A los 65 años, Raúl Zurita soporta estoicamente el Parkinson que lo acompaña desde hace 15. No se queja ni tiene los característicos temblores de esa enfermedad, sino más bien una rigidez extrema que de repente lo deja como trabado. “Freezing”, dice él con algo de humor negro. “Todavía no ha logrado derribarme. Un tipo con Parkinson tiende a aislarse, a deprimirse. Afortunadamente, no me ha pasado. Me quedo paralizado porque no puedo caminar, pero estoy encantado de estar parado”, confiesa desde el living de su casa en Pedro de Valdivia norte, rodeado de un jardín muy cuidado, sus esculturas y libros. 

“Gran parte de lo que quería hacer, finalmente lo hice, bueno, pésimo, malo, pero lo hice. No me siento en deuda conmigo mismo. Tampoco es que me haya jubilado, porque no me voy a jubilar nunca”. 

Desde hace años trabaja en una traducción de La Divina Comedia, el libro que aprendió a conocer de niño porque se lo contaba su abuela genovesa. Confiesa eso sí que no sabe si la terminará algún día. Paralelamente, escribe otra novela, que corresponde a los años ’80 a ’85, una época en que dice “la dictadura estaba fuerte, pero empezaba a aparecer un cierto espacio en el que nosotros hacíamos acciones de arte. Había una especie de vértigo, de crear, de hacer cosas en la calle. No era que estuviéramos bien, estábamos pésimo, pero en todo ese panorama había una extraña, una muy extraña alegría”.

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Alegría que, sin embargo, no es algo que se pueda descubrir en El día más blanco, su autobiografía que hace poco reeditó la editorial Penguin Random House y que relata una niñez de abandono y pobreza. Hablando de la revisión que hizo para esta nueva edición de su novela, advierte que casi no hay cambios en el texto. Apenas unas palabras. Pero después, agrega, acentuó un poco el relato de la época del golpe militar.

—En su novela es muy fuerte su abuela. Pareciera que ella lo marcó, incluso más que su madre… 

—Ella fue una presencia muy fuerte en mi vida. Yo la adoraba, pero tuvimos una relación que con el tiempo se hizo conflictiva. Luego empezó a perder la memoria, y cuando quise decirle lo que importaba, ya no fue posible.

—¿Cómo mira hoy esa relación?

—Era una persona muy dominante. Sicológicamente, era mucho más fuerte que mi madre. Hoy mi madre tiene 91 años y está muy lúcida. Y me he dado cuenta de que si no tuve una relación plena con ella, en eso tuvo bastante que ver mi abuela. Mi hermana y yo éramos un terreno en disputa entre las dos.

Su madre, además, tenía que salir a trabajar para mantener a la familia, porque su padre los había abandonado. “Como era secretaria tenía que verse bien presentada, pero no era fácil. Eramos personajes que tratábamos de sobrevivir en un mundo duro porque éramos pobres, pero no de una pobreza proletaria. Nosotros éramos de una pobreza como descastada, desterrada… más dura porque mi abuela seguía soñando con su buena vida en Italia”.

Zurita tuvo una niñez solitaria con dos amigos de correrías —Naguib y Mauricio— que hoy sólo perduran en el recuerdo. Mantiene sí algunos de los que hizo en su época universitaria. Incluso uno de ellos lo llevó durante la Presidencia de Ricardo Lagos a trabajar en el Ministerio de Obras Públicas. El golpe de Estado del ’73 interrumpió sus estudios de ingeniería civil cuando estaba haciendo su memoria y nunca se tituló. Fue detenido, encerrado en un barco y torturado. 

Estudiaba entonces en la Universidad Federico Santa María. “Era una universidad donde podía estar el desvalido meritorio. Era como un colegio, un internado, una fortaleza que había creado Federico Santa María, quien se hizo multimillonario especulando y después le bajó una cosa de conciencia y dejó su fortuna para apoyar al desvalido meritorio”.

De esos tiempos también recuerda con orgullo que hizo la primera huelga de hambre que hubo en Chile y que duró como ocho meses. Pero aclara que no fue a la irlandesa. “Fue semi-huelga de hambre. Pero salió en los diarios que estábamos dispuestos a morir por la Santa María”. Hasta allí llegó mi abuela a sacarme. Mi madre y ella estaban muy angustiadas, pero no me salí. Y me iba a ver y me llevaba cigarrillos porque fumaba mucho… Abría la cajetilla y adentro estaba llena de chocolates.

Hace algunos meses cerró el capítulo frustrado de no haberse titulado cuando la misma universidad le concedió un doctorado “Honoris Causa”. Ha recibido una larga lista de distinciones como el Premio Nacional de Literatura y un reciente doctorado que le entregó la Universidad de Alicante. 

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—Se dice que usted es como el maestro de los nuevos representantes de la literatura chilena como Alejandro Zambra y que El día más blanco fue una novela medio precursora del trabajo que están haciendo ellos hoy…

—La verdad es que no lo sé. No sé si los chicos que están haciendo esas cosas estarían muy de acuerdo con esa afirmación. Creo que Rafael Gumucio hizo sus memorias en forma prematura, pero igual eran muy buenas. 

—¿Qué otros escritores actuales destaca?

—Gumucio, Zambra son buenísimos. Por Zambra siento un amor que no es correspondido… yo lo quiero más a él que él a mí (dice riéndose).

