La verdad es que medité mucho para escribir este blog, pero con el paso de los días, me enteré que una desagradable situación que me tocó vivir a la salida del Teatro Caupolicán luego del Show de Marillion en Santiago el sábado 7 de mayo último, no fue un hecho aislado sino uno más de varios que rodean algunas salas y lugares de entretención.

Debo decir que he ido muchas veces al Caupolicán de diferente manera, en transporte público, en taxi y últimamente en automóvil particular y siempre me llamó la atención la gran cantidad de “cuidadores” que aparecen ofreciendo seguridad para los vehículos tanto en San Diego como Avenida Matta o las calles aledañas al teatro. Lo insólito es que este verdadero enjambre no tiene ningún control de nadie, cobran anticipado una tarifa única (que promedia los cinco mil pesos), con la promesa de vigilar hasta la salida del show, lo que, por supuesto, nunca pasa.

Pues bien, después de ver un espectáculo notable, volvía con mi señora al auto cuando lo encontré con un vidrio destrozado y completamente revuelto en su interior, por supuesto, me habían robado varias cosas y en el suelo permanecían los restos del hurto. Del cuidador, como siempre ocurre, ni una señal de su presencia. Más allá de la molestia, me aburrí de enviarle mensajes por twitter a la alcaldesa y a la Municipalidad de Santiago sin respuesta.Los malos ratos, los sigo pasando, pero en realidad mi inquietud es otra. ¿Por qué nadie fiscaliza? No hablo de la delincuencia, que parece ser una batalla perdida, sino de productoras y autoridades.

En Chile, muchas productoras organizan eventos sin ninguna preocupación por el entorno. El Teatro Caupolicán, como otros recintos no tiene estacionamientos propios y el público que llega al evento debe ingeniárselas para encontrar un lugar. Pero nadie, ni la municipalidad ni los productores, parecen estar muy inquietos por el tipo de gente que está alrededor tomándose las atribuciones de cobrar, por un servicio que ni siquiera ofrecen con calidad. Es un mini cartel que fija tarifas y que funciona con total impunidad.

La misma selva en que se transforma las afueras del Estadio Nacional o el Movistar Arena cuando los taxistas cobran lo que quieren por un trayecto. Y bajo el criterio de la “ tarifa convenida “ o “ tarifa fija “ piden valores abultados y no lo que marca el taxímetro por un viaje a Providencia, La Reina o Independencia.

Chile carece de infraestructura de calidad para espectáculos masivos y si bien se valora la inversión que hacen algunos como el propio Movistar Arena, lo concreto es que en general no hay mucha preocupación en quienes organizan para coordinar con Carabineros y autoridades y así proteger no sólo de las rejas para adentro, sino también el perímetro cercano. Alguien tendrá que empezar a tomar las riendas del asunto, porque si el Caupolicán o próximamente Santa Laura no tienen estacionamientos suficientes, o NO TIENEN, deben ser las productoras las que con sus guardias deben asegurarse que los asistentes al menos tengan algo de garantías para poder dejar su vehículo en las cercanías de recinto, porque recaudar por ticket vendido es un buen negocio, pero no ahuyentemos al público con un servicio escaso en calidad.

Así como cada vez se le exige más al fútbol y el deporte, los espectáculos masivos como los recitales también deberían tener una matriz de seguridad más estricta porque si no varios lo pensaremos dos veces antes de volver a ir a un recital en un buen teatro como el Caupolicán, ante tanto desamparo. 

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