Alejandra Morales San Martín vive en una pequeña casa que arrienda cerca de Talcahuano, con su hijo mayor, Eduardo, quien está a punto de terminar sus estudios de ingeniería en la Universidad del Bío-Bío.

Entre sillones demasiado grandes para el estrecho living comedor, está la mesa, donde despliega las fotos que le sacó a su hijo menor un mes antes de que en un proceso express la justicia chilena decidiera darlo en adopción, ademas de la carta que le envió a su casa la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, en 2012, informándole que su denuncia había sido acogida a tramitación.

Christian tenía siete años la última vez que lo vio en 2007, en un hogar de menores de la red de colaboradores del Sename. “Recuerdo que quería unas zapatillas con luces que se las llevé. No paraba de mirárselas y preguntarme que cuándo podríamos estar todos juntos. Yo le decía que estaba trabajando para eso”.

Menos de un mes después, una llamada anónima en el lugar donde trabajaba en Santiago la alertó de que se estaban haciendo trámites para quitarle a su hijo. Alejandra viajó de inmediato a Concepción para intentar impedirlo. No sabía, dice, que se enfrentaría a una batalla desigual.

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Hija de segunda categoría

Alejandra nació en una familia de padre ausente y madre empleada doméstica. Fue la menor de cuatro hermanos. Recién ahora que es adulta, dice, se da cuenta de que su mamá la crió diferente. Sus hermanos mayores no hacían labores de casa, no tenían que trabajar de niños. Ella sí. “Yo creo que era porque era la más chica. Me tocó”.

A los 12 años murió su padre, pero apenas se dio cuenta porque prácticamente no lo veía. A los 15 falleció su mamá y entonces quedó bajo la custodia de sus hermanos. Lo primero que le dijeron fue que tenía que salir a trabajar. Fue así que siguió los pasos de su madre y terminó trabajando como empleada doméstica en el día. La enseñanza media la finalizó en un liceo nocturno.
“Un día conocí a un hombre mayor que yo. No pensé bien. Me enamoré y quedé embarazada”, recuerda. Su pareja reconoció al niño, pero no ayudaba a su manutención. Alejandra tuvo a su primer hijo a los 23 años, en un hospital público, y su hermana le permitió vivir con él en su casa. Ahí lo dejaba en el día mientras trabajaba como empleada. Pero siete años más tarde, volvió a quedar embarazada de la misma pareja y su hermana la expulsó de la casa. “Ella tiene una situación económica buena. Y claro, le conté. Entonces me dijo: ‘Ah, no. Usted se retira de mi casa. Le doy una semana para que se vaya’. Yo tenía dos meses de embarazo. No tenía dónde ir”.

—¿Y tu pareja tampoco respondió?

—Mis hermanas hablaron con él, y dijo. ‘Lo que voy a hacer es llevarme al Eduardo’. Se lo llevó mientras yo buscaba un lugar donde tener a mi otro hijo. Fue así que llegó a vivir a un hogar para mujeres embarazadas indigentes que regentaba el Club de Leones.

“Cuando estaba como en el quinto mes de embarazo, me empezaron a presionar. La asistente social me llamó a la oficina para decirme: ‘Te queremos ofrecer algo para que tú no tengas problemas. Tu hijo está por nacer. Piensa si lo quieres dar en adopción’. Yo le contesté que no altiro, que yo quería a mi hijo. Independientemente de cómo estuviera, yo lo quería igual”.
Alejandra cuenta que el padre de los niños, que la visitaba de vez en cuando en el hogar y le llevaba a su hijo mayor para que lo viera, compartía la idea de no darlo en adopción, sin embargo tampoco le ofrecía que se fueran a vivir juntos. Por ese tiempo, ella descubrió que su pareja se había casado y había formado otra familia.

Christian nació en abril de 2000 y Alejandra pudo regresar con su hijo a la residencia del Club de Leones por unos meses. Allí la visitó su hermana quien la golpeó enfrente de las demás internas. “Me dio dos cachetadas. Estaba furiosa, porque creía que yo sabía que mi pareja era casada y que le había mentido. Ni siquiera quiso conocer a mi hijo”, relata.

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Cuando el niño tenía cuatro meses, Alejandra tuvo que abandonar la residencia. Su pareja le pagó un hostal por un mes y después dejó de ayudarla. “Yo estaba mal. No tenía qué darle de comer, ni dónde vivir. Una asistente social en un consultorio me aconsejó que dejara al niño en un hogar para que pudiera trabajar”.

