“Venía de un viaje de placer con mi hijo menor y cuando pasé policía internacional, me esperaba mi ex marido. Ahí me enteré de que José Ignacio, mi hijo mayor, estaba muerto. El terapeuta me había dicho que no postergara mis vacaciones porque si lo hacía él se iba a sentir culpable de arruinármelas. Mi hijo tenía 20 años y estaba con una depresión diagnosticada y tratada. Duró cinco meses desde que se enfermó hasta que murió”, recuerda Pilar del Rio, presidenta de la Fundación José Ignacio que previene el suicidio en niños y adolescentes, a través de talleres, charlas y escuchando a jóvenes sin esperanza.

Al igual que José Ignacio, Katherine Winter decidió partir semanas atrás. Tenía 16 años, alumna de primero medio del colegio Nido de Aguilas, era aficionada al canto y a la composición de música en inglés. Este caso y otros no tan publicitados nos remecen y ponen, cada cierto tiempo, frente a una realidad difícil de manejar como sociedad.

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), a nivel mundial el suicidio es la segunda causa de muerte en esta etapa de la vida, una realidad que también comparte nuestro país. En Chile, entre los 10 y 19 años los jóvenes fallecen principalmente por accidentes de tránsito, y luego por violencia, entre ellas la autoinfringida. Pero la situación más grave es que por cada muerte intencional se estima que hay 20 intentos de suicidio y que 50 adolescentes presentarían pensamientos de muerte o ideación suicida.

“La tasa por suicidio global en Chile está bajo el promedio de la OCDE. Después de un ascenso preocupante entre el 2000 y 2008, las cifras descendieron y hoy se ubican en 10.2 por 100 mil habitantes. En ningún momento alcanzamos récord mundial, no estamos cerca de Corea del Sur, que tiene una tasa de suicidio de 30 por 100 mil habitantes. En adolescentes sucedió algo similar, de acuerdo a la OMS en los jóvenes entre 15 y 19 años el suicidio subió hasta 12.9 por 100 mil (2008), para luego bajar al 8.1 por 100 mil. Desgraciadamente no contamos con cifras desagregadas por edad, sólo tasas globales del último reporte de salud de la OCDE (2017)”, señala Mauricio Gómez, jefe de Salud Mental de la Subsecretaría de Salud.

Múltiples causas

El siquiatra agrega que no existe una causa única. “La ideación, intento o suicidio deben rastrearse en factores biológicos, genéticos, sicológicos, familiares, de historia de vida y socioculturales que actúan de manera conjunta generando vulnerabilidad”. Señala que el principal factor de riesgo es la presencia de una enfermedad mental previa y de intentos suicidas. “Detrás de la historia de un joven que busca el suicidio es frecuente encontrar antecedentes de violencia, maltratos, abusos, bullying y altas exigencias familiares. Hay una cadena de eventos vitales que llevan al sufrimiento sicológico, enfermedad mental y episodios desencadenantes que precipitan la decisión”.

Según Gómez “en Chile tenemos altas cifras de violencia intrafamiliar y abuso hacia niños y niñas. Está comprobado que el abuso sexual en la infancia produce enfermedad mental, y es un tema que ocurre dentro de la familia o con personas cercanas y que daña para siempre. Además, hay grupos que presentan especial vulnerabilidad, como puede ser la condición LGBTI, de migrante y de pueblos originarios”.

RIESGO Y DETONANTES

“La incidencia de conductas suicidas, incluyendo muertes, está totalmente determinada por el sexo”, explica Carolina Hausmann-Stabile, trabajadora social PHD, académica en el Bryn Mawr College en Philadelphia, EE.UU. “Sabemos que las mujeres presentan mayor ideación e intentos suicidas, mientras que los hombres concretan más muertes, ya que ellos utilizan métodos más letales. Se considera que por cada cuatro hombres que mueren por suicidio, fallece una mujer”.

Análisis preliminares de los datos en niñas en países como México, Colombia y Perú —en los de Chile aún se trabaja— identificaron altos conflictos con los padres. “Las jóvenes tienen problemas por temas de autonomía: cómo vestirse, pololear, tener ciertos amigos. Y por su parte los padres buscan reforzar normas tradicionales de crianza, como no dejarlas decidir con quién estar en su tiempo libre. A medida que la joven demanda más autonomía y surgen conflictos, reportan más conductas de riesgo, depresión y desesperanza que llevan a ver el suicidio como la única solución”, señala Hausmann. Además de factores de riesgo, existen detonantes. Entre ellos el efecto de contagio o imitativo, por el cual un suicidio facilita la ocurrencia de otro, el rol de los medios de comunicación y también el bullying.

Para Carolina Hausmann “las nuevas tecnologías han cambiado la forma en que los jóvenes experimentan el acoso. Hasta hace poco podían ser afectados en el colegio, pero cuando llegaban a sus casas estaban protegidos. Hoy la presencia de los pares es constante a través de las redes sociales. No hay espacios para recuperarse del maltrato. En relación al contagio o efecto Werther de las conductas suicidas se sabe que en adolescentes —pero no en adultos— podría haber imitación y colaboraría la difusión inadecuada de noticias de este tipo por los medios”.

suicidio2

La siquiatra Virginia Boehme afirma que “el suicidio de otro me facilita su ejecución y si existe un trastorno siquiátrico previo, puede acelerar los impulsos suicidas. En todo caso la imitación siempre acontece en individuos que tienen vulnerabilidad y un vínculo afectivo con la persona que ha cometido este acto previamente”. María Paz Araya, sicóloga de la Subsecretaría de Salud Pública, entrega claves para evitar este contagio, sobre todo en los colegios.

