El puerto de Valparaíso brillaba con el sol de marzo que, a ratos, nos hacía extrañar las temperaturas de pleno verano. La postal era única.

Rainbow Warrior acababa de llegar a la ciudad de los cerros de colores. Uno de los barcos más ecológicos del mundo que, según su capitán, el español Pep Barbal Badia, funciona a vela el 80% de su recorrido, tiene una misión en Chile y no es sólo es permitir el ingreso al público de forma gratuita durante su estadía en el puerto. Rainbow vino a impulsar la campaña “Salvemos los mares del fin del mundo”, iniciativa que despertó más que satisfacciones entre los vecinos de la ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Fue en marzo del año pasado cuando una de las catástrofes en el ecosistema marítimo de nuestro país, dañó a la isla de Chiloé. No sólo con contaminación impensada por las 27 mil toneladas de salmones muertos arrojadas en su costa, sino también por el riesgo de vida que ésta genera a las especies marítimas que allí viven. Lo cierto es que la regulación definitiva se hace esperar, pero hay organizaciones que están más alertas que el Congreso por las costas de Chile y por los daños que sufren a partir de la expansión indiscriminada de la industria.

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Así, y con el puntapié de una solicitud descabellada de una empresa privada de nuevas concesiones para operar en las aguas de la zona de Magallanes, Greenpeace lanzó esta campaña que no sólo busca hacer ruido a nivel nacional, sino también concientizar a los chilenos de que lo que está sucediendo es grave.

El ingreso al barco es una aventura en sí misma. Con apenas un pie en el Rainbow, el mar parecía no moverse y sólo el vaivén de un viento que no refrescaba denotaban que ya no estábamos en tierra firme. El inicio de la jornada lo dio Matías Asún, Director nacional de Greenpeace en Chile.

“Nuestros mares no sólo enfrentan las amenazas de proyectos mineros contaminantes, sino también la de la industria de la acuicultura con la expansión de la industria salmonífera en la zona de Magallanes”. Con un tono denunciante, Matías no dejó lugar para respiro y vociferó con tono de angustia: “La isla de Chiloé sufrió las consecuencias de 30 años de una industria que tiene los peores estándares ambientales, y hoy más de 300 concesiones en Magallanes harán lo mismo. Hay que evitar que lo que vivimos en Chiloé vuelva a ocurrir”.

Por su parte el diputado independiente por esa región, Gabriel Boric, denunció en conversación con CARAS.CL que “la salmonicultura no puede seguir creciendo en Magallanes, mientras no se tenga la información que permita saber si es posible este crecimiento, y bajo qué condiciones el desarrollo del sector podría crecer de manera sustentable”.

En concordancia con las declaraciones del vocero de Greenpeace en Chile, el parlamentario defendió la idea de que “al final del día se trata de empresas que mientras se les permita crecer sin la debida planificación, lo van a hacer. Insistimos en que acá no se debe dar paso a esto, mientras no sepamos hasta dónde se puede desarrollar la industria sin poner en riesgo nuestros ecosistemas marinos, la pesca artesanal, el turismo y, en general, nuestro enorme patrimonio natural y cultural”. 

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Con un aplauso cerrado de los bomberos, quienes estaban allí para ser homenajeados por su labor en los últimos incendios forestales, y la presencia de la tripulación completa, Matías Asún concluyó: “Este barco está para denunciar. Estamos frente al Congreso, para hacer fuerte y claro nuestro mensaje. No vamos a permitir que los mares del fin del mundo sean destruidos y sean tratados como basureros”.

Salvar los mares no es tarea fácil, la buena noticia es que las fuerzas de los actores sociales está en la cresta de la ola. Los mares del fin del mundo tienen quienes los defiendan, la clave es unir fuerzas.