Cuando la diseñadora gráfica Andrea de la Horra Sastre (32) supo que estaba embarazada, sólo llevaba tres meses de pololeo. Tenía 27 años y la maternidad no estaba en sus planes.

“Era súper inmadura y no me imaginaba como madre aún, así que decidí que quería abortar y mi pareja me apoyó”, cuenta. Fue él quien a través de un blog en internet se contactó con alguien que vendía pastillas abortivas a $ 50 mil. Se juntaron en una estación de metro y, pendientes de que nadie viera el contenido, concretaron la compra. Si bien Andrea tenía algunas dudas sobre el correcto procedimiento, siguió paso a paso las indicaciones que le dio el vendedor. “Tenía miedo, el proceso se podía complicar y terminaría muerta. Incluso hoy, de sólo acordarme, siento escalofríos”, relata al recordar ese duro momento de su vida. Se aplicó dos pastillas de forma intravaginal y tuvo que permanecer cinco tensas horas con los pies en alto. Al rato, comenzaron las contracciones. “Según lo que había calculado tenía cuatro semanas de embarazo. Estuve toda la noche despierta por el dolor. Yo he sufrido de cálculos renales y otras enfermedades, pero esto era diez veces más intenso. Con mi pololo estábamos desesperados, no sabíamos si ir a un centro de urgencias o esperar a que continuara el proceso… Fue la peor noche de mi vida”, recuerda hoy Andrea con pesadumbre.

A la mañana siguiente ya no tenía malestares, así que pensó que todo iba bien. Pero los problemas volvieron una semana después, cuando despertó a mitad de la noche y descubrió que las sábanas estaban empapadas en sangre. “Primero pensé que era una pesadilla, pero luego me di cuenta de que tenía una hemorragia que no se detenía, así que me llevaron a la clínica de urgencia”, relata. Allí le explicaron que había perdido a su guagua, por lo que tuvieron que hacerle un raspaje para vaciar el útero y desprender los restos del embarazo para evitar una infección que puede ser mortal. “Fue traumático, en la clínica no sospecharon que había tomado algo y, en algún momento, mientras me hacían exámenes, pensé que iban a detectar el contenido de las píldoras en mi sangre y terminaría en la cárcel. Fue una experiencia que jamás repetiría. Me habría gustado haberlo hecho en una clínica, segura y tranquila”, comenta afligida.

Las pastillas que Andrea tomó eran Misoprostol, un análogo semisintético utilizado para la prevención y tratamiento de úlceras gástricas y duodenales, pero que es utilizado ilegalmente en el área de la obstetricia, ya que provoca dilatación y contracciones en el útero. “Sirve para facilitar el vaciamiento uterino en casos de aborto retenido o fetos muertos en el útero. También para inducir el parto cuando se necesita interrumpir el embarazo por patología materna o fetal, y en pacientes ginecológicas para modificar el cérvix y facilitar un legrado biópsico o una histeroscopía”, explica el doctor José Poblete Lizana, médico cirujano de la Universidad Católica de Chile, con especialidad en Obstetricia y Ginecología, y estudios en Medicina Materno-Fetal en la Universidad de Milán.

Desde hace varios años este medicamento ha estado en el centro de la polémica debido a su uso como agente abortivo. De hecho, el Instituto de Salud Pública sólo lo autoriza para el tratamiento de úlceras. “El Misoprostol en la obstetricia de forma intrahospitalaria corresponde al uso off label del fármaco”, dice Lizana, haciendo alusión a aquellos medicamentos que son prescritos para usos no autorizados. Pero afuera de los centros de salud, es utilizado en casos particulares. Muchas mujeres, como Andrea, deciden abortar, compran el fármaco en el mercado negro y lo aplican de forma privada, ilegal y desinformada.

Según cifras del Ministerio de Salud, en Chile se realizan más de 33 mil abortos clandestinos por año, lo que equivale a 90 diarios, la mayoría con Misoprostol. Durante los últimos once años, 378 mujeres han sido formalizadas por este delito. Casi todas ellas llegan al conocimiento de la justicia tras presentar complicaciones en el proceso abortivo. La mujer se ve en la obligación de concurrir a un centro de salud, el que posteriormente debe hacer la denuncia. Se espera que con la nueva ley que despenaliza el aborto en tres causales y que lleva siete meses de vigencia, estas cifras disminuyan. La información oficial dice que entre septiembre de 2017 y marzo de 2018 se practicaron 111 abortos legales, 50 por riesgo de vida de la madre, 35 por inviabilidad fetal y 26 donde existió violación. Números que generan controversia, especialmente tras la luz verde a la objeción de conciencia.

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POLÉMICO INSTRUCTIVO DE LA FECH

Hace unas semanas, la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) publicó en su agenda 2018 un controvertido instructivo sobre cómo hacerse un aborto seguro con Misoprostrol, basándose en las recomendaciones entregadas por la Organización Mundial de la Salud. “Esta iniciativa se enmarca en una posición política que respalda las demandas de los movimientos feministas”, dijo a los medios el presidente de la FECH, Alfonso Mohor. El texto que aparece en la agenda dice que el Misoprostol sería uno de los métodos abortivos más seguros, que no es un medicamento de venta libre y se informa cómo conseguirlo. Se agrega que funciona en el 90% de los casos y, de no ser así, puede repetirse a las 72 horas. Dice que puede usarse de forma vaginal o sublingual, pero se recomienda esta última “para que no queden rastros”. Finalmente, se advierten los síntomas posteriores al uso que harían necesario recurrir a la urgencia médica. “¿Cómo se usa? ¿Qué te va a pasar? ¿Cómo saber si abortaste? ¿Ante qué síntomas estar alerta? ¿Qué hacer después del aborto?”, son algunas de las interrogantes que se responden, generando opiniones divididas entre quienes apoyan el aborto libre y los que rechazan la difusión de un método ilegal.