—Y de esa generación que se llamó la nueva narrativa chilena, ¿a quién rescata?

—A ninguno. De esa generación sólo me gustan dos novelas. La vida doble de Arturo Fontaine y La Ventana Azul, de Gonzalo Contreras. Creo que ese movimiento fue un invento.

—¿Novelistas extranjeros?

—Leo, releo y vuelvo a leer las novelas de Philip Roth que me alucinan. Trilogía americana es una obra maestra. Corman McCarthy también tiene cosas como Meridiano de sangre o Todos los hermosos caballos. La novela ha sido el arte dominante del siglo XX. En los últimos 50 años ha sido mucho más potente, más poderosa que la poesía. Los poetas como que se achicaron, como que se eclipsaron…

—Pero usted es poeta, ¿qué pasa ahora con ese género en Chile, salva a alguien?

—Sí, hay tipos extraordinarios. Poetas jóvenes como Rafael Rubio, Paula Ilabaca, Damsi Figueroa, Eugenio Castillo, Gladys González, Alejandra del Río. Están emergiendo varios con fuerza hoy.   

Aparte del estado de la poesía nacional, a Zurita también le interesa la situación política de Chile y nos habla de la tan mentada crisis que vivimos. “Creo que es muy profunda. Es la crisis del post pinochetismo, donde el divorcio de lo que se llama la clase política y la gente es abismante. Y eso no conduce a nada bueno. Nuestro país le ha dado cero importancia a la cultura, cero. Y  las consecuencias son clarísimas. El desafecto, el no sentirse responsable, es un problema absolutamente cultural. Y la verdad es que es la base de un pueblo que tiene un sentido del mundo, que es capaz de soportar crisis y atravesarlas, pero el nivel de pobreza espiritual e intelectual de Chile hoy es feroz… el Chile de antaño era un Chile mucho más pobre, pero era al mismo tiempo, un Chile mucho más rico. Me parece que vamos por muy mal camino 

—¿Qué tan responsable de esto es la clase política y la elite?

—Creo que es súper responsable. Ahora, si uno tira al bulto es súper fácil. No son todos, hay tipos que seguramente son muy valiosos, pero otros muchos, como se dice en Chile, se creyeron el cuento. Tenemos una sociedad profundamente arribista que se ha olvidado del pasado. Eso es lo que me liquida un poco. Quien se olvida de su pasado, también puede olvidar de su futuro. Veo una ritualidad, por así decirlo, muy inconsciente y desconectada de los humores profundos de lo que todavía podemos llamar pueblo. Alguna vez esa palabra significó algo, hoy día significa absolutamente nada, lo que también es una pena.

—¿Y por dónde ve alguna luz?

—Esto no es nada. Se vienen cambios muy fregados. Creo que estamos empezando un proceso súper duro hasta que en conjunto nos demos cuenta de que hay cosas más importantes, que no era tan relevante tener un crecimiento de no sé cuánto por ciento, porque eso dura un tiempo, sino que era más importante que la gente amara el lugar donde está. Que la palabra amor volviera a tener sentido.

—Crecimiento y cultura no son excluyentes.

—Yo lo entiendo, pero veo que el cobre se va a acabar y no hay sustitución. Somos muy cortoplacistas. Es como la herencia maldita del salitre. Todo iba bien hasta que inventaron el salitre sintético. En el fondo, Chile siempre ha sido rentista. Y tenemos una clase empresarial que considero bien lamentable.

—Su mirada es muy pesimista.

—La desafección al país es profunda y produce más desafección, estallidos, salidas que no son las mejores. Hay que mirar lo que sucede en las poblaciones. Hacer cultura no es crear un ministerio de la cultura. La cultura tiene que ver con el sentido de pertenencia, no tienes que andar peleando con los bolivianos, ni con nadie porque estás en tu lugar, pero hoy prácticamente ese sentido de pertenencia no existe. Somos una sociedad totalmente disgregada, atomizada. La mirada es, entonces una mirada irritada, sesgada. 

—¿Sigue siendo comunista como lo fue en su juventud?

—Sigo siendo profundamente comunista. El Partido Comunista me parece una sombra de lo que fue el partido comunista de antaño, pero igual les tengo afecto. Primero porque son leales, fueron leales con Allende y son tipos con los que se puede contar.  

—¿No así los socialistas?

—Siempre han sido distintos. Los socialistas han sido mucho más variopintos. Tal vez tienen más que ver con nosotros, con el pueblo profundo de Chile. Los comunistas, no. Se decía que cuando llovía en Moscú, Volodia abría el paraguas en Santiago… pero les tengo cariño. Yo fui de las Juventudes Comunistas. Un militante muy anómalo, pero lo fui. 

—¿Por qué se alejó de la Concertación?

—Mi desilusión fue tremenda y partió con el hecho de que Ricardo Lagos se juntaba con los empresarios y no se juntaba nunca con la CUT. Pero yo soy el culpable porque vi manzanas donde habían peras. Fue un problema de expectativas. 

—¿Y qué le parece la reaparición de Ricardo Lagos en el escenario político?

—No me gusta para nada. Esa arrogancia, esa pose de Mitterrand, de Mitterrand de Ñuñoa. Es un tipo brillante que hizo unas cosas increíbles, nos dejó con unas carreteras fantásticas, pero no me gusta.