Esto lo he escuchado varias veces en los últimos días. Las demandas del movimiento estudiantil siguen vigentes y probablemente más necesarias que antes, toda vez que hemos asumido –la gran mayoría- que son justas y necesarias. Pero a los niños se les está pasado la mano y ya no resultan muy simpáticos. Por el contrario, el expediente de las tomas de liceos se ha vuelto odioso y la retórica de las dirigentes que imitan, conscientemente o no a los que llevaban la voz cantante el año pasado, ya no tiene el mismo brillo.

Ahí mismo donde una chica llamada María Jesús Sanhueza nos sorprendía explicando con gran lucidez la esencia de la “revolución pingüina” no hace mucho, aunque parece que hubiera transcurrido un siglo, y donde luego los Freddy Fuentes mostraran una presencia de ánimo de gran talante, hoy surgen espontáneamente liderazgos de ideas tan repetidas que suenan vacías y estilos más bien fomes, cuando no agotadores. Es que lo secundarios, no nos olvidemos, son poco más que unos púberes y, tal vez con la excepción de Eloísa González, la mayoría de los malagestados y vociferantes voceros de la Aces o la Cones no logran convencernos de la madurez de sus principios y opiniones. Incluso la propia chica de la cabellera marrón despierta suspicacias por su seseo y sintáxis demasiado parecida (mal copiada diría alguien) a la de la vicepresidenta de la Fech y cierto rasgo obsesivo para denunciar maltratos y anunciar paros y marchas, como si lo suyo fuera el rol de agorera más que parte de un movimiento social. Cuando se ha crecido un poco se va perdiendo el tono reclamón al asumir que el que montó en pingo chúcaro ha de aguantar si corcovea, algo que en este caso se ve lejano y que solíamos agradecer de los anteriores dirigentes, especialmente los de la Confech: más argumentos, mejor sentido del humor, un tono menos imperativo y arrogante para llamar al diálogo –siempre- en vez de aleonar las huestes para que rujan amenazando al mundo adulto por el puro gusto.

Ya que mencionamos arrogancia, resulta inevitable pensar en cómo Gabriel Boric, presidente de la Fech, con su actitud de me las se todas y no me peino ni me afeito ni me cambio la camisa a cuadros y la chaqueña negra de puro bacán que soy, no termina de dejarnos claro si lo suyo es la política de la polilla a secas o las verdaderas reivindicaciones profundas del movimiento estudiantil. Se echan de menos la extraordinaria claridad de Giorgio Jackson y la sutil ironía de Francisco Figueroa. En su lugar, un pagado de sí mismo que se contradice y desmiente, a sí mismo, a cada rato, que no convoca mucho y parece estar siempre llegando tarde a donde está la acción, apenas si para alcanzar a tirar su cuña. Para colmo, planea sobre su cabeza la sombra de la vara que le dejó su antecesora. Podríamos hacer un símil con cierta ex presidenta que calladita importuna el sueño de un mandatario en ejercicio y no necesita más que la evocación de su nombre para recordarnos que permanece en un notorio segundo plano no solo porque debe, sino también porque quiere. Pero que si le da la gana vuelve y ahí cambia la cosa.

Completan el cuadro de los alumnos con peligro de repitencia personajes como Cristofer Sarabia, el típico estudiante que los profesores desprecian, el ávido de atención. Lo mismo que su colega de la Cones Camila Martínez, que lideró a un grupo que se encadenó en el Ministerio de Hacienda pero no logró articular una frase coherente usando las palabras “gratuidad”, “reforma”, “tributaria”, “demandas” y “rechazo”, pero salió en la tele y se fue corriendo cuando llegaron los Carabineros.

Ah, casi me olvido de Noam Titelman. Buen tipo, piola. Debe agradecer que su nombre por sí solo ayuda a recordarlo.
Volviendo al tema. O mejor dicho, a las tomas, el expediente ideal se trata de sacar de sus casillas a alguien y lograr moretones para poder acusar violencia policial, cabe preguntarse si para algo más. El año pasado, cuando la novedad se mezclaba con el orgullo de ver a unos jóvenes idealistas haciendo lo que deberían hacer los adultos, terminó sin mayores resultados. Es cierto que puso el tema en la agenda y blablablá, pero en lo concreto, no obtuvo mucho más, aparte de lo que pudiera capitalizar alguno de los líderes por su cuenta y convertirse en candidato a alcalde, por ejemplo. Ahora no solo se repite la fórmula con un tono desafiante-malcriado más cercano a la pataleta que al plan y resulta inevitable acordarse de la Jechú, de Maximiliano Mellado, Karina Delfino y compañía y de cómo después de poner de cabeza al país el 2006 se quedaron sin pan ni pedazo. A los líderes de hoy, especialmente los secundarios, les convendría estudiar esa materia y tratar de pasar el examen, para no repetir.

 

 

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