Hace unos días mi hija menor, Berenice Estrella (9), me hizo una pregunta en tono molesta: “¿Por qué te cae mal el Viejo Pascuero?”. Al parecer me oyó proferir una de mis tradicionales imprecauciones navideñas del tipo “ahhh, el anticristo, ¡ese monstruo aborrecible!” y le preocupaba que alguna de sus amiguitas que aún son víctimas de la farsa, me escucharan. Resulta que los papás y vecinos habían hecho entrar a nuestro condominio a uno de esos emprendedores de diciembre que se disfraza de Papa Noel. Recogía las cartas en que los pequeños hijos firmaban inocentes su adhesión a la sociedad de consumo pidiendo el juguete de moda. Berenice miraba con cierta nostalgia, por su propia ilusión perdida no hace mucho tiempo.

El juguete de moda es la tablet. He estado en casas donde los hijos, de no más de 7 años, tienen su propio iPad. Son niños que no saludan, que no dan las gracias, que cuando alguno pide algo grita imperativo (¡¡Lecheeee!!) y los grandes corren a satisfacerlo como a un pequeño emperador despótico; niños que no ven interés en sentarse a la mesa con los adultos a escuchar y hacerse escuchar, de meter la cuchara, de actuar o recitar para llamar la atención. Niños maleducados, insolentes, exigentes, ensimismados y con sobrepeso, pero que saben perfectamente operar el smartphone o la tablet de mamá, o el propio, que por supuesto ya les trajo ya sabemos quién y cuándo.

“Es cierto, le dije a Berenice, las tablets son bacanes. Pero, piensa: ¿realmente necesita un niño uno de esos?, ¿o lo quieres solo porque es entretenido?”.

Meditó un poco y respondió muy convencida:

-Es mejor salir a jugar con los amigos

-O mangueriarse

-O andar en bicicleta

-Patinar

-Jugar a la escondida

-O al pillarse

Para ella no resultó difícil entender la esclavitud que promueve Santa Claus, manipulando a los niños para esclavizar a una enorme mayoría de padres, que trabajan de sol a sol, que apenas ven a sus hijos y siempre están cansados, que sueñan con un hacer feliz a sus cachorros con unas vacaciones –a crédito-, que viven para darles lo que pidan, recibiendo una remuneración mensual que pocas veces reconoce o compensa tamaño esfuerzo y cuya mayor parte está destinada para pagar deudas, muchas contraídas en Navidad, a instancias del Viejo Pascuero.

-Mira tú –insisto-, no se ve por ninguna parte a Jesús. Es su cumpleaños, supuestamente, celebramos el nacimiento de un Dios en nuestro planeta, un ángel del universo que se hizo igual al más pobre de los hombres, que cuando nació sus papás no tenían ni donde acostarlo, más que un poco de la paja que comían los animales de un establo prestado… Y en cambio nos dedicamos a correr a comprar cosas que no necesitamos, incitados por un payaso disfrazado que secuestró la Navidad y más encima se burla de nosotros con su jojojojo.

Obviamente no omito en mi filípica que ese pequeño bebé de grande convirtió el agua en vino en una fiesta y después devolvía la vista a los ciegos, curaba leprosos, alimentaba muchedumbres, resucitaba muertos y confesaba a viva voz su origen divino, diciendo que había venido a enseñarnos la verdad de que todos somos hermanos y a decirnos “amaos los unos a los otros”, fue una noche capturado por sus enemigos, traicionado por un discípulo, torturado y clavado a un madero para dejarlo morir junto a los delincuentes.

Así es, pues, como procuro llevar un poco de cordura a este mundo enfermo. No pierdo oportunidad de contribuir a mantener vivo el gran misterio de la encarnación de Cristo y la grandeza del maestro que lo acogió, el carismático carpintero hijo de la viuda, el más genial de todos, el mismísimo Jesús de Nazaret, a quien admiro desprovisto de toda religiosidad. Tal como a Buda, Quetzalcóatl, Horus, Apolo, el mismo mito solar cuya leyenda, por último, es infinitamente más digna, inspiradora y relevante para el desarrollo intelectual y espiritual de cualquier niño, que la basura esta del Santa Claus de bebida cola.

-¿Cómo no me va a caer mal el monstruo ese, que se hace el buena onda para promover el materialismo, para crear zombis consumidores obedientes; y que desplaza el recuerdo de Jesús? –Exclamo.

-Sí, es el colmo… Qué mal. Responde muy seria, y  luego agrega:

-Pero no hay para qué andar tirando mala onda cuando están los niños chicos, ¿no ves que para ellos todavía es importante? Los otros papás se pueden enojar, no todo el mundo entiende.

Tenía razón, lógicamente. Así es que ofrezco mis disculpas si a alguno le arruiné la celebración diciendo que el viejo pascuero no existe. Créame que no fue mi intención. No me haga caso.

En fin… en el nombre del festejado, les deseo Feliz Navidad.

 

 

 

 

 

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