Me pide la directora de CARAS que hable de los rankings. Iba a alegarle que no sé nada del Cruch, pero por suerte no se refiere a las notas del colegio sino a esa ansiedad nuestra, aparentemente tan moderna, por ordenarlo todo en listas —con bullets o flechitas, idealmente— y después, cuando el caos de las muchas cosas que hay en el mundo ya nos parece hasta visualmente más claro, ordenar esas listas según algún criterio, ilusorio y filosóficamente injusto casi siempre, que atribuya calidad, valor, una mejoridad de algún tipo a las personas, ideas u objetos que hemos situado en los primeros lugares.

Esta obsesión por clasificar y puntuar, que en los deportes parece obvia pero en terrenos más cenagosos irrita por su falta de sutileza y espesor, por las injusticias inevitables que siembra, parece reciente, fruto de la abundancia capitalista y, ahora, de la abundancia de información, pero la verdad es que es tan natural como el miedo o la envidia. “La lista es el origen de la cultura. ¿Para qué queremos la cultura? Para hacer más comprensible el infinito”, dice Umberto Eco en El vértigo de las listas. Necesitamos un respiro, una guía, no tener que decidirlo todo, que alguien allá afuera nos ayude a discriminar.

Se los voy a resumir: Listas → rankings → premios → alivio.

Si esas listas se formulan en torno del diez u otro número redondo, el efecto tranquilizador se potencia. Es así. No sé cómo lo harán en las sociedades sin sistema métrico decimal, pero los decálogos parecen más sabios que si tienes nueve u once cosas que decir, y estoy segura de que Cien libros chilenos, un ensayo literario del escritor Álvaro Bisama, vendió mucho más de lo esperable por ese Cien del título, esa promesa: cien de algo es casi una eternidad, una ganga, un montón de cosas, no me caben en las manos, ¡cien!

Se me ocurre que hay también una relación entre la obsesión por distinguir y premiar y el coleccionismo (al menos el amateur); ambos impulsos tienen que ver con la esperanza de tenerlo todo bajo control, de que se podría construir un muro de listas o pinturas o marcapáginas que nos proteja contra la sorpresa, el olvido y la muerte.
¿Qué es la trivia, por otra parte? Otro mundo donde las listas ordenan un conocimiento fragmentario y deliciosamente inútil. Hay una revista, Mental Floss, que ordena sus contenidos en listas numeradas, así: el amazing fact Nº 51.934 te dice que la cenosilicafobia es el miedo a los vasos vacíos. ¿Qué hago con ese dato? No sé pero check, ya lo tengo, vamos a otra cosa.
Las letanías también son listas, medio hipnóticas, como mantras, y en el fondo todas las enumeraciones. Y ya dije cinco cosas más un resumen. No es un número redondo, no voy a poder dormir.