“Es fundamental el manejo adecuado de la información, dar apoyo a estudiantes y profesores, favorecer el proceso de duelo, poner a disposición los servicios de ayuda sicológica en caso de ser necesario, sobre todo con los amigos de la víctima y compañeros de colegio con quienes habría tenido conflictos. Tener precaución con las acciones conmemorativas, evitar memoriales o actividades que muestren al estudiante como un modelo a seguir”.

Los medios de comunicación juegan un rol fundamental. Existen recomendaciones internacionales —como las de la American Foundation for Suicide Prevention (SPRC)— que deben seguir como parte de su ética profesional. “Evitar el sensacionalismo, no hacer parecer como héroe al suicida, no dar razones simplistas ni revelar detalles del método utilizado, no publicar fotografías o notas suicidas. Sólo hay que dar información relevante y jamás en primera plana, así como señalar indicadores de riesgo y señales de advertencia al igual que líneas de ayuda”, explica Mauricio Gómez. Vínculo afectivo ¿seguro de vida? José Ignacio murió el 2005. Le había ido excelente en la PSU, estudiaba ingeniería comercial como quería, tenía buen humor y muchos amigos, pero sufría de un dolor insoportable.

“En los talleres que hacemos los padres describen a los hijos que han perdido de manera muy diferente entre sí. Algunos eran introvertidos, otros el alma de la fiesta, artistas, matemáticos, pero casi todos demostraban una especial sensibilidad que los hacía sufrir intensamente frente a problemas o dolores habituales de la vida”, explica Pilar del Río.

Lo cierto es que siempre existe algún aviso, un llamado de atención. “Cuando mi hijo me dijo: ‘me voy matar’ lo llevé de urgencia a la sicóloga y al siquiatra, pero le bajaron el perfil a algo que hoy sé es de suma gravedad. Un tiempo antes había dicho ‘no prepares tanto las vacaciones porque a lo mejor yo no voy a estar’. Pensé que le daba lata salir con sus papás y hermanos porque iba a cumplir 20 años. Ahora le preguntaría más detalles, porque sé que es una señal velada de riesgo suicida”, recuerda Pilar.

“No supe estar para él, no tenía idea de que una depresión podía conducir al suicidio. Para una mamá imaginar que un hijo está pensando en matarse, nos supera. Los padres que perdemos hijos por suicidio tenemos que enfrentarnos a la realidad de que trajimos niños al mundo con tanto amor, pero que su dolor era superior a sus ganas de vivir”, confiesa. Escuchar y conversar, sentirse acompañados —aunque suene trivial— parecen ser puntos claves para apoyar el tránsito de los jóvenes a la adultez.

A juicio de la siquiatra Virginia Boehme, especialista en adolescentes, en Chile eso no sucede, lo que les genera ansiedad, miedo, angustia y rabia que exteriorizan en adicciones o bullying hacia los compañeros. “Por otro lado, está la cultura del narcisismo, del éxito. Un contexto donde no cumplir o fracasar puede constituir un problema tan grave que los hace pensar en desaparecer. No sabemos traducir ni leer las múltiples señales que nos entregan los niños. Estamos demasiado ocupados en nuestros mundos, en nuestro trabajo. Tenemos que ver a los hijos con las reales deficiencias que no hemos sabido corregir o ayudar a superar”, recalca la experta.

Y agrega que es tarea de los adultos padres, profesores y sociedad guiarlos con paciencia, amor, comprensión y tolerancia, aceptando que son distintos de nosotros. “Viven otras realidades, van a recorrer otros caminos. Si logramos crear un vínculo de afecto y confianza hemos construido el mejor seguro de vida para nuestros hijos. Un joven con ideas suicidas siempre requiere ayuda especializada urgente de un profesional de la salud mental”.

Hablar para prevenir

La prevención del suicidio adolescente debe ser una estrategia integral, que tenga pertinencia regional, local y que incluya intervenciones preventivas con evidencia empírica de su eficacia, asegura el siquiatra Mauricio Gómez.

“Sigue las mismas orientaciones que para la población general, pero poniendo foco en los contextos de sus vidas, la familia, la escuela, modos de entretención y grupos de pares, el consumo de sustancias y un desafío importante para el sector salud, lograr que entren en contacto con el sistema sanitario. Actualmente, a partir de un trabajo en conjunto con el Ministerio de Educación, se lanzará una Guía para la Prevención de la Conducta Suicida en establecimientos educacionales. Esperamos con todo esto que la baja observada en las tasas de suicidio se mantenga”, agrega el experto.

Escuchar a los jóvenes es para Paulina del Río la mejor alternativa. “La verdad, esto ha sido una forma en la que yo he dado un cierto sentido a la muerte de mi hijo y a mi propia vida. Así como acompaño a los chiquillos a ampliar su mirada, ellos también me ayudan a mí porque siento que por fin soy útil y estoy aportando algo. Es importante decir que el suicida no quiere morir ni poner fin a su vida. El suicida solo quiere poner fin a un dolor a veces insoportable y nuestra misión es mostrarles una salida y acabar con la desesperanza”.