Según el doctor Lizana, los riesgos de usar Misoprostol en casa son los mismos que en una clínica u hospital, la diferencia recae en que en un centro de salud pueden ser tratados con rapidez para evitar complicaciones. “Los síntomas son dolor, sangrado vaginal y anemia. Las complicación más graves es si se produce un aborto incompleto, ya que allí se requiere realizar un procedimiento para terminar de evacuar el útero. Además, está reportado que se venden muchos fármacos falsos por internet”, dice Lizana.

Para enfrentar estas dificultades han surgido una serie de organizaciones de apoyo. Una de ellas es “Con las amigas y en la casa”, una red de mujeres lesbianas que, por motivaciones feministas, se encarga de acompañar a las jóvenes en el proceso abortivo. “Las chicas nos escriben y nosotras les asignamos una acompañante quien le informa sobre el uso de las pastillas, dónde comprarlas y hasta le podemos conseguir el dinero. Si no tiene un lugar tranquilo donde tomárselas, le arrendamos un espacio, y si no tiene quien la acompañe en el proceso, podemos estar junto a ella”, dice la vocera y médico general de la organización, quien prefiere mantener su nombre en reserva. “He colaborado en otras organizaciones que han sido denunciadas a la justicia, por eso no doy mi identidad. Lo que hacemos está fuera de la ley, pero es importante aclarar que hay muchas cosas que no son legales, pero sí son legítimas y, a nuestro juicio, esta es una de ellas”, explica mientras se encarga de rebatir aspectos que ella considera sólo mitos. “Generalmente las chicas se asustan y van a la clínica sin que sea necesario. El sangrado, por ejemplo, es normal y difícilmente puede poner en riesgo la vida. El problema es comprar el medicamento en el mercado negro, endeudarse, arriesgarse con pastillas que no conoces su origen y que pueden fallar porque no son las reales o están vencidas”, relata.

Concuerda, eso sí, con que uno de los mayores riesgos es el aborto retenido: “A veces, las niñas no tienen los recursos necesarios, por lo que adquieren dosis insuficientes y pueden sufrir esta situación en donde el feto o embrión muere dentro del útero, pero el cuerpo lo retiene y puede provocar intoxicaciones y hasta la muerte. Por ello, nuestra fundación se encarga de hacerle ecografías para comprobar que no ha quedado nada adentro. Si no existiesen organizaciones como la nuestra muchas mujeres morirían por no completar el proceso como corresponde”.

Eso podría haberle ocurrido a Andrea o a Verónica Barrera, quien tenía 23 años cuando quedó embarazada. Mantenía una relación a distancia con un joven que vivía en el sur, estudiaba Derecho en Santiago, por lo que sólo se veían dos veces al mes. “En mis planes no entraba la maternidad, no quería ser mamá nunca”, cuenta.

Después de un atraso, el test de embarazo salió positivo. “Decidí que no tendría esa guagua”, recuerda. Buscó en internet, encontró una página que vendía pastillas para abortar a $ 250 mil. Las compró e hizo el intento. No tuvo ningún síntoma. Desesperada, compró otras, esta vez más baratas. Las tomó sola encerrada en el baño de la pieza que arrendaba. “Tenía mucho miedo, una amiga me daba instrucciones por teléfono, pero no eran suficientes. Necesitaba el apoyo de un médico”, comenta. A diferencia de la vez anterior, ahora sí tuvo un poco de dolor y sangrado. Pensó que había funcionado, así que pidió hora con su ginecólogo. Pero las palabras del médico la dejaron helada: “Su guaguita viene sanita”, le dijo. “En ese momento no entendía nada, se supone que las pastillas habían funcionado, pero la ecografía decía lo contrario. Tenía menos de dos meses de embarazo, pero ya no me quedaban energías ni plata para seguir intentando el aborto… Tuve que resignarme a ser mamá”, declara. Hoy, la hija de esta estudiante de Derecho tiene tres años y vive en el sur con sus abuelos. “Para mis papás fue difícil al principio, pero hoy la adoran, al igual que yo. Puede sonar muy cliché, pero cuando ella nació todo lo demás me dejó de importar. Pensar que hay alguien creciendo adentro, que depende de ti y que va a existir para toda tu vida hace sentir que lo demás es insignificante”, agrega.

Verónica tuvo suerte, ya que su hija no se vio afectada por los intentos fallidos, pero hay casos diferentes. “En situaciones así el feto puede sufrir malformaciones cardiacas y del sistema nervioso central”, dice el doctor Lizana. Y agrega: “Me parece que el Misoprostol debe ser reconocido para su uso obstétrico por el ISP, como un medicamento sólo de uso intrahospitalario y manejado con protocolos similares a los que se utilizan con los estupefacientes, eso disminuiría el mercado negro y su uso inapropiado, lo cual evitaría que algunas pacientes puedan tener complicaciones derivadas de las malas indicaciones”.

La vocera y doctora de “Con las amigas y en la casa”, en tanto, tiene otra mirada: “Nosotras hacemos una labor de salud pública de la cual el Estado no se hace cargo. Si el Misoprostol se vendiera en farmacias se solucionarían muchos problemas. Es hora de que el gobierno se ponga los pantalones y proteja la vida de las mujeres”.
Legal o no, el uso de Misoprostol para intervenir embarazos no deseados hoy existe, por lo que la información es el arma más potente para evitar riesgos.