No son sus cuerpos, su inteligencia ni su simpatía. Es la vida ridícula, el despertarse a hacer nada, aburrirse y tomar un jet a Las Vegas o viajar a París lo que las volvió famosas. ¿Será que todos, queremos vivir una vida como esa?

El otro día, lateada en la oficina, me puse a mirar Instagram. Entre fotos familiares y selfies por montón, actualicé y me crucé con una foto de una guagua desconocida. “EXCLUSIVO: Kim Kardashian presenta a su hijo”, decía al pie. Pasaron dos minutos y todas las cuentas replicaron esta primicia. ¿Qué está pasando? ¿Kim Kardashian? ¿La de la tele? Tuvo un hijo ¿y eso es tan importante?

Fue ahí cuando me decidí a investigar. Ya había visto mil veces a Kim y a sus morenas hermanas de curvas hiperbólicas. Las identificaba perfecto, pero no sabía ni quiénes eran, ni qué hacían. ¿Famosas porque sí?

“Ay mamá, filo, no vai a entender”, me dijo la Cami, mi hija adolescente, sin despegar la vista de su celular. Así que tipeé en Google: “Quiénes son las Kardashian”. De inmediato me sumergí en un oasis de cinturas minúsculas y caderas enormes. Casi naufrago entre tanta información.

Me enteré de que son cinco hermanas y Rob (28), el hermano en las sombras. Excepto él, todas con nombres de dinastía: Kourtney (36), Kim (35), Khloé (31), Kendall (20), Kylie (18). Regias, con océanos de seguidores y millonarias. ¿Pacto con el diablo? Puede ser, pero tal vez se lo deben a su mamá. Doña Kris Jenner (60), quien dirige las carreras de todas sus hijas.

Kim partió como estilista de Lindsay Lohan, y pasó de desconocida a rostro obligado en las páginas sociales gringas. Se convirtió en íntima de Paris Hilton y mantuvo una relación con el rapero Ray J. Un video íntimo de ambos fue filtrado y lanzado como DVD. Parece que fue este clip el que permitió, a toda la familia, empezar a publicar su vida en el reality show que los consagró: Keeping Up With The Kardashians (algo así como “soportando a los Kardashian”), que la cadena E! Entertainment transmite desde octubre del 2007 con un rating increíble.

Tanta farándula me agotó. Me fui a dormir, pero persistían las dudas de su éxito. ¿Es por el trasero enorme de Kim? ¿Será el morbo de ver cómo despilfarran billones de dólares en champaña y vestidos? A riesgo de quedar como la publicista frívola, al día siguiente plantée el tema en la oficina. Para mi sorpresa, todos se interesaron, y estaban igual que yo.

¿Son las que cantan? Me dijo José Pedro, el diseñador.

¿Eran las chicas de la mansión Playboy? preguntó Carolina, la jefa.

Yo tampoco entiendo, pero mi hermana es fanática, se pega a la tele viéndolas, comentó Kiki, la secretaria, desde el mesón.

¡No puedo creer que no hayan visto el reality!, lanzó Francisco, el estudiante en práctica que, obvio, a sus 22 años se mueve como pez en el agua en el mundo de las celebrities.

No poh, no lo había visto. Bastó buscar el programa y en 20 minutos entendí todo.

Kim llora desconsolada porque se le perdió un anillo de diamantes al bajarse de su crucero privado. Kris, la mamá, coquetea con uno de sus hijos adoptivos 20 años menor. Las hermanas navegan en lanchas en un mar cristalino antes de volver a cenar un buffet de lujo. No son sus cuerpos, su inteligencia ni su simpatía. Es la vida ridícula, el despertarse a hacer nada, aburrirse y tomar un jet a Las Vegas, tener hambre y viajar a un restorán en París. El epítome de la riqueza material sin educación o mérito.

El imperio de las Kardashian existe y somos espectadores obligados. ¿Será que, en el fondo, todos queremos disfrutar un pedacito de esa vida?

Twitter: @lalupedevega

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