Antes de aceptar la idea, Alejandra recorrió las calles de Concepción, tocando puertas y rogando que le dieran un trabajo en que pudiera estar con su guagua. Fue a la radio Bío-Bío y pidió que pusieran un aviso con su ofrecimiento, pero no respondieron.

“Nadie aceptaba que trabajara con mi hijo. Y yo veía que el único que estaba sufriendo era mi niño, porque yo podía aguantar el hambre, ¿pero él…? Con el dolor de mi alma lo llevé al hogar Arrullo, en el Cerro La Virgen, en Concepción. Y me puse a trabajar de nana”. Alejandra visitaba a su hijo tres veces por semana. Sus patrones le daban permiso para hacerlo. “Lo veía todo lo que podía. En las noches no lograba dormir pensando en él, pero no tenía otra alternativa. También veía a mi otro hijo, que seguía con su papá”.

Traslado a un nuevo hogar

Christian creció y cuando cumplió un año fue trasladado al hogar Tupahue. “Con lo que yo ganaba no me alcanzaba para arrendar un lugar y tener a mis dos hijos. Por eso mismo trabajaba puertas adentro, para sobrevivir y gastar lo menos en mí, y poder tener para llevarle sus cosas, y comprarle a Eduardo también, porque igualmente tenía que hacerme cargo de él, aunque estuviera con su papá. Me di cuenta de que así no iba a salir nunca de ese círculo. Necesitaba ganar más. En un momento, cuando Christian ya había cumplido cinco años, pensé: ‘Voy a postular a una casa, pero para eso tengo que ganar más’, tenía que ahorrar. Incluso todavía tengo la libreta que abrí. Una agencia de empleo me ofreció un trabajo mejor pagado, pero en Santiago. Yo encontré que esa era la única salida que tenía para poder recuperarlo y vivir con él. Fui al hogar Tupahue y hablé con el director técnico, Camilo Muñoz. Le expliqué lo que quería hacer y él me aseguró: ‘Señora Alejandra, ningún problema. Usted haga nomás lo que tiene que hacer; nos deja la dirección y todo como corresponde’. Eso hice. Llegué a trabajar a una casa en Santa María de Manquehue y juntaba los cuatro días libres del mes y me venía a Concepción a ver a mis hijos”.

—¿Qué te decía cuando aprendió a hablar? ¿Cómo lo trataban en el hogar?

—Un día lo fui a ver y tenía el ojo negro, así, completo. Me quería morir. Conversé con la directora, que no me acuerdo cómo se llama y le pregunté qué le había pasado. Ella me dijo: ‘Usted, señora, no pregunte nada, porque debería agradecer que nosotros tengamos a su hijo acá’. Yo le respondí: ‘¿Y si vengo y lo encuentro muerto, usted me va a decir lo mismo?’. Fui al Sename a poner un reclamo y ahí como que pusieron una distancia conmigo.

La llamada del terror

Cuando Alejandra se sentía más cerca de lograr sus planes, de tener lo suficiente para conseguir donde vivir con sus niños, una desconocida la llamó a la casa donde estaba trabajando.
“No me quiso dar su nombre, pero recuerdo sus palabras: ‘Señora Alejandra, véngase a Concepción a ver a su hijo porque se lo van a quitar’. Y yo: ‘¿¡Qué!? ¿Quién habla?’, ‘No le puedo decir, pero están haciendo todo para quitarle a su hijo. Se aprovecharon de que usted se fue a Santiago y están tramitando todos los documentos’. Yo dejé el trabajo botado y me vine. Me fui directo al hogar”.

—¿Qué pasó ahí?

—Pedí hablar con la directora, con el coordinador Camilo Muñoz y me manifestaron que no estaban, que no me podían recibir. Yo insistí que era urgente y me volvían a decir: ‘No la pueden recibir ahora’. Al otro día fui de nuevo y seguí yendo hasta que conversé con Camilo Muñoz quien me dijo: ‘Señora Alejandra, usted tiene que esperar’. Yo le respondí: ‘¿Esperar qué? Yo quiero ver a mi hijo’. ‘No se va a poder’, me explicó, ‘porque usted tiene que esperar una notificación’, le contesté ‘¿Qué notificación?’. ‘No le podemos dar ninguna información’.

—¿Cuánto tiempo había pasado desde que tú no habías visto a tu hijo?

—Menos de un mes.

—¿Y qué hiciste?

