabe que en cada relato está en juego la vida de su hijo. La narración de la fiscal en malayo es cruenta y explica cómo los chilenos se abalanzaron esa madrugada del 4 de agosto de 2017 sobre la víctima hasta inmovilizarla, de tal manera que terminaría falleciendo por asfixia. Lo que la justicia malasia catalogó como un homicidio es condenado en este país con pena de muerte.

EL RELATO DEL SEÑOR LIM

Para confirmar el relato de aquella noche, la fiscalía pide el ingreso de Lim. El recepcionista chino del hotel Star Town Inn, único testigo de los hechos.
Con unos 70 años de edad Lim parece sacado de una película de artes marciales jugando el rol de aquel protagonista torpe y despistado que termina siempre por arruinar la escena.
Lento y dubitativo en cada una de sus respuestas, mediante ademanes poco claros, trata de explicar cómo se produjo el homicidio. Da cuenta de un hombre vestido de mujer que intentó subir al ascensor junto a los jóvenes y cómo él mismo lo frenó por no tratarse de un huésped.

Luego vendría el turno de la abogada de los imputados, quien se planteó un único objetivo: demostrar la legítima defensa que los exima de morir en la horca.
Un libro repleto de capturas de pantalla del video de las cámaras de seguridad sirve de guía para que Lim vaya respondiendo cada una de las preguntas. El chino se limita a contestar “yes” y “no”, y asiente en la mayoría de las interpelaciones que buscan dar cuenta de la agresividad de la víctima.

Con tono firme, la abogada de origen indio Venkateswari Alagendra le pregunta por qué no llamó a la policía a pesar de la permanente insistencia de Felipe. Desorientado, Lim pareciera no entender la gravedad de los hechos narrados.

Pasan los minutos y en el ambiente comienza a reinar la sensación de que la abogada logró su objetivo.
“¿Se acuerda que estuvo declarando el día de ayer?”. Con esta particular pregunta, Alagendra le insinuó al juez cuán inconsistentes podían ser las respuestas de Lim.
“¿Cree que si hubieran querido cometer el homicidio, se habrían quedado junto al cuerpo esperando a la policía?”, indagó la defensora en una pregunta que pareció sobrepasar el entendimiento del chino.

malasia2

A esas alturas varias conclusiones parecían jugar a favor de los chilenos. Lim no solo se demoró demasiado en llamar a la policía, sino también mantuvo en todo momento una conducta errática en medio del caos que se apoderó de la recepción que tenía a cargo. Es más, tampoco supo darse cuenta de que aquel “hombre vestido de mujer” permanecía ya sin vida. El único momento en que Lim soltó una carcajada fue cuando recordó que la “mujer” que había atacado a los chilenos lo hizo con una llamativa voz masculina. Mientras, los medios comenzaban a confirmar los trascendidos que indicaban que la víctima era un travesti.

JUICIO BABILÓNICO

Ante la tentación periodística de obtener la primera imagen de Felipe y Fernando tras un año presos, la orden fue tajante: “Está prohibido sacar alguna foto o grabar videos”, le dijo la abogada a los pocos periodistas presentes en la sala. “Arriesgan cinco años de cárcel por desacato a la autoridad”, añadió.

Intentar mantener el caso lejos de los medios y evitar la foto de Fernando y Felipe esposados fue planteado como parte importante de la estrategia para no incomodar al poder judicial malasio.
No hubo declaraciones de los familiares, quienes adujeron tener miedo a que cualquier comentario o palabra mal dicha pueda jugarles en contra. Intentaron levantar el menor polvo posible, incluso por el temor de que los medios locales se enteren de un caso que acá ha pasado completamente inadvertido.

“Para la idiosincrasia en Malasia, llenar esta sala de periodistas sería allanar el camino a la pena de muerte”, comentaba un familiar.
Transcurrieron las jornadas y en la sala solo dijeron presente dos canales de televisión chilenos. Y CARAS.
El malayo es la lengua oficial de la corte, sin embargo, el inglés también es aceptado (Malasia era colonia inglesa).

Lo paradójico es que con el chino mandarín de Lim y el español de los chilenos, la sala se transformó en una mezcla cosmopolita que había que subsanar para sacar adelante el juicio.
Mientras la fiscal se dirigía al juez en malayo, Alagendra lo hacía en inglés, mientras la traductora de Lim realizaba esfuerzos para que el hombre algo entendiera.

Tras la estadía en Nueva Zelanda, Fernando y Felipe hablan perfecto inglés, pero para evitar cualquier malentendido ellos también tenían su propio intérprete. Sin entender mucho, metros más atrás la familia tuvo que aguantar las prolongadas intervenciones en malayo. No fue un impedimento para que los cuatro parientes provenientes de Chile jamás se movieran de su asiento.
Del mismo modo, Rodrigo Pérez, embajador de Chile en Malasia, y Juan Francisco Mason, cónsul en Kuala Lumpur, hacían esfuerzos para interpretar lo que allí pasaba.
El reloj marcaba las 16:30 del viernes. La declaración del primer policía en llegar al lugar de los hechos fluía con normalidad y sin detalles que llamasen la atención. De pronto el juez marcó un “stop” e invitó a las partes a seguir con el juicio el 27 de agosto. Casi un mes de receso motivado por el colapso del sistema judicial de Malasia, importantes feriados a nivel nacional y la apertura del proceso en contra del ex Primer Ministro Najib Razak por corrupción.

Según la abogada defensora, a la vuelta todo podría definirse solo en tres días. Desde Chile, Jorge Bofill, abogado de los chilenos, asegura que “la pena de muerte se aleja como sentencia”.