Durante cuatro generaciones, todas se prostituyeron: su mamá, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela. Entonces, Stephanie Larsen decidió torcer el destino familiar creando una organización para ayudar a niñas en peligro de explotación sexual. Un giro de 180 grados.

Esta es la historia de cuatro generaciones de una familia estadounidense. Comienza en la zona rural de Kentucky hacia 1911. La tatarabuela de Stephanie se llamaba Lorriane Douglas, pero le decían Reen. Su padre era un pastor anglicano. A los 11 años queda embarazada producto de una violación de un familiar, Joseph Radcliff, quien la hace prostituirse. “Era 17 años mayor; ella estaba obligada a hacer lo que él le decía”, contó su tataranieta a la edición francesa de la revista Grazia.
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Es la época de la Gran Depresión. La hija de Lorriane, Ann, que ya tiene 12 años, se aburre de ver cómo la golpean y la incita a la fuga. “Va a terminar matándote”, le dice. Huyen. Haciendo dedo llegan a Chicago. Se instalan en el Barrio Rojo. Ambas, que parecen hermanas, posan en vitrinas con baby dolls, y los tipos eligen.
Dos años después, Ann espera un hijo de Zel, asesino de la mafia. Nace Joyce y su madre piensa en un gran futuro para ella: “No serás como yo. Tú servirás a los mejores hombres, ganarás mucho dinero”. La adiestra: le enseña a caminar con un libro sobre la cabeza, cómo cruzar las piernas de manera seductora; la hace participar en concursos de belleza.
Otras enseñanzas eran más prácticas e incluían cómo terminar un embarazo inesperado.

Pero las cosas no fueron tan maravillosas tampoco para Joyce. A los 18 años tuvo a Lorrie (la madre de Stephanie); cuatro años después a Doug. Se instalan en un motel de mala muerte de Santa Mónica (California). Un día, Joyce le dice a Lorrie: “Arréglate y consigue algo de dinero. Tu hermano tiene mucha hambre. Sabes lo que debes hacer porque me has visto”.
Y así hizo Lorrie. Como antes lo había hecho su madre, antes su abuela y antes su bisabuela, se instaló en el bar de la esquina con pestañas falsas y sostén. Tenía 12 años. “Me paré en la puerta lateral y cuando los tipos salían les pedía que me compraran alcohol”, recordó Lorrie para la revista estadounidense Glamour. “Luego les decía que no tenía dinero, pero que podía subir a su auto”. Esa noche ganó lo suficiente como para comprar un carro de supermercado lleno de comida.
Y así lo siguió haciendo.
Lorrie tuvo dos niños y, después, a los 20 años, a Stephanie.

El cambio

Lorrie decide que ya es suficiente; que sus hijos no la odiarán a ella como ella ha odiado a su madre, y su madre a su abuela, y su abuela a su bisabuela. “Me enseñó desde los 6 años a desconfiar de los hombres”, recuerda Stephanie, quien consigue una beca para ir a la universidad, estudia sicología y se especializa en desarrollo infantil.
A los 20 conoce a Jess Larsen, de una tradicional familia mormona y juntos deciden consagrar su vida a la lucha contra la explotación sexual de niñas.
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“No tiene que ser así. La vida no tiene por qué ser tan dura”, piensan Stephanie y Jess, fundadores de Backyard Broadcast, entidad que se dedica a crear conciencia sobre el tema y sobre los abusos que se producen en la intimidad de un patio (backyard).
Stephanie sostiene que las niñas no se prostituyen, sino que las obligan a hacerlo. Alguien las empuja (a veces, la propia madre) cuando son muy pequeñas (entre 11 y 13 años). “Está mal que los oficiales de policía se refieran a prostitución infantil”, comentó ella en la Universidad de Utah. “Estas niñas no escogieron estar allí; meterlas a la cárcel no resolverá el problema”.
Stephanie y Jess planean educar a colegialas de todo el país para crear conciencia acerca de los 100 mil niños que son forzados a realizar trabajos sexuales cada año en Estados Unidos.
Su madre, Lorrie, también está comprometida con la campaña.

“Lo que estas mujeres están haciendo es heroico”, comentó Steven Wagner, ex director del Programa de Tráfico Humano en los Estados Unidos, a Glamour.
Las alabanzas deben ir a Lorrie, dice Stephanie. “Mi mamá rompió el ciclo. Ella era una drogadicta que se prostituía. Si ella pudo hacerlo, cualquiera puede”.
Y así, esta es una historia terrible que termina bien.