—Yo le arrendaba una pieza a una amiga cuando iba a Concepción a ver a mis hijos y a su casa me llegó la notificación, casi de inmediato. Ahí decía que tenía que presentarme en el Segundo Juzgado Familiar. Todo fue súper rápido. En un par de días. Pedí ayuda a la Corporación de Asistencia Judicial y me designaron a una estudiante para que me representara, pero el día de la audiencia no abrió la boca para defenderme. Minutos antes de que comenzara la audiencia, el abogado del Sename David Vergara, experto en adopciones, me comentó: ‘Usted señora, si no se defiende bien, va a perder a su hijo’.

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—¿Y te explicó por qué?

—Porque el niño estaba institucionalizado, porque llevaba mucho tiempo en el hogar. Porque es verdad que él prácticamente pasó toda su infancia en el hogar. Eso no lo puedo desconocer, pero no es porque lo quisiera. Si yo no lo hubiese querido tener, lo habría entregado en adopción cuando me lo ofrecieron al nacer. Pero no estaba en mi alma. No quería separarme de él.
La audiencia fue rápida. La amiga de Alejandra y el dueño de la agencia de empleos que la había enviado a Santiago testificaron a su favor, argumentaron que todo lo que ella hacía era pensando en sus hijos, que trabajaba para ellos, que nunca los había abandonado, pero el Sename contestó que Christian llevaba mucho tiempo institucionalizado “y otras cosas feas”.

—¿Como qué?

—Después me enteré que habían entregado un informe en el que escribieron que cuando yo sacaba a los niños, veía películas pornográficas con ellos. ¡Imagínese! Jamás hubiera hecho algo así y bastó que lo dijeran, sin pruebas ni nada, para que quedara ahí.

—¿Y la jueza que manifestó?

—La jueza, Carmen Fuentealba, dijo: ‘Este niño lleva mucho tiempo en el hogar y usted no se ve que le vaya a dar una familia, un hogar constituido’. Ni siquiera me preguntó si estaba de acuerdo, ni nada, porque yo le puedo asegurar que no firmé nada.

—Ella lo resolvió.

—Ella lo resolvió y siguió: ‘Este niño se va en adopción’, y listo. Se acabó el tema. ‘Se pueden retirar y eso sería todo’. Yo después lo intenté ver. Lo cambiaron de hogar, lo empezaron a mover. La jueza, cuando se enteró, me puso una orden de alejamiento, que me prohibía acercarme a Cristiancito.

—¿Nunca te dieron la opción de arrendar algo para devolverte al niño?

—Cuando pasó esto, les comenté que iba a arrendar algo y estabilizarme, pero me respondieron que ya era tarde. El dinero no me alcanzaba, pero no me creían. Las asistentes sociales investigaban si yo salía en la noche, si fumaba, si tomaba. Nunca encontraron nada, si yo ni fumo, pero jamás dijeron: ‘La vamos a ayudar con la municipalidad, para que la asista con alguna pieza, algo’.

Alejandra comenzó a ir a los medios de comunicación. Jacqueline van Rysselberghe averiguó en su nombre que posiblemente a su hijo se lo habían llevado a Italia. Viajó a Santiago y pidió audiencias con las más altas autoridades del Sename. Les imploró que al menos le dieran una prueba de que su hijo estaba bien. “Yo les rogaba: muéstrenme dónde está, aunque él no me vea. No me van a decir a mí ahora que no me quieren hacer daño, después de todo lo que me han hecho, pero no hicieron nada”.

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Desesperada, deambuló pidiendo ayuda por Santiago. Así conoció un día en los tribunales al abogado Alfredo Morgado y le suplicó que la ayudara. En 2008, el profesional presentó la denuncia contra el Estado de Chile por negarle el derecho a un juicio equitativo y en igualdad de condiciones. Lo que hubo en este caso, manifestó el profesional, fue discriminación. La Comisión Interamericana le pidió al Estado de Chile que respondiera los cargos, pero nadie se molestó en hacerlo. En febrero de este año, la Comisión designó un número al caso y volvió a notificar a las partes para que aporten antecedentes, y en el caso del Estado, las razones que tuvo para actuar de esa manera. En algún momento, resolverá si Chile violó los derechos de Alejandra y de su hijo Christian. Mientras, él sigue en algún país lejano, ignorante de los sufrimientos de su madre.

Tras el proceso de adopción, todos los datos que unían a Christian con su familia se borraron del Registro Civil. Su nombre y paradero actuales son secretos.

—¿Y cómo enfrentas día a día no saber más de él?

—Mi hijo despierta llorando en las noches. Yo no duermo bien, pienso todo el tiempo en él, sueño con él. Este dolor no va a terminar nunca, nunca. Mientras no lo vea y no sepa si está bien o mal. Yo creo que me lo voy a llevar a la tumba.