Regina, “reina” —es el significado que sus padres le dieron al nombre—, fue una mujer llena de gracia y coraje, que supo colmar su casa de olores inolvidables, alegría, amor por el prójimo y por el arte. Coqueta, pero de un solo amor. Devota practicante y, también, una mamá que tardó años en visitar a su hijo en el seminario, enojada como estaba por “perder” a su primogénito.

María Elena Bergoglio, Malena, la última hija de Regina y la única hermana viva del Papa, siempre que recuerda la historia se apura en defenderla: “No estaba enojada… pero sufría por tener a su hijo lejos”.

“La verdad es que la vieja se enojó mal”, repica su hermano en el libro El Jesuita, de Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti, publicado en 2010 por Ediciones B Argentina. Fueron varias conversaciones con el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio en las que relata las historias de su vida y su filosofía.

Regina se enojó, sufrió y aceptó. Pero le tomó años decidirse a verlo en el noviciado, en la provincia de Córdoba. “Mi mamá lo vivió como un despojo”, reflexionó Francisco en el escrito. Recuerda que ella le dijo: “No sé, yo no te veo… Tenés que esperar un poco… Sos el mayor… Seguí trabajando… Terminá la facultad”.

Al nacer Malena su mamá quedó paralítica. Tenía 36 años y cinco hijos, una familia que subsistía únicamente con el sueldo de su esposo. Los abuelos, que vivían en el mismo barrio de Flores, ayudaron a criar a la recién nacida. Fueron tiempos difíciles, pero ella supo organizarse. El hoy Papa Francisco aprendió a cocinar por esa época: “Cuando llegábamos del colegio la encontrábamos sentada pelando papas y con todos los demás ingredientes dispuestos. Entonces, ella nos decía cómo teníamos que mezclarlos y cocinarlos, porque nosotros no teníamos idea: Ahora, pongan esto y esto otro en la olla y aquello en la sartén”, nos explicaba. Así aprendimos. Todos sabemos hacer, por lo menos, milanesas”.

mama-papa-verticalAl cabo de un año, Regina volvió a caminar y encantar. Malena la recuerda hermosa, prolija, ataviada para las comidas con amigos de la familia o compañeros de trabajo de su marido. La recuerda llamándola a la cocina para que la ayude y aprenda. La ve preparando exquisiteces: “Cocinaba de todo… el pollo al horno con papas y batatas, por ejemplo, pero hacía de todo, y todo tan rico. Aparte, exigente. Papá nos marcaba el comportamiento en la mesa, rezábamos antes de comer, y mamá presentaba los platos como si fueran para una recepción, bien decorados, realmente una maravilla… En cuanto a papá, nos indicaba cómo comer y todos esos detalles que lo hacen a uno ir creciendo. En eso era muy estricto. ¡Nos enseñaba a comer la fruta con cubiertos! Y yo, la más malcriada, pedía siempre banana, para no usarlos. Un día me dijo: ¡No, no, no! Hoy dejamos la banana”.

Regina y Mario eran compañeros y compartían las decisiones. Se conocieron en 1934, en el oratorio salesiano de San Antonio, en el barrio porteño de Almagro. Ella apenas alcanzaba los 20 y él los 30. Al año siguiente se casaron en la misma iglesia, donde nunca dejaron de asistir, ni de ayudar al prójimo. Luego que llegaron los hijos, iba toda la familia, no sólo a misa, sino a participar de actividades de acción social. En la calle Membrillar, donde se instalaron, un vecino que llegó a conocerla cuando era niño no duda en afirmar, animado por los acontecimientos: “Ella era una virgen María”.

A lo largo de los años, vivir el Evangelio se convirtió en el camino de Regina. Fue lo que inculcó a sus hijos e hijas y su gran apoyo en aquellas pruebas que vendrían, como la internación de Jorge, a los 21 años, por una pulmonía grave. El se le abrazaba desesperado: “¿Decime qué me pasa?”. No había respuestas, sólo fe. Más aún cuando los médicos le comunicaron que su hijo perdía un pulmón. Se debatía entre la vida y la muerte… Puro dolor. Luego se recuperó.

La familia se trasladó a una casa más grande en Floresta, un barrio cercano. Hoy Malena, a sus 64 años, recuerda a su mamá disfrutando de cada momento, bordando, jugando a la brisca, escuchando ópera, yendo a la cancha en familia, asistiendo de vez en cuando del brazo de su esposo al imponente Teatro Colón de Buenos Aires. La veía salir arreglada, aunque no iban a galas ostentosas: “A ella le encantaba todo lo que era arte, tenía una afinidad tremenda con eso”.

Los sábados a las 2 empezaban las tardes de ópera en la galería de la casa Bergoglio. Las organizaba Regina. “Escuchen bien”, les decía a sus hijos. Jorge, con 76 años, atesora ese recuerdo en el libro ‘El Jesuita’: “Nos hacía sentar alrededor del aparato (la radio) y, antes de que comenzara la ópera, nos explicaba de qué trataba. Cuando estaba por empezar alguna aria importante, nos decía: ‘Escuchen bien, que va a cantar una canción muy linda’. La verdad es que estar con mamá, los tres hermanos mayores, los sábados gozando del arte, era una hermosura. A veces en la mitad empezábamos a dispersarnos, pero ella nos mantenía la atención, porque durante el desarrollo continuaba con sus explicaciones. En Otelo, nos avisaba: ‘Escuchen bien, ahora la mata’”.

Y los llevaba a ver películas del neorrealismo italiano en el cine del barrio donde pasaban de a tres seguidas. “No nos dejaron faltar ni a una de Ana Magnani y Aldo Fabrizi”, decía en 2010 Francisco.

Malena no llegó a compartir esos momentos, pero tiene su propia historia con mamá: “Estábamos siempre juntas… Yo me acercaba en la sobremesa y ella con las miguitas de pan hacía cosas hermosas sobre la mesa, mientras charlábamos… una flor, algún animalito… ese arte que sentía adentro lo trasladaba a montones de cosas”.
Un día, sin aviso, recibió el golpe más duro: Regina enviudaba a los 50 años. Mario murió de un ataque al corazón. Fue una sorpresa terrible y un desafío sacar adelante a la familia pero, por sobre todo, un dolor inmenso: su único amor ya no estaba.

Vendieron la casa, se mudaron a un departamento, siguieron adelante, pero Regina nunca quiso rehacer su vida. Su objetivo era educar a los hijos (Malena aún era menor), porque quería que todos fueran profesionales. Era una mujer que aceptaba el cambio de los tiempos y deseaba que sus hijas también estudiaran. Lo que no cambiaría hasta el día de su muerte, eran sus principios espirituales y su temple.

“Mamá siempre ha sufrido del corazón. Ya era grande cuando la operaron… Al final le tuvieron que cambiar una válvula que es la que le estaba haciendo mal…”. María Elena no escuchó quejas de su madre. Ya convertida en una señora de 70 años “estaba segura de que la muerte era el principio de la vida”. Aceptó la voluntad de Dios, con la misma humildad con que, finalmente, se arrodilló ante su propio hijo, recién ordenado sacerdote, para pedir su